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miércoles, marzo 01, 2017

Reseña: Howl (2015)

Paul Hyett, veterano realizador de maquillaje y efectos especiales, realiza como director esta pequeña pero interesante película de licántropos que, a diferencia de la mayoría de sus congéneres de esta o cualquier otra época, comete el gran acierto de poner el énfasis en la parte estética y en el cuidado a la hora de elaborar unas criaturas acordes con la imagen que nos hemos hecho de estos monstruos. No es poca cosa, ya que precisamente uno de los motivos de que la figura del hombre-lobo no haya sido tan correctamente explotada como otras criaturas del cine de terror ha sido precisamente el poco cariño que se ha tenido a la hora de representar al monstruo como una figura temible. Incluso películas interesantes como la reciente Late Phases (2014) han visto reducida su efectividad debido a lo poco inspirado y hasta risible de sus monstruos. De otros casos es mejor ni hablar.

En el caso de Howl (2015), su director acomete un esquema mucho más sencillo optando por un estado de sitio sin muchas explicaciones en un escenario hasta cierto punto original: un tren nocturno con apenas un puñado de pasajeros que de repente se queda accidentado en medio de la campiña británica y es atacado por un grupo de licántropos ansiosos de probar la carne humana. De entrada me encanta la manera en que la existencia de estas criaturas nunca es explicada ni puesta en duda, y la película de hecho no pierde tiempo en revelar su origen ni poner en duda su naturaleza. Prácticamente desde el principio queda claro cual es la amenaza a la que se enfrentan los protagonistas y cual es el peligro real que se esconde tras su situación.

El argumento tiene, eso sí, muchas cosas que hemos visto antes, sobre todo en el cine zombi: al peligro de los hombres lobo que acosan el lugar hay que sumar el rol que juegan algunos de los pasajeros, que inmediatamente actúan unos contra otros en lugar de apoyarse para salir de su terrible situación. La película establece desde el principio el rol de cada uno de ellos, resaltando una especie de discurso acerca de la dominación y la cultura del macho alfa presente en la actitud del protagonista hacia su colega femenina y la inevitable confrontación con el tipo duro que pronto se convierte en el principal antagonista del grupo. En este sentido hay un subtexto interesante aunque obvio dentro de este subgénero, y que por supuesto tendrá sus repercusiones hasta llegar a un final que, hay que decirlo, me pareció un tanto predecible y fue para mí el único punto flojo de la película. De todas formas, lo más interesante que hace Hyatt está, como decía arriba, en la parte estética; como era de esperarse teniendo en cuenta su pasado técnico, esta es una cinta violenta, agresiva y hecha prácticamente sin efectos digitales más allá de planos de ubicación y transición a la hora de mostrar a los licántropos transformarse. Estos, en cambio, están hechos a base de maquillaje y efectos "reales" dándoles una apariencia de orco imponente y muy efectiva, y la película no duda en mostrarlos cuando es necesario sin exponerlos demasiado.

Aunque sus innovaciones no vayan más allá de su ambientación, la verdad es que Howl es bastante atractiva teniendo en cuenta el panorama desolador de los hombres-lobo en el cine. Quizás no sea tan interesante como Ginger Snaps (2000) o la arriba citada Late Phases, pero si te gustó Dog Soldiers (2002) y como yo quedaste con ganas de esa secuela que nunca se hizo, esta es una que tienes que ver. La mención de esta última película no es casualidad ya que Paul Hyett trabajó en varias ocasiones al lado del director Neil Marshall, y con este su segundo largometraje queda claro que aprendió más de un truco de él. 

lunes, febrero 22, 2016

Reseña: Late Phases (2014)

Aquí en Horas de oscuridad llevamos ya un tiempo (uno que coincide más o menos con nuestro escaso ritmo de actualizaciones) metidos en la escena del terror indie, y aunque es cierto que este mundo tiene sus propios lugares comunes y clichés, también es cierto que es donde hemos visto los trabajos de terror más interesantes que nos hemos podido encontrar, trabajos que no sólos se alejan de la medianía del horror mainstream, sino también de la condescendencia a menudo desplegada hacia el fan duro del género. Una de esas películas ha sido precisamente Late Phases (2014), cinta a la que me acerqué debido a haber escuchado muy buenas críticas, pero de la cual lo que realmente me sedujo fue la posibilidad de encontrar una película de hombres lobo destacable. Al final resultó ser más que eso. Al igual que Ginger Snaps (2000), estamos ante una película que utiliza la idea del licántropo para hablar de otra cosa, y lo hace de forma muy efectiva e interesante.

Gran parte del interés que despierta esta obra está en su personaje principal, un malhumorado veterano de guerra entrado en años, ciego y completamente desconectado de sus semejantes (incluyendo si hijo) que se va a vivir a una urbanización para jubilados que de la noche a la mañana comienza a ser víctima de los ataques de un hombre lobo que acaba sin piedad con la vecina del personaje principal. Esto que cuento arriba no está narrado como un misterio: desde el principio tanto el protagonista como el público saben qué es lo que está pasando y la naturaleza exacta del monstruo que está asolando la por otro lado idílica urbanización, y el metraje se va en cómo precisamente nuestro hombre se prepara para desenmascarar a la bestia y destruirla un mes después cuando (muy previsiblemente) venga a por él en lo que será su última batalla. 

Esto que acabo de escribir arriba suena muy similar al argumento de la también excelente Bubba Ho-tep (2002), de Don Coscarelli, y la verdad es que ambas cintas tienen mucho en común, no sólo la idea de un antiguo guerrero de avanzada edad enfrentado a lo sobrenatural sino también la idea del rescate de la dignidad en la vejez y el tono lento y sobrio de su metraje, aunque Late Phases no está tan inclinada hacia la comedia. Tampoco se afinca mucho en sus elementos de terror, a decir verdad; las escenas en las que aparece el monstruo son escasas y muy distanciadas entre sí, y el misterio no se trata tanto de quién es el hombre lobo sino por qué mata y qué es lo que se esconde tras la aparentemente apacible vida en esa comunidad de ancianos junto a un bosque. Donde sí destaca la película es en algunas de sus salidas dramáticas, y en este sentido tiene logros muy notables como toda la relación del protagonista con su hijo.

Como decía arriba, me acerqué a Late Phases buscando una cinta de hombres lobo más y quedé muy sorprendido al encontrarme con un argumento muy atractivo y unos personajes más que entrañables. Algunos de los que esperen una película de terror más convencional pueden salir decepcionados con su hincapié en el drama y en el diseño de sus licántropos de orejas puntiagudas, pero es en verdad una película muy buena que queda más que recomendada.

miércoles, enero 14, 2015

Reseña: Wolfcop (2014)

Hay que reconocer al menos las ambiciones de una película como Wolfcop (2014), fácil de despreciar en un primer vistazo pero que sin duda funciona (o intenta funcionar) en varios niveles: por un lado es una evidente comedia de horror sin temor alguno a aprovechar sus limitaciones técnicas, sin llegar a ser completamente irónica pero mostrando un entusiasmo muy similar al que durante años tuvo la Troma Films. Pero por otro lado, esta parodia del cine de licántropos funciona también como un intento de emular el género de superhéroes, ya que es sólo después de haber sido mordido cuando el protagonista, un policía corrupto, inepto y alcohólico, consigue convertirse en el justiciero que su comunidad necesita y obtener la fuerza necesaria para derrotar a una banda de criminales. Esta idea la hace al menos mucho más interesante de lo que se puede intuir por su premisa.

En el apartado de terror, por supuesto, hay muy poco, a pesar de que la película tiene marcadas referencias a clásicos del cine licantrópico como El hombre lobo (1941) o Un hombre lobo americano en Londres (1981), y al igual que estas gran parte del metraje transcurre viendo al protagonista adaptarse a su condición de monstruo. Pero como mencionábamos arriba, lo interesante aquí está en la inversión de roles, ya que lejos de convertirlo en un peligro, la transformación del protagonista saca lo mejor de él. Eso sí, a pesar de su tono abiertamente cómico, la película es muy violenta y su carga de subtexto sexual está muy marcada. 

Lo mejor que tiene Wolfcop, sin embargo, es el apartado de comedia. En su mayoría es muy básica, y gran parte de los chistes giran en torno a las bajezas del protagonista tanto antes como después de su transformación, pero tiene momentos muy buenos y tanto el argumento como la ejecución son tan bizarros que la alejan de una comedia convencional. Es conveniente, eso sí, no acercarse con muchas expectativas, ya que ante todo es una película bastante mediana que dista mucho de ser la comedia de licántropos definitiva. De todas formas, la escena después de los créditos promete una secuela que probablemente lleguemos a ver. 

martes, diciembre 09, 2014

Reseña: Aullidos 2 (1985)

Hablando de secuelas extrañas, una de las que mejor encaja en dicha definición es esta continuación del clásico de Joe Dante Aullidos (1981), la cual como cosa rara no tiene casi nada que ver en cuanto a estilo con su predecesora a pesar de que de todas las numerosas secuelas de la saga es la única que hace al menos una referencia a la original e intenta tener algún tipo de continuidad. Es también una cinta irremediablemente atada a la estética de su época y que no tarda en rendirse a sus múltiples atributos camp, por lo que aquellos que sólo conozcan la original muy probablemente terminen rechazándola, pero sería un error, y aquí intentaremos explicar por qué.

El prometedor título de Aullidos 2: Stirba, la mujer lobo (1985) debería ser un indicativo muy claro de por dónde va la cosa en esta ocasión. De hecho, el inicio del argumento es tan sólo una excusa para poner la cosa en marcga: el hermano de la protagonista de la primera película conoce a un misterioso cazador de licántropos (glorioso Christopher Lee en un nuevo trabajo alimenticio que revela como pocas cosas el ángulo británico de esta coproducción) que le anima a unirse a un viaje a las remotas tierras de Transilvania para acabar con Stirba, la reina de estas criaturas. Tanto la presencia de Lee como el argumento de corte fantástico-gótico (en contraposición con el ambiente claramente moderno de la película original) revelan a Aullidos 2 como una reinvención de la clásica historia de la condesa Elizabeth Bathory y sobre todo un intento de resucitar el estilo de las antiguas películas de la Hammer por medio de su estética con castillos y pueblos perdidos en parajes remotos de Europa, así como su marcado componente erótico.

Como ya habréis podido adivinar por la imagen que adorna esta reseña, la mayor parte de este erotismo gráfico está en la agradecida presencia de la sex symbol y figura de serie B austríaca Sybil Danning, explotada hasta la saciedad en su faceta de bomba sexual gracias a su muy revelador vestuario y por supuesto dándolo todo en una sobreactuación gloriosa que sin embargo es lo que da a la película gran parte de su encanto particular. De hecho, el principal atractivo que ha pasado a tener Aullidos 2 con el paso del tiempo ha sido gracias a su elenco que incluye auténticas glorias, no sólo Danning y Lee sino también el omnipresente Reb Brown. La presencia de todas estas estrellas eleva de categoría a lo que a todas luces es un guión absurdo que mezcla conceptos ya pasados de moda con una estética pasmosamente eighties, sumada a una estructura de explotación en ocasiones muy evidente como la ya clásica (y gratuita) escena de la orgía de los licántropos o el disfrute sexual de la reina Stirba con sus secuaces. Es curioso también como este personaje se presta a una confusión de términos ya que si bien oficialmente estamos hablando de una cinta de hombres-lobo, hay muchos elementos tomados de la mitología vampírica, no sólo en cuanto al personaje de Stirba sino también en cuanto al énfasis del argumento en el ocultismo o la ambientación en Transilvania.

Y sin embargo ninguna de esas cosas quita que estemos ante una película entrañable y sobre todo muy diferente a lo que se podría esperar. Aquellos que estén esperando una historia seria de hombres-lobo o una continuación digna de la película de Dante mejor será que vayan a otro lado, pero los que dejen un poco de lado sus expectativas se encontrarán ante una de las secuelas más insólitas posibles y una película que hay que ver sin duda. Como ya todos sabéis, la saga de Aullidos tendría varias secuelas más que aunque correctas tomarían un camino mucho más convencional y mucho menos memorable. Esta que tenemos aquí, en cambio, triunfa por méritos propios, ya que a pesar de su desastroso guión, su generalizada incompetencia, sus risibles escenas de miedo y lo descabellado de algunas de sus decisiones estéticas (la banda sonora, el montaje paralelo con escenas de una banda de rock, su arbitrario uso de la música incidental, sus cortinillas, su fascinante vestuario), resulta difícil olvidarla gracias a su desparpajo, el innegable carisma de su elenco y el sex appeal de la que sin duda es la reina de los licántropos de aquí a la eternidad. No es para todo el mundo, pero sí es muy recomendable.

sábado, marzo 30, 2013

Reseña # 499: En compañía de lobos (1984)

Honestamente no me explico cómo es que En compañía de lobos (1984) no está siendo relanzada hoy en día, cuando más que nunca estamos viviendo un auge de la ficción romántica entremezclada con elementos fantásticos, eso que en los anaqueles de la librería cerca de mi casa ha pasado a llamarse "Romantasy" (ojalá me lo estuviese inventando). El caso es que esta película de la que hablamos hoy para conmemorar la tríada de reseñas pentacentenarias es todo lo que historias como Crepúsculo han querido ser pero que no han conseguido plasmar bien: una metáfora acerca del despertar sexual de una jovencita aderezada con elementos fantásticos, en esta ocasión usando la figura del hombre-lobo y al cuento de Caperucita roja como principal eje argumental. Lo cierto además es que este segundo largometraje del siempre interesante director irlandés Neil Jordan es una de las películas de licántropos más conocidas que se han hecho nunca, y una sorprendentemente atesorada por varios de los fanáticos del cine de horror. 

Digo sorprendentemente porque la verdad es que no termina de ser del todo una película de miedo sino más bien una fantasía oscura que habla de la pérdida de la inocencia, vista a través de una pesadilla en la que la protagonista se ve a sí misma en una retorcida versión de Caperucita a la que se van sumando otros relatos secundarios que exploran varias historias de licantropía en la cultura popular europea, lo que hace de esta una película muy interesante a nivel argumental y sobre todo más inteligente de lo que cabría suponer a juzgar por su preciosista envoltorio. Pero lo cierto es que es también una cinta difícil de recomendar no sólo porque los elementos de terror sean escasos, sino también porque el auténtico énfasis de la película no está en el argumento sino en el tema y sobre todo en la estética, dotada de una belleza singular que ha sido imitada en otras muestras recientes con intenciones similares aunque mucho peor llevadas a cabo. Esta estética de cuento de hadas de la que hablo choca con algunos elementos bastante grotescos, sobre todo una de las transformaciones licantrópicas más espectaculares que jamás haya visto y que se puede ver en el cartel promocional, sin duda una imagen que sirvió de reclamo a más de uno (incluyéndome en este caso) que pudo haber pensado que vería una película muy distinta a aquello con lo que luego se encontró.

El hecho de que la película deje claro desde el principio que todo se trata de un sueño no hace sino resaltar esa atmósfera surrealista de la que hablábamos anteriormente y que es la que acerca la cinta a los terrenos de la fantasía. Este es uno de los motivos por los cuales no la había reseñado antes a pesar de que es una de las que más me han pedido en los casi ocho años que lleva abierto este blog. Otra razón que tenía para evitarla es que no tenía un buen recuerdo de ella y de hecho no la había visto desde que era mucho más joven, con lo que no había sabido apreciar varias de sus fortalezas que ahora se me hacen evidentes. Ahora pienso incluso que todo fanático del cine de terror debería verla, aunque para ello se haga necesario un cambio de mentalidad que vea en el cine de miedo no únicamente la búsqueda por parte del público de la reacción emocional del terror (algo meramente subjetivo) sino también el reconocimiento de ciertos arquetipos culturales basados en lo desconocido y que son explotados en una pieza narrativa tal como la idea del licántropo es explotada aquí.

En definitiva, una excelente película que trasciende la idea del género que toca y construye un relato fascinantemente freudiano acerca de lo que vendría siendo la verdadera moraleja del cuento de Caperucita, que no es otra que la de advertir a las jovencitas guapas del peligro de los apuestos y viriles desconocidos que puedan encontrarse por el camino. Hablando de jovencitas guapas, la verdad es que volviendo a ver la cinta he vuelto a quedar perdidamente enamorado de su protagonista, Sarah Patterson, la cual misteriosamente desapareció de la actuación poco tiempo después y no ha vuelto a salir en nada salvo un par de producciones independientes. En toco caso, y para aquellos que quieran echar un vistazo a cine de terror basado en cuentos infantiles pero con cierta carga de ambición, En compañía de lobos es una de las mejores opciones a tener en cuenta, y al menos una película de licántropos muy singular que huye de las clasificaciones fáciles. Muy recomendable.

lunes, diciembre 17, 2012

Reseña: Underworld: Awakening (2012)

La guerra entre licántropos y vampiros continua en Underworld: Awakening (2012), cuarta entrega de una saga que religiosamente regresa a las carteleras cada tres años. Esta de hoy no la vi en cines a pesar de que tenía algunos detalles que me interesaban, principalmente el regreso de Kate Beckinsale (hermosa como siempre) como protagonista después de una ausencia que tuvo como resultado la supérflua precuela del 2009. Len Wiseman, sin embargo, no dirige esta vez y se limita a escribir el guión y producir este vehículo de lucimiento para su esposa, cediendo las laboras de dirección a los cineastas suecos Måns Mårlind y Björn Stein. 

No sé si la ausencia de Wiseman es el motivo, pero lo cierto es que esta entrega de Underworld, con todo y que es la secuela que la segunda debió haber tenido en su momento, se siente muy diferente al resto de la saga. Si bien se mantienen detalles superficiales como la fotografía negro/blanco/azul y las obligadas acrobacias tipo Matrix, esta cuarta parte se apoya mucho más en la acción pura y dura y deja bastante de lado toda la parte argumental reduciéndola a una trama muy sencilla que debo decir comienza muy bien, con un excelente recuento de los humanos declarando guerra abierta tanto a vampiros como a licántropos, casi exterminando a dichas razas. El "despertar" del personaje de Selene en los laboratorios de una maligna corporación dedicada a hacer con ella experimentos clandestinos es también un bastante obvio intento por seguir, al menos en parte, el camino trazado por las películas de Resident Evil, ante las que se alza una inevitable comparación no sólo en el componente de acción descabellada y poderío femenino sino también en el uso del 3D y el mayor hincapié en la sangre y la violencia desmedida. Es con toda seguridad la entrega más violenta de Underworld hasta la fecha.

Dicho esto, e incluso sin tener en cuenta que nunca he sido realmente un entusiasta de esta saga, hay que decir que es también la entrega que se siente más disparatada a nivel argumental y sin duda alguna menos cuidada como película que las tres anteriores. Parece haber en el argumento una extraña intención de devolver la línea argumental a sus inicios, cuando Underworld era simplemente una historia de licántropos contra vampiros, y este objetivo se lleva a cabo aún a costa de cargarse gran parte de los aciertos conseguidos con anterioridad. Más que tres, al ver la cinta me ha dado la impresión que habían pasado al menos veinte años desde la última entrega, a juzgar por la forma como se despachaba por completo todo lo anterior. Sólo así me explico la aparición de una camada de vampiros completamente nueva, la inclusión de una niña alrededor de la cual gira toda la trama pero a la cual nunca se le da un nombre, la inusitada crueldad del personaje de Kate Beckinsale (inédita hasta ahora en la saga) y la inexplicable ausencia del personaje de Scott Speedman, cuya cara incluso llegan a superponer digitalmente en el cuerpo de otro actor durante el prólogo (¡!).

Todos estos detalles ayudan a que Underworld: Awakening se sienta un poco fuera de lugar en la saga, con un tono bastante diferente a pesar de contar con los mismos actores. En cierta medida, es algo similar a lo que pasó con otras franquicias cinematográficas de éxito como La momia o Piratas del Caribe. Encima lo que nos han traído esta vez está rematado con un argumento débil que comete aciertos superficiales (ese nuevo monstruo...) pero que por otro lado tiene giros argumentales inexplicables y momentos francamente vergonzosos que se convierten con facilidad en comedia involuntaria. Con todo y eso, como película de acción es aceptable hasta el punto de hacerme querer revisar de nuevo las dos primeras entregas de la saga. A lo mejor después de todo el tiempo que ha transcurrido logro apreciarlas de forma distinta. 

jueves, julio 07, 2011

Reseña: Caperucita roja (2011)

No exageran aquellos que dicen que Caperucita roja (2011) es el primer clon “oficial” de Crepúsculo (2008), algo que va mucho más allá del hecho fortuito de que la directora sea Catherine Hardwicke, la misma que nos trajo en su momento la famosa saga de películas de romance vampírico adolescente. Pues bien, esta adaptación bastante libre (por decir algo) del cuento recopilado por los hermanos Grimm viene efectivamente a llenar un vacío que aquella historia de amor y chupasangres ha dejado, puesto que las semejanzas estilísticas son demasiadas para creer en la casualidad. Aunque debo decir que a pesar de la casi unanimidad de críticas negativas que ha recibido, esta película de la que hablamos hoy hace al menos un intento un tanto mayor por ser realmente una historia de terror, lo bastante para que le dediquemos unas líneas.

Decíamos arriba lo de adaptación libre en el sentido más literal de la palabra; lo cierto es que esta Caperucita roja tiene poco que ver argumentalmente hablando con el relato original, aunque sí se nota que tanto la directora Hardwicke como el guionista David Johnson (responsable del guión de La huérfana (2009), lo que en esta casa da caché) sí muestran un interés claro en explorar el lado perverso de la historia dejando entrever el subtexto erótico-agresivo del relato original y al mismo tiempo evidenciando un sinfín de referencias a otros cuentos de hadas en los que los lobos son los protagonistas, algo que se nota desde el nada casual nombre del prota masculino (Peter) hasta un personaje haciendo una parodia de “Los tres cerditos”.

Pero esta es ante todo una historia de terror, por lo que la película muy pronto se encarga de mostrarnos aquello que ya anunciaba el trailer: que el supuesto lobo que asola la aldea de la joven Valerie (una bellísima Amanda Seyfried) es en realidad un licántropo que ha pasado a tener una muy malsana fijación con ella, lo que provoca la intervención de un grupo de cazadores de brujas liderados por un inquisidor que no piensa dejar escapar al monstruo con vida. El problema en todo caso es que la historia del guión original ha terminado por ser alterada para satisfacer las intenciones del público hacia el cual va dirigido; Caperucita roja intenta ser no sólo un cuento de hadas y una historia de terror sino también un misterio de baratillo y, sobre todo, un romance adolescente destinado a hacer suspirar a la fanaticada femenina de Crepúsculo. Tal mezcla de géneros no está lo que se dice muy bien llevada, sobre todo las escenas románticas, las cuales se notan incluso más artificiales que los cursis decorados que componen la película, increíblemente falsos más allá de su estética preciosista y bucólica. Todo el aspecto romántico de la cinta está tan mal hecho que por momentos parece una parodia. El lado del “misterio” (básicamente, quién es el hombre lobo) tampoco está mucho mejor porque la película no hace sino tirar pistas falsas en un intento de parecer más lista de lo que es y fingir al menos por un momento que esta no es una orgía camp de lo más sonrojante en ocasiones, tomándose en serio un tono que en muchas ocasiones mueve a la risa. Únicamente Gary Oldman en el papel del inquisidor parece saber en qué clase de película está, y lo demuestra con una gloriosa sobreactuación que sorprende por lo caricaturesca, con su terrible villano de fina barba, uñas postizas de plata y guardaespaldas multiculturales.

Todo esto al final termina siendo una lástima porque Caperucita roja es al menos en su concepción una película mucho más interesante de lo que pintaba en su momento Crepúsculo, y si falla es precisamente por su insistencia en emular a esta a través de un triángulo amoroso plagado de clichés entre los que destaca el ofensivo estereotipo de la niña guapa enamorada perdidamente del “chico malo” mientras que da esquinazo al guaperas decente. De haber desechado este ángulo y concentrarse en el lado perverso del argumento (algo insinuado muchas veces durante el metraje) habríamos tenido lo que en un principio parecía prometer y que sólo logra a medias: un cuento de hadas oscuro que devolviese al menos en parte el auténtico legado de horror que los hermanos Grimm quisieron dejarnos. Si queréis algo de eso, yo recomendaría que os acercarais mejor a Blancanieves: la verdadera historia (1997), una película con Sigourney Weaver que a pesar de haber sido hecha para la televisión está mucho mejor que esta, tanto que os prometo será la próxima reseña.

miércoles, febrero 24, 2010

Reseña: El hombre lobo (2010)

Así que finalmente, después de varios retrasos, por fin se ha estrenado El hombre lobo (2010). Tengan en cuenta que esta reseña está escrita muy poco tiempo después de ver la película así que sólo iré soltando unas cuantas ideas prematuras, aparte de que por la naturaleza de la historia es probable que haya uno que otro spoiler, aunque intentaré que sean pocos y sin importancia. En fin, como todos saben ya, El hombre lobo es un remake del clásico de Universal, estrenado en 1941 con Lon Chaney Jr. como protagonista. La idea de la que parte esta nueva versión (con Benicio del Toro como la bestia) es bastante similar: cuenta la historia de un hombre que viaja a Inglaterra tras la muerte de su hermano y es atacado por un licántropo, con el consecuente peligro para aquellos que le rodean.

He de decir que, en la película original, la muerte del hermano era un hecho apenas mencionado pero en este remake se convierte en la base del argumento y de un misterio que oculta una terrible maldición familiar. Esto es algo que de entrada me gusta, ya que es un hecho que siempre consideré estaba insinuado en el original pero que nunca se había explorado. El problema, y eso es algo que han señalado muchos de los que han visto la película, es que dicho misterio es demasiado sencillo y predecible hasta el punto de que cualquiera lo podrá pillar ya desde el principio, por lo que el énfasis de la película en el argumento no se ve recompensado con una historia tan interesante. Esto es una lástima porque se nota bastante que esta nueva versión de El hombre lobo intenta ser la película de licántropos definitiva; aparte de la cinta original de 1941, esta película es también un remake de las otras dos cintas de Universal dedicadas a esta criatura: El hombre lobo de Londres (1935), de Stuart Walker y Un hombre lobo americano en Londres (1981) de John Landis. Esto último es tremendamente evidente ya que hay situaciones dramáticas, giros argumentales y líneas de diálogos idénticas a las de estas dos cintas.

Ahora, una de las cosas que más se ha destacado de la película es su estética, pero incluso en esta hay algo que no termina de funcionar: el look victoriano de la cinta está ciertamente muy bien conseguido, pero choca frontalmente con el estilo que se ha empleado a la hora de rodar la película. La combinación de esta estética de period piece suntuoso y oscuro con cortes ultra-rápidos, extravagancias CGI y trucos visuales modernos me resulta extremadamente rara. Quizás esto sea una impresión completamente subjetiva, pero nunca pude desprenderme de la sensación de que la película era visualmente incoherente a pesar de tener momentos y planos de una belleza considerable. Y hablando de belleza, la británica Emily Blunt (el infaltable love interest del prota) es probablemente la que más me ha convencido en cuanto a actuación. El trío Del Toro/Hopkins/Weaving parecía estar ocupado en una competencia para ver cual de los tres sobreactuaba más. Este último detalle, sin embargo, tampoco es que me molestara tanto.

Todo esto ayuda a la idea de que el principal problema de El hombre lobo yace en la diferencia que hay entre las intenciones "serias" de este remake y su resultado final. Si la reducimos a sus componentes más básicos, la original era, después de todo, poco más que una película de serie B con una historia muy sencilla que aquí probablemente se haya inflado más de la cuenta para contar una trama de odios y rencores familiares demasiado simple y algo risible. Pero además, creo que esta nueva versión está algo confundida, como si no pudiese decidirse entre intentar hacer una pieza de época extravagante como el Drácula de Coppola o el Frankenstein de Brannagh o, por el contrario, una reinvindicación pop del monstruo que le toca. Quien sí parece tener las ideas muy claras es el (como siempre) genial Rick Baker, cuyo diseño del monstruo es no solamente espectacular sino también perfectamente coherente con la idea original acerca de la línea difusa que separa al hombre de la bestia. Del resto, esta película está más cerca del Hulk (2003) de Ang Lee que de la edad de oro de los monstruos de Universal. Eso seguro.

jueves, mayo 07, 2009

Reseña: Underworld: Rise of the Lycans (2009)

Al igual que con la saga de Star Wars, cada película de la trilogía de Underworld se ha estrenado tres años después de la anterior, y su historial ciertamente no le favorece. Tanto Underworld (2003) como Underworld: Evolution (2006) resultaron ser estrenos bastante lamentables: el primero, un pastiche de vampiros de la era post-Matrix; el segundo, una persecución de hora y media cuya experiencia era más parecida a mirar un videojuego que a ver una película. Ambas, si bien resultaron ser cintas con una estética atractiva (sobre todo la primera), tenían su mayor problema en la presentación de una historia excesivamente rebuscada que en ocasiones se hacía incoherente y confusa.

Este es un detalle que, por fortuna, han solventado en Underworld: Rise of the Lycans (2009), que posee una trama bastante sencilla que por desgracia no puede ocultar su condición de una de las precuelas más inútiles e innecesarias de todos los tiempos, y es que no hay absolutamente nada en esta película que no se nos haya contado ya en las entregas anteriores. La historia de amor entre el licántropo Lucian y la vampira Sonia es tan superflua e intrascendente que no puede interesar a nadie, sobre todo teniendo en cuenta que Underworld: Evolution tenía un final abierto que dejaba el camino libre para una secuela que finalmente no se llegó a hacer debido a la negativa por parte de Kate Beckinsale de retomar su papel. Es esta la única razón que se me ocurre para haber rodado esta "historia de orígenes" que en el fondo nadie pidió.

Sabiendo esto, es probable que aquellos que gustaron de las dos cintas originales encuentren virtudes en esta tercera, aunque sea por el hecho de que se repiten varios de los elementos que hicieron famosa la saga en primer lugar, especialmente esa elaborada fotografía blanco-negro-azul en la que se mueven los personajes. La ambientación "medieval" es de hecho lo único nuevo, con lo que la película pierde las escenas de tiroteos de la primera entrega para abrazar de forma entusiasta esa estética rollo El señor de los anillos (y es que la sombra de Tolkien es muy alargada), algo que se nota en la pinta evidentemente élfica de unos guerreros vampiros que para colmo siguen sin comportarse como vampiros. El empleo de la ambientación de época es asimismo ingenuo, más coherente con series como Xena, princesa guerrera, pero dotada al mismo tiempo de una absurda solemnidad que en ocasiones da bastante pena.

Algunos de los momentos más tristes vienen por culpa del elenco. El actor Michael Sheen, que interpreta a Lucian, no tiene ni de lejos el carisma necesario para ser el prota, y Rhona Mitra está criminalmente desaprovechada en su papel, con lo que el único que puede lucirse es el incombustible Bill Nighy, que gesticula como un poseso a través de los poco más de noventa minutos que dura la película. Con un rodaje de escenas de acción lamentable, una escena de sexo penosa y una de las historias más desganadas de los últimos años, esta tercera y hasta la fecha última entrega de Underworld ha conseguido, sin embargo, algo que parecía imposible: hacerme mirar con buenos ojos la primera parte de la saga. Prescindible como pocas hasta ahora.

lunes, enero 28, 2008

Reseña: Silver Bullet (1985)

Como buen fanático de Stephen King, hubo una época en la que forzosamente tenía que ver cualquier cosa que se basara en su obra, y la verdad es que había de donde escoger. Prácticamente no hay pieza alguna de su época ochentera (que es, a la vez, su punto más alto como estrella literaria) que no haya sido llevada al cine, por supuesto con varios grados de calidad. Silver Bullet (1985), que en España se tituló inexplicablemente como Miedo Azul (en serio, alguien tiene que decirme por qué) es una de las medianas, no tan nefasta como algunas pero muy lejos de la calidad de otras películas como Carrie (1976) o El resplandor (1980). Esta que nos ocupa hoy es una de las que recuerdo haber visto de joven, y tras más de veinte años me doy cuenta de que no ha envejecido nada bien.

Específicamente, Silver Bullet es una adaptación de la novela corta El ciclo del hombre-lobo, historia de licántropos que el autor de Maine luego recicló en gran medida para uno de los capítulos de It, una de sus novelas más conocidas. Pero a diferencia de la mayoría de las películas que tratan sobre este tipo de monstruos, la historia no se centra en el hombre que recibe la maldición, sino en los humanos que deben enfrentarse a la criatura, con lo que la trama adquiere los tintes de un cuento de terror clásico muy parecido a aquel del niño pastor y el lobo. De hecho, el argumento principal gira alrededor de un niño parapléjico llamado Marty (el antiguo ídolo adolescente Corey Haim) que la noche del cuatro de julio descubre que el misterioso asesino que ha estado masacrando a varias personas del pueblo es en realidad un licántropo. Si logra escapar es únicamente gracias a la silla de ruedas motorizada que la ha construido el chapuzas de su tío, quien es la única persona que puede ayudarle a identificar al monstruo y acabar con él.

A partir de esta pequeña mezcla de licántropos con típico whodunit americano, la película logra momentos muy buenos incluso cuando no tiene que ver nada con el terror; la relación entre Marty y el irresponsable de su tío (que únicamente es un adulto en cuanto a su edad) se siente muy real. En cuanto al hombre-lobo, debido principalmente al hecho de que durante la mayor parte del metraje no sabemos quién es, sólo hay una escena de transformación, aparte claro está de una secuencia onírica muy buena y que es sin duda la mejor escena de la película. Por desgracia el resto de la película no es asi, y llegamos a tener momentos que sólo se pueden tomar a cachondeo, como la escena en la que los habitantes del pueblo, hartos de los acosos del "asesino", salen a cazarlo en medio de un bosque lleno de niebla.

Encima de eso, la película sufre un bajón considerable una vez que se revela quien es el hombre-lobo, ya que su discurso parece cambiar por completo para pasar a ser una historia de terror más convencional. La confrontación final de Marty contra el licántropo se ve así asesinada por uno de los monstruos más cutres que jamás se hayan visto (detalle que es más decepcionante aún si tenemos en cuenta que el responsable de la criatura fue el normalmente genial Carlo Rambaldi). Otro grave error de la película es que, si bien parece estar siguiendo constantemente el punto de vista de Marty, hay ocasiones que son interrumpidas por la voz en off de la hermana, lo cual no es más que un intento por mantenerse fieles al estilo de la novela original.

Como adaptación de Stephen King, Silver Bullet no está entre las peores que se han hecho, pero queda bastante lejos de una recomendación que vaya más allá de la nostalgia de los ochenta. Algunos elementos de su historia son destacables, pero mucho me temo que esos sean atribuibles únicamente al formato de relato de miedo infantil de la novela original. Para películas de licántropos sigue siendo mucho mejor acercarse a otras como Un hombre-lobo americano en Londres (1981), El aullido (1981) o la más reciente Ginger Snaps (2000). Eso seguro.

domingo, junio 10, 2007

Reseña: Blood and Chocolate (2007)

Vivian vive en Bucarest, trabaja en una tienda de chocolates y entre sus aficiones está practicar de vez en cuando el parkour. También tiene una gran familia extendida que gusta de decirle constantemente qué hacer y qué no hacer. Una noche, tras pelearse con ellos por enésima vez, conoce a un joven americano dibujante de cómics (perdón, "novela gráfica") y poco tarda en enamorarse de él. El problema es que el chico en cuestión, Aiden, es humano, y Vivian es una loup-garou, una mujer-lobo perteneciente a una raza que ha estado rondando por el mundo los últimos cinco mil años. Como es de esperarse, la cosa trae problemas cuando los congéneres de Vivian deciden poner fin a este romance tan sui generis, ya que la chica no parece sentar cabeza (como si el hecho de prendarse de un dibujante de cómics no asegurase por sí solo un conflicto familiar a gran escala).

Esta, a grandes trazos, es la trama de Blood and Chocolate (2007), una película que ha sido titulada en España con el dudoso título de La marca del lobo, añadiendo más a la confusión que se presta en cuanto a género, ya que no estamos hablando realmente de una película de terror, por mucho que en ella aparezcan licántropos ansiosos por hincar sus dientes en carne humana. Al igual que en la novela en que se basa, nos encontramos aquí ante una película de fantasía dirigida explícitamente al sector adolescente femenino y que tenderá a alienar a cualquier otro tipo de expectador. Y es que si encima añadimos que tras esta película están los mismos productores responsables de Underworld (2003), está más que claro que aqui no pinta nada quien no pertenezca a la comunidad EMO. En cuanto a las semejanzas con la novela (que no he leido), estas son al parecer nulas, lo cual no viene al caso de momento.

Blood and Chocolate es, sin embargo, una película difícil de reseñar, ya que es completamente prescindible. Todo en ella promete una serie interminable de clichés, desde esa fotografía de los edificios más emblemáticos de Bucarest (que podría pasar por un folleto turístico de la capital rumana) hasta las peripecias amorosas de un Romeo y Julieta con licántropos de por medio. Los hombres-lobo, por cierto, no se muestran como monstruos bípedos, sino como seres humanos que se transforman literalmente en lobos en medio de un destello de luz mística. Al principio, la historia no los pinta nada mal, mostrándolos incluso como seres que imparten una cierta justicia social en el bajo mundo de la ciudad, todo gobernado por su líder Gabriel (un Olivier Martínez poniendo el acento más chungo de lo que va de año). La parejita protagonista no termina de cuajar jamás, si bien Agnes Bruckner sale aquí mucho más guapa que como la colegiala de El bosque maldito (2006). Su compañero de reparto, Hugh Dancy, por el contrario, es soso hasta el punto de que podría ser calificado como el Orlando Bloom de los pobres. Los lobos jamás se sienten como seres amenazantes, y durante el tramo final el protagonista masculino adquiere unas inexplicabes dotes de héroe de acción que ciertamente no le favorecen.

Entre las escasas virtudes que podemos encontrar está que, dentro de todo, la película se hace pasable y más llevadera de lo que cabría esperar. Va a lo que va y en ningún momento intenta pasar por lo que no es (exceptuando, claro, la publicidad que de ella hizo el estudio). Aquellos que vayan con las expectativas muy bajas podrían incluso disfrutarla y dejar pasar esos bochornosos momentos de video-clip en los que la historia nos monta una transición musical con el único objetivo de hacer avanzar la trama. Todo en esta película es tan light y tan olvidable que resulta difícil cebarse con ella, y mucho menos después de haber regresado de vacaciones. Aquellos que vayan esperado cine de licántropos harán mejor quedándose en casa que tragándose esta edulcorada historia de amor inter-especies.

Como nota final solamente puedo agregar una cosa: ser miembro de una raza milenaria de poderosas criaturas antropófagas y aún así recibir una paliza de un dibujante de cómics metrosexual debe ser una de las experiencias más lamentables en la vida de cualquier licántropo que se respete.

martes, diciembre 12, 2006

Reseña: Lobo (1994)

Lobo (1994) es, para mí, una película atípica en la filmografía de Mike Nichols, ya que resulta difícil de creer que el director de ¿Quién le teme a Virginia Woolf? (1966) o El graduado (1967) (cintas prestigiosas y oscarizadas) se lance a realizar una historia de terror tan básica y paradigmática. Porque la verdad es que de eso se trata: la película ofrece una trama mínima que sirve de excusa para la representación en escena de los arquetipos territoriales puramente masculinos, el reverso primitivo del lugar del hombre (sin mayúscula) en la sociedad moderna. Si esta cinta logró pasar al mercado mainstream fue únicamente por el reclamo de sus actores principales, en especial un Jack Nicholson extrapolado en su rol de licántropo.

La pérdida del rol dominante de la masculinidad es lo que da inicio a la historia: Will Randall (Nicholson) es un cincuentón solitario y gris que, de la noche a la mañana, ve como su mundo se derrumba cuando su jefe le da a escoger entre "un trabajo que nadie querría o no tener trabajo". Privado de su modo de su antiguo prestigio y desplazado por un rival más joven (James Spader), Will está a punto de rendirse, pero entonces sucede lo inesperado: en el camino a su casa, es mordido en la mano por un lobo, que inadvertidamente le irá transformando en una criatura capaz de retomar (por la fuerza incluso) aquello que ha perdido y más, incluyendo a la hija de su jefe (Michelle Pfeiffer).

Pero Lobo no es, ni por asomo, una película de monstruos, por mucho que el licántropo sea real. Will no es simplemente una bestia, sólo un hombre que ha dejado aflorar su bestialidad. Su transformación es palpable no sólo en los momentos en que le crecen garras y colmillos y sale a cazar de noche, sino también en la seguridad y coraje con la que recupera su prestigio laboral y reduce a sus rivales a la sumisión absoluta. En otras palabras, gracias a la mordida del lobo, Will recupera su hombría y su territorialidad, algo que como sabemos sólo puede llevar a un fenómeno: la confrontación.

Esta es, por lo tanto, una cinta de un desarrollo extremadamente lento y plano (de hecho, suceden muy pocas cosas), y es sólo al final cuando entra en terreno conocido para los fanáticos del terror (incluyendo una larguísima secuencia de lucha rodada por completo en cámara lenta), con referencias claras a la mitología cinematográfica de la criatura y un maquillaje de Rick Baker que asombra por lo sutil. El final funciona, sin duda, aunque el desenlace de la historia se convierte en pura alegoría. Lobo es, por lo tanto, una cinta cuyas principales virtudes están en su concepto y en la utilización de la bestia como símbolo de algo más. Aquellos que busquen una cinta de horror quizás salgan decepcionados (o desesperados ante su lento y en ocasiones monótono desarrollo), pero a pesar de eso sigue siendo un ejemplo interesante de esas películas que pasan, por desgracia, debajo del radar cuando se merecen por lo menos un vistazo. Al menos, eso pensamos por aquí.

sábado, agosto 05, 2006

Reseña: Un hombre-lobo americano en París (1997)

No resulta claro si estamos en presencia de una secuela, un remake o una parodia de Un hombre-lobo americano en Londres (1981), pero si de algo podemos estar seguros es que Un hombre-lobo americano en París (1997) es una película tan soberanamente espantosa, que la única manera en que podemos disfrutarla es riéndonos a mandíbula batiente de sus personajes, que son tan estúpidos que rayan en lo absurdo. Para ello sólo hay que ver la forma como comienza la película: una pandilla de amiguetes americanos, andando de mochileros por la Ciudad Luz, deciden subir a la Torre Eiffel con unas cuantas cervezas para hacer puenting (algo que ya de por sí no es una muy buena idea) y allí, uno de ellos salva a una chica que intenta suicidarse lanzándose detrás de ella, recibiendo como premio un terrible golpe en la cabeza que le deja medio muerto.

Pero eso es sólo el principio; a partir de aquí nos encontraremos con un montón de situaciones absurdas, cada una de ellas más ridícula que la otra, y todas enfocadas hacia los desesperados intentos de este chico por encontrar a la damisela en apuros, averiguar la causa de sus tendencias suicidas y de paso ligar con ella (lo cual no debería presentar ningún problema excepto por ese molesto hábito de la muchacha de convertirse en un monstruo con la llegada de la luna llena). Poco tarda este muchacho en darse cuenta de que la chica es peligrosa, aunque no es nada comparada con sus “amigos”.

Esta es una película que, francamente, no hay por donde agarrar. Si ya de por sí es una tarea difícil mezclar terror y comedia, Un hombre–lobo americano en París es el mejor ejemplo de cuando se quiere ser gracioso y sólo se logra provocar lástima, o cuando se quiere ser terrorífico y se termina causando risa. El guión está lleno de incoherencias, situaciones dejadas a la casualidad, recursos baratos para hacer avanzar la historia sea como sea, enormes agujeros argumentales, hilos narrativos y personajes que nunca más vuelven a aparecer ni siquiera como referencia, como si tuviesen que ser olvidados por todos (incluyendo el público) así como ciertas apariciones que están metidas únicamente como una torpe referencia a la película original. Los fantasmas de las víctimas, uno de los aspectos más simpáticos de la cinta de John Landis, se convierten aquí en un chiste barato, tan explotado y exagerado que termina siendo exasperante. Aquellos que confíen en el apartado de los efectos especiales también se llevarán una enorme decepción, ya que los licántropos (creados digitalmente e inspirándose en el maquillaje de Rick Baker para la película anterior) son de lo más lamentable que he visto en muchísimo tiempo.

Quizá, dentro de varias décadas, esta película tendrá algún valor de carácter puramente arqueológico, pero ese es un “privilegio” que no me molesta dejar a las próximas generaciones. Menos mal que nunca llegué a verla en un cine, porque creo que lo único que me hubiera quedado de ella diez minutos después de terminar los créditos finales hubiese sido la desagradable sensación de haber perdido el tiempo.

martes, julio 18, 2006

Reseña # 100: El aullido (1981)

Llega por fin la reseña número 100 de Horas de oscuridad, y para el licántropo que esto escribe, el blanco no podía ser otro sino El aullido (1981), clásico de culto de Joe Dante y una de las piezas fundamentales en lo que respecta al cine protagonizado por hombres-lobo. Como casi todos los grandes éxitos de los ochenta, creó una legión de fanáticos durante la edad de oro del VHS, y generó asimismo un cantidad generosa de secuelas, la mayoría de dudosa calidad. Sin embargo, esta primera parte ha sabido mantenerse incólume con el paso del tiempo, no necesariamente por su calidad técnica o narrativa, sino por el ingenioso estudio del género que en ella se hace.

Karen White (interpretada por una de las más recurrentes heroínas del horror, Dee Wallace Stone) es una reportera que investiga los crímenes del asesino en serie Eddie Quist, quien ha dejado tras de sí un gran número de chicas horriblemente mutiladas. Cuando Karen finalmente encuentra a Eddie y lo confronta, lo ve transformarse en un hombre-lobo justo antes de caer abatido por los disparos de la policía. Su experiencia le hace sufrir un colapso nervioso que la obliga a internarse en la colonia experimental del doctor George Waggner, un lugar habitado por un grupo de extraños personajes cuya principal característica es que comen mucha carne.

Para el guión de El aullido, Dante contó con la ayuda de John Sayles, quien ya había trabajado con él en Piraña (1978), y que en esta ocasión adaptó la novela de Gary Brandner convirtiendo la película en algo que calzaba perfectamente con el estilo del director: una fiesta de autoreferencias y de guiños al espectador que conoce el género que se está tocando. Después de todo, los nombres de varios personajes de esta película, como George Waggner, Jacinto Molina, Roy William Neill, Terence Fisher y otros, son nombres de famosos directores de películas de hombres-lobo. De todos ellos, el más conocido sea quizás Waggner, quien dirigió El hombre-lobo (1941), principal pieza de inspiración del cine licantrópico y de esta cinta en particular (no en balde aparece en dos ocasiones proyectada en un televisor, una de ellas tras los créditos finales). Esto es sólo uno de los numerosos guiños escondidos a lo largo de todo el metraje, y que incluyen cameos del propio John Sayles, de Roger Corman e incluso del siempre mítico Forrest J. Ackerman, así como apariciones de un retrato de Lon Chaney Jr. o de un ejemplar de El aullido, el famoso poema de Allen Ginsberg.

Pero las referencias son solamente un pasatiempo para Joe Dante. Con esta, su segunda película, ya empezaba a elaborar el estilo que le ha hecho famoso y que le convierte en uno de los más privilegiados directores de terror: el uso de las convenciones del género como metáfora del comportamiento humano. El tema que subyace en El aullido (y que queda patente ya desde el principio, con una velada conversación que se escucha a medida que un televisor cambia de canales) es el conflicto presente entre la naturaleza bestial del ser humano y el intelecto, un intelecto que es, en su mayor medida, represor. Para el momento en que la naturaleza de los habitantes de la "colonia" es revelada, presenciamos aquello que Dante ha querido decirnos con su historia de hombres-lobo y que, hasta entonces, ninguna otra película del género había sugerido en forma tan contundente: el licántropo como símbolo de los instintos liberados del hombre. Estos instintos no se refieren únicamente a la violencia, ya que sin duda el mejor ejemplo está en el personaje del marido de Karen, quien tras ser ingresado forzosamente en las filas de las bestias de la luna, da rienda suelta a todos esos impulsos que durante tanto tiempo se negó a sí mismo, como el comer carne o incurrir en la infidelidad conyugal con una de las despampanantes residentes de la comuna.

Los hombres-lobo de esta película no son simplemente monstruos, sino seres dotados de una intencionalidad y que no están exentos de un particular conflicto: la necesidad de escoger entre continuar su vida salvaje (y arriesgarse así a ser expuestos a la humanidad) o adaptarse al nuevo orden del mundo manteniéndose ocultos y reprimiendo sus instintos de caza para pasar desapercibidos. En medio de este contexto, el personaje de Eddie Quist es un paria, un desertor de esa nueva y ordenada jauría, y por lo tanto, el único y auténtico monstruo de toda esta historia. La escena en la que Karen lo encuentra, y que transcurre en la oscuridad de una pequeña sala donde se proyecta una sesión privada de una película de porno duro es, sin duda, la más oscura e inquietante de toda la película, y cuando volvemos a ver a Eddie (interpretado por Robert Picardo, otro actor fetiche de Dante), su dolorosa y repugnante transformación se convierte en el clímax de la película, una transformación que dura más de un minuto y que vemos paso por paso.

Semejante labor de efectos especiales cae sobre las manos de Rob Bottin, discípulo de Rick Baker, quien solicitó para esta película los consejos de su maestro. Bottin, que vería llegar su mejor trabajo al año siguiente con La cosa (1982), utilizó, además de los efectos de maquillaje, algo de animación y "stop-motion", que fueron empleados muy brevemente con resultados no tan positivos. Aún así, la transformación por él conseguida en esta película es una de las más memorables, trascendiendo el look perruno que tenían los hombres-lobo en películas anteriores pero recuperando la monstruosidad de unos seres que se muestran aquí como gigantescas criaturas bípedas, semejantes a gorilas en su desproporcionada musculatura (aunque, en mi opinión, con unas orejas largas que no les favorecen).

El conflicto de estas bestias con el mundo que intenta "domarlos" se resalta más en un hecho al parecer insignificante pero que representa una gran innovación: los de El aullido son los primeros hombres-lobo que no ven su condición licantrópica como una maldición de la que tienen que librarse. Al contrario, se sienten muy cómodos en su bestialidad, ya que en ellos se exterioriza la tendencia humana al caos y a la satisfacción de los impulsos, por muy destructivos que estos sean. En ellos se borra la fina línea que separa al Hombre del animal, condenando al resto de la especie humana a la condición de ganado. La lucha por exponer esta bestialidad escondida a la luz se convierte, asimismo, en el drama de los personajes "humanos", cuyas esperanzas se encarnan en el personaje de Karen White. Cuando llega el final, el resultado es probablemente uno de los desenlaces más grandiosamente cínicos que se han visto en la obra de Joe Dante. Vemos también en esta película una sátira cruel y directa contra toda la cultura californiana del "buen-vivir" y todas las falacias de esos grupos de auto-ayuda y "mejoramiento personal", vestigios decadentes de la utopía hippie de la comuna, que en la mayoría de los casos no son más que absurdas sectas que buscan controlar al ser humano haciéndole renegar precisamente de aquellos aspectos que conforman su humanidad.

Con todo esto, el director consiguió con esta película su primer gran éxito comercial, que se vio sin embargo empañado por su amigo John Landis, quien ese mismo año causó sensación con Un hombre-lobo americano en Londres (1981). Pero si bien comparten la misma temática, la película de Dante no recae tanto en el humor (aunque este sin duda está presente). El aullido es, principalmente, una película de horror, y aunque ciertamente no alcanza los niveles de genialidad estilística de su hermana gemela, sí es una de las más instrospectivas miradas al auténtico poder metafórico de estas criaturas. También es, y de eso no cabe la menor duda, una de las cintas más violentas que realizara este director, incluso para los estándares de un film de estudio. El gore y la sangre están allí y no tienen piedad alguna, pero no sólo están plenamente justificados, sino que además no son la única carta con la que juega: uno de los momentos de mayor tensión es cuando la reportera amiga de Karen registra furtivamente los archivos de una oficina sin darse cuenta de que la inmensa garra de un hombre-lobo es la que ha puesto a su alcance uno de los papeles.

Esta es una película a la que, en definitiva, le han sentado bien los años, principalmente gracias al status de culto alcanzado y que ni siquiera sus mediocres secuelas han podido empañar (aunque si mal no recuerdo, la cuarta, aquella de los "marsupiales" no estaba mal del todo). Ciertos detalles de su elaboración son, lo que se dice, mejorables, como los licántropos de "stop-motion" o incluso el mismo guión, un tanto lento en su desarrollo y con un clímax un poco tirado de los pelos (Deus ex machina casi). Aún así, es muy difícil encontrarse hoy en día con una película de terror que sienta un respeto tan grande hacia estos personajes y se atreva a ahondar en qué es lo realmente interesante de un monstruo, en vez de simplemente ponerlos a aterrorizar a humanos despavoridos.

Por supuesto, como no podía ser de otra forma, MGM ha dejado colar unos rumores desde hace tiempo acerca de la posibilidad de re-hacer El aullido para las "futuras generaciones". Creo que lo más sensato que se podría hacer con esos chavalines es recuperar la cinta original para los cines, y así presenciar como debe ser el poder de la bestia oculta tras el febril y carismático estilo de Joe Dante, uno de esos directores de los que ya no hay.

miércoles, julio 12, 2006

Reseña: Un hombre-lobo americano en Londres (1981)

"Cuidado con la luna". Ese es el consejo que ofrecen unos aldeanos de las estepas inglesas a David y a Jack, dos mochileros americanos perdidos en el Viejo Mundo. Cuando estos desoyen tal consejo, son atacados por una inmensa fiera salida de la bruma. Jack muere destrozado en las fauces de la bestia, mientras que David sobrevive de milagro y despierta en un hospital de Londres. A partir de allí comienza su lenta pero inexorable transformación en el licántropo que aterrorizará a los transeúntes de Picadilly Circus, portador de una maldición que sólo puede eliminarse de una manera.

A pesar de sus muchos defectos, es fácil ver por qué Un hombre-lobo americano en Londres (1981) es una de las películas de terror más importantes de la década de los ochenta. Después de todo, 1981 fue el año de los licántropos, ya que aparte de esta, dos otras producciones compitieron por llevarse el palmarés de la mayor bestia mostrada en pantalla: El aullido (1981) y Wolfen (1981). El predominio de esta película sobre sus dos competidoras se debe principalmente a un hombre: el oscarizado Rick Baker, maestro del maquillaje que dio vida a las dos criaturas que adornan este largometraje: por un lado David, cuya transformación en licántropo es todavía considerada una clase magistral de maquillaje real (es decir, nada de imaginería digital) y por el otro su amigo Jack, quien se le aparece constantemente bajo la forma de un cadáver parlante que se va descomponiendo a lo largo de toda la película.

Precisamente detalles desternillantes como este son los que han hecho que se clasifique a la cinta como una comedia, cuando en realidad no lo es (al menos no totalmente). Después de todo, se trata de una película de John Landis, y por lo tanto participa de esa genial ambivalencia típica de este director. La violencia en Un hombre-lobo americano en Londres es horrible y cruel, pero al mismo tiempo está rodeada de un absurdo tal que hace de la película toda una delicia. La mejor prueba de esto es la escena en la que un desesperado David confronta a los espectros de todas sus víctimas en la sala de un cine porno, justo antes del clímax de la historia. Llegados aquí, sin embargo, nos encontramos con el que quizás sea el mayor tropiezo de la película, ya que su final es abrupto y violento, dejándonos con la sensación de haber presenciado un desenlace excesivamente oscuro para lo que nos anticipaba la singular ligereza de la película.

Sin embargo, aún con todas sus contradicciones, sigue siendo una pieza de referencia obligada, con sus desparpajos, su humor ingenuo combinado con su brutalidad sin reservas, su banda sonora (hecha exclusivamente de canciones con la palabra "luna" en el título) y sobre, por poner bien alto el listón en lo que a hombres-lobo se refiere. Más de 25 años después no ha perdido ni un ápice de su garra, lo que la convierte en un logro envidiable.

jueves, marzo 02, 2006

Reseña: Ginger Snaps Back: The Beginning (2004)

La saga de Ginger Snaps (2000) comenzó con muy buen pie; con su debut licantrópico, John Fawcett no solamente creó una cinta considerada hoy de culto, sino que poco tiempo después conseguiría algo muy difícil: crear una secuela que no fuera un basura, cosa que en cine recibe el nombre de una enfermedad harto común y en ocasiones hasta mortal: la secuelitis. Por desgracia, también existe el síndrome de la precuelitis, y eso en cierta forma es lo que sucede con Ginger Snaps Back: The Beginning (2004), parte final de la trilogía de Ginger y Brigette que en vez de continuar la tarea lógica de avanzar la trama decide hacer un viaje en el tiempo y situar la historia en los bosques canadienses del siglo XIX. A pesar de tener un planteamiento ambicioso y en ocasiones casi épico, esta tercera parte resulta una ligera decepción. No es mala del todo, pero está definitivamente muy por debajo de las dos anteriores.

A diferencia de las otras dos películas, en esta ocasión la historia trata de ser lo más sencilla posible a partir de su situación inicial: Ginger y Brigitte son dos hermanas que se han perdido en el bosque tras la muerte de sus padres en el viaje a través de la tundra norteamericana (hecho bastante común para todo aquel que haya leido a Jack London), y en el trayecto, ambas encuentran a una anciana indígena que lanza sobre ellas la profecía que domina toda la trilogía: "matad al chico o una hermana matará a la otra". Poco después, las dos llegan a una guarnición de comerciantes de pieles en medio del bosque donde un puñado de hombres hambrientos y desesperados lucha encarnizadamente contra la jauría de hombres-lobo que pulula por sus dominios. El resto ya es historia conocida.

Ginger Snaps Back fue filmada simultáneamente con la secuela anterior, y lanzada poco tiempo después directamente en formato de vídeo debido al escaso éxito de su predecesora, aunque la trilogía ha encontrado una horda fiel de fanáticos en el tiempo que lleva rodando. Esta tercera parte es, con mucho, la más "diferente" de las tres películas, y no solamente en cuanto a su ambientación. De las tres, es probablemente la que tiene el más alto contenido de gore y escenas sanguinolentas, así como la menor dosis de humor (inexplicablemente, el personaje de Ginger habla como una chica de nuestra época, lo cual a veces me causaba un poco de confusión). Asimismo, la película en esta ocasión es mucho más "convencional" (si bien algunos han querido ver en esta cinta una alegoría oculta del lesbianismo), que intenta suplir sus carencias argumentales con un mayor grado de acción y charcutería. Algunos de estos recursos son bastante tópicos, especialmente el personaje del actor Nathaniel Arcand, un guerrero indio que nunca recibe un nombre: cliché hasta más no poder.

Algunos argumentos secundarios son interesantes, como la trama que rodea al jefe de la guarnición y la progresiva degeneración del grupo que se encuentra recluido, mención especial para el líder religioso que poco a poco empieza a perder la razón ante la evidente avalancha de las criaturas de la noche. El resto es completamente dominado por las dos hermanas. Curiosamente, en esta ocasión el protagonismo nuevamente es compartido por las dos, a diferencia de la segunda parte, donde Brigitte había tomado las riendas de la historia. Asimismo, esta película no necesita del visionado previo de las dos primeras, convirtiéndose en una historia completamente independiente que trata de destacar por méritos propios.

En definitiva, Ginger Snaps Back es una buena manera de cerrar la trilogía de Ginger y Brigitte, pero aunque no le haga justicia a las dos primeras películas, la verdad es que no está mal como fuente de entretenimiento licantrópico que busca recrearse en la visión de un ataque de monstruos. El climax de la película es lo suficientemente interesante para captar nuestra atención y al mismo tiempo ofrecer vínculos argumentales y simbólicos con las otras dos partes de la saga. Recomendable con cierta cautela.

jueves, febrero 09, 2006

Reseña: Underworld Evolution (2006)

A veces, sólo de vez en cuando, se puede hacer algo que vaya más allá de uno mismo y procurar el bien para los que te rodean. En mi caso, una de las mejores acciones que puedo acometer es recomendar a todos encarecidamente que se alejen lo más posible de Underworld Evolution (2006), secuela del ya conocido fiasco de Len Wiseman que hace poco pasó con más pena que gloria por los tribunales de esta página. Esta segunda parte no solamente es mucho peor que la original, sino que además tira por la borda prácticamente todo lo bueno que su predecesora tenía. Si algo positivo he sacado de haber visto esta película ha sido la revelación en todo su esplendor del equivalente cinematográfico de aquella vieja técnica de caza llamada "marear la perdiz".

Como se dijo en una ocasión, Underworld (2003) tenía el problema de ser una película de monstruos en la que prácticamente no había monstruos. Wiseman (no deja de ser irónico el hecho de que su apellido puede ser traducido como "hombre sabio") parece haber aprendido la lección ya desde el principio, porque si algo tiene esta secuela es que los monstruos no se hacen rogar, desde un prólogo de diez minutos en los que se muestra el inicio de la guerra entre las dos razas ya en los albores del siglo XIII. Esta apertura de corte épico, en la que los guerreros vampiros están ataviados con unas armaduras insoportablemente "tolkinianas" (algo que no hace más que evidenciar una vez más el que estas películas parezcan escritas por una pandilla de jugadores de rol trasnochados y hasta los ojos de anfetaminas) es la clave para toda la historia que viene, en la que la vampira Selene y el chorbo-man Michael Corvin se embarcan en una búsqueda del primero de los vampiros, Marcus, para buscar protección del resto de los clanes que quieren mandarles al otro barrio. Es una lástima, sin embargo, que Marcus (convertido, al igual que Corvin, en un híbrido entre vampiro y licántropo) esté buscando también a la chica y no precisamente para ayudarla, sino para extraerle "dolorosamente" una información de la cabeza: el lugar exacto donde se halla la prisión de su hermano William, el primero y más bestia de los hombres-lobo.

Si hasta aquí piensan que la cosa es un poco disparatada, hay que decirles que no hace sino empezar. La película, más aún que la primera parte, es un despliegue ininterrumpido de escenas de acción y lucha que se vuelven muy pronto increíblemente repetitivas, especialmente en el caso del señorito Corvin, quien lo único que hace es convertirse a cada rato en una especie de Hulk azul que rompe camisas cada dos por tres. Marcus hace más o menos lo mismo con sus reiteradas metamorfosis en una criatura alada (sospechosamente parecida, por cierto, a cierto monstrito). Resulta gracioso verles a los dos romper camisa tras camisa y luego renovarlas del vestuario del personaje que tengan más cerca. Se me ocurre ahora mismo que si hiciera un juego de bebidas con mis amigos en los que se me obligara a tragar un chupito cada vez que alguno de ellos inicia este strip-tease, acabaríamos todos muy trompas.

Aparte de este personaje, la única novedad reside en la presencia revelatoria de Alexander Corvinus, el inmortal original, padre tanto de Marcus como de William, y que aquí se lleva el premio al peor personaje del año, ya que no sólo es completamente inútil, sino que además parece haber sido la solitaria víctima del colapso presupuestario del departamento de maquillaje y efectos especiales.

Lo que me lleva a mi objeción final: si algo tenía de bueno Underworld era esa estética gótica que le hacía una película hermosa. Pues bien, aquí todo eso se ha ido al traste, al parecer con el beneplácito de su director. Si bien es cierto que se conserva esa paleta de colores azul-blanco-negro y que Kate Beckinsale (en definitiva lo único bueno de esta saga) está más hermosa que nunca, todo el entorno tenebroso de la ciudad desaparece en favor de una ambientación más rural-medieval en la que el gore está a la orden del día. Eso sí, no es un gore de película, sino más bien de videojuego. Cada vez que veía los movimientos de lucha "finales" de Selene o de Corvin (el nunca bien ponderado "descuajeringamiento de mandíbula licantrópica") creí que iba a ver la palabra "Fatality" en grandes letras rojas.

Con la primera parte, ya era terrible el hecho de que una premisa tan interesante como una guerra entre vampiros y hombres-lobo haya sido desaprovechada de manera tan criminal. Underworld Evolution lo que hace es añadir burla al insulto. Y lo peor de todo es que, a juzgar por lo que he escuchado y lo que se confirma al final de esta película, ya están preparando la tercera. Ahí les dejo eso.

martes, febrero 07, 2006

Reseña: Frankenstein y el hombre-lobo (1943)

Lon Chaney Jr. vistió la peluda carne del licántropo Larry Talbot por segunda vez en Frankenstein y el hombre-lobo (1943), secuela por partida doble, ya que continuaba tanto el argumento de El hombre-lobo (1941) como el de El fantasma de Frankenstein (1942), película en la que, casualmente, Chaney interpretó al monstruo de la novela de Mary Shelley. De hecho, los planes originales de Universal incluían el ambicioso proyecto de hacer que el actor interpretara a ambos monstruos, pero las sobrehumanas necesidades del departamento de maquillaje (nuevamente a cargo de Jack Pierce) decretaron que la criatura de Frankenstein debía ser interpretada por Bela Lugosi, quien tuvo que resignarse a representar el papel que rechazara años atrás. Fue, además, la primera película en la que los estudios Universal intentaron la fórmula de unir a los monstruos de dos sagas diferentes, y no sería la última.

De entrada el argumento de esta secuela ofrecía una pequeña dificultad: la última vez que habíamos visto a Larry Talbot, había muerto a manos de su padre. Sin embargo, ya sabemos que el estar muerto es sólo un pequeño obstáculo que superar en la carrera de cualquier monstruo de serie B, de manera que nuevamente se contó con la astucia del guionista Curt Siodmak, quien rescató a su criatura del inframundo de la manera más honrosa posible: sin dar ninguna explicación. En una de las mejores aperturas concebidas para estas películas, la historia abre cuatro años después de los eventos de la película anterior, cuando dos ladrones de tumbas se cuelan en el mausoleo de los Talbot para despojar al cadáver de Larry de sus atavíos mortuorios. Sorprendentemente, encuentran el cuerpo incorrupto, cubierto de las flores asociadas al mito del hombre-lobo. Su sorpresa no hace sino aumentar cuando los rayos de la luna llena reviven al protagonista y le transforman en la bestia que todos conocemos. Convencido ahora de que no puede morir, Larry escapa a las montañas de Rumanía en busca del único hombre que puede ayudarle a acabar con su despreciable vida: el doctor Frankenstein.

El resto de la trama sería demasiado largo de explicar, principalmente porque son demasiadas las cosas que suceden como para resumirlas sin estar contando toda la película. De todas maneras, la trama de por sí es lo bastante disparatada como para hacer cualquier explicación innecesaria. Valga decir solamente que la historia del monstruo de Frankenstein y la historia de Larry Talbot se superponen en todo momento hasta la llegada de un clímax en el que los dos monstruos entablan una lucha encarnizada. En medio de esta batalla están la hija del doctor Frankenstein y un misterioso médico llamado Frank Mannering (interpretado por Patric Knowels, quien también tenía uno de los papeles principales en El hombre-lobo, por lo que su presencia en esta secuela resulta un tanto confusa) que hurgan en los secretos dejados por el oscuro científico acerca de sus investigaciones de la vida y la muerte.

Lon Chaney Jr. está, una vez más, correcto como Larry Talbot. Su gigantesca presencia de ojos tristes resulta ya un paradigma para el personaje. Lugosi, en cambio, es lamentable como el monstruo, hecho que no se debe únicamente a su decadencia como actor para la época, sino a las circunstancias del personaje: el monstruo está ciego (producto de la película anterior) y no tiene líneas de diálogo, limitándose a gruñir y a caminar de forma erguida y tiesa. La película además recupera al personaje de la gitana Maleva, uno de los mejores de El hombre-lobo, pero no le da ningún protagonismo. Los personajes no presentan ningún tipo de evolución creíble (especialmente el doctor Mannering, quien pasa de investigador serio a científico loco en menos de cinco segundos) y la trama presenta un sinfín de situaciones disparatadas, incluyendo un número musical que parece sacado de una película completamente distinta. Pero el mayor defecto de todos quizás sea el hecho de que la historia tarda demasiado en arrancar y, para colmo, termina de manera abrupta justo cuando se pone interesante, dejándonos con un extraño sabor inconcluso.

Muy por debajo del clásico que le diera vida, Frankenstein y el hombre-lobo es más memorable por su valor nostálgico y por propiciar el enfrentamiento entre dos iconos de la cultura popular. Tomar en serio estas películas es imposible, ya que ni siquiera en su época eran vista como algo más que entretenimiento masivo de consumo rápido. Pero a pesar de sus numerosos defectos, tiene momentos lo suficientemente buenos como para dejarle alzar su cabeza por encima de varios de los productos de su particular momento histórico.

viernes, enero 27, 2006

Reseña: El hombre-lobo (1941)

La época dorada de los monstruos de Universal Pictures comenzó en la década de los 30, cuando Drácula y el monstruo de Frankenstein rondaban por los estudios y por el imaginario colectivo de manera rampante y desvergonzada. Pero esta fiebre alcanzaría su punto más alto durante la década de los 40, cuando sus principales cabecillas decidieron liberar a su primera criatura "original" (es decir, que no estaba basada en ninguna fuente literaria). Esa criatura fue la protagonista de El hombre-lobo (1941), ícono sin par de la cultura popular y el único de los monstruos de Universal que fue interpretado siempre por el mismo actor: Lon Chaney Jr, quien se encasquetó el peludo maquillaje de la bestia en cinco ocasiones.

Si bien el cine de licántropos ya había dado un paso importante con el estreno de El hombre-lobo de Londres (1935), fue esta cinta de George Waggner la que dio comienzo a la extensa mitología de la bestias de la noche. Es necesario acotar acá que gran parte de los elementos que rodean a este personaje no son producto (como se cree) de la tradición popular de ninguna cultura, sino fruto exclusivo de la imaginación de un hombre: el guionista Curt Siodmak, alemán de origen judío responsable de todo aquello que hoy identificamos con los licántropos, desde la transformación por medio de la luna llena hasta el contagio a través de la mordida y la muerte gracias a una bala de plata. Siodmak, que había llegado a Estados Unidos huyendo del régimen nazi, concibió la historia de El hombre-lobo como un cuento mucho más ambiguo en el que la transformación licantrópica nunca era vista de manera explícita, dejando abierto cierto margen de interpretación acerca de si el origen de los crímenes del protagonista era realmente una metamorfosis o un estado de locura. Además, el escritor nunca dejó de resaltar el hecho de que, para él, el hombre-lobo no era más que una metáfora del hombre bueno entregado a la bestialidad de su lado más perverso, lo que en su mente equivalía a una interpretación de los crímenes del nacional-socialismo (en este sentido es interesante el detalle estético que nos ofrece la película: el hombre-lobo "selecciona" a sus víctimas cuando ve aparecer en ellos la imagen de una estrella, referencia velada al origen judío de las principales víctimas de los nazis).

Pero la profundidad de tal drama psicológico no interesaba a los estudios, de manera que Siodmak convirtió su guión en lo que hoy conocemos: una deliciosa muestra de serie B con un valor nostálgico inigualable: Larry Talbot (Lon Chaney Jr.) llega a un pequeño pueblo inglés para reunirse con su padre después de años separados por una disputa familiar. Allí parece haber encontrado todo lo que quiere, incluyendo los encantos de una jovencita pueblerina. Pero todo se complica una noche en que es atacado por un licántropo durante un paseo por el bosque (el licántropo es Bela Lugosi, quien ya para esas fechas comenzaba a ver decaer su popularidad). Poco a poco, y siguiendo las advertencias de una vieja gitana que conoce su secreto, Larry se convierte él mismo en el hombre-lobo, y su desesperación aumenta cuando se descubre incapaz de controlar la maldición y proteger a aquellos que ama.

El hombre-lobo es una de las películas más sencillas que hiciera Universal en su época. La trama no alcanza la complejidad de El hombre-lobo de Londres, pero cuenta sin duda con una mejor factura técnica y mejores actores. El carisma de Lon Chaney Jr. es sin duda lo más destacable (al parecer el estudio intentó convertirle en una nueva estrella del cine de terror como había hecho antes con Lugosi y Karloff), pero tampoco hay que desdeñar el cuidado que se aprecia en la creación de un ambiente, incluyendo ese escenario del bosque oscuro rebosante de niebla que se usaría en otras producciones durante varios años. Este servidor, sin embargo, nunca ha sido un gran fanático del ya clásico maquillaje de Jack Pierce, que desafiaba la lógica al mostrarnos al hombre-lobo sólo a través de su rostro, manos y pies visibles a partir de su camisa y pantalones oscuros, aun cuando antes de su transformación estuviese vestido de otra manera. Pero a pesar de que no me guste este maquillaje, tengo que creerle a un experto como Rick Baker cuando me dice (en el material adicional de esta edición) que tal muestra de ingenio resultaba revolucionaria en una época en la que todavía no se utilizaba el látex.

Resulta paradójico que haya sido precisamente el éxito de una película nefasta como Van Helsing (2004) lo que haya rescatado el interés por parte de Universal de ofrecernos aquellas joyas de su pasado en formato digital. No voy a ser yo el que se queje, porque lo que sí es seguro es que las tribulaciones de Larry Talbot son algo digno de verse.

miércoles, enero 25, 2006

Reseña: Underworld (2003)

Creo que a estas alturas del calendario no hace falta decir que Underworld (2003), opera prima de Len Wiseman (discípulo, por cierto, de Roland Emmerich) es una película muy mala, pésima e infame. Sin embargo, creo que nunca estará de más repetir la impresionante oportunidad que se perdió con ella. Después de todo, una historia que trata de una guerra milenaria entre los vampiros y los hombres-lobo era el sueño dorado de todo amante del cine de terror. Lamentablemente, ese sueño nunca llega a volverse realidad.

Una de las razones más evidentes de por qué Underworld no funciona es que, a pesar de que los protagonistas son vampiros y hombres-lobo, casi nunca se comportan como tal. Los personajes se pasan casi todo el tiempo de metraje repartiendo tiros y golpes de kung-fu a diestra y siniestra, siempre enfundados en ceñidos trajes negros de cuero de diseño (porque ya saben, hay que ser por encima de todo muy "oscuros"). Lo que nos cocina Wiseman desde el principio es una mescolanza de elementos de otras películas mucho mejores, como Blade (1998) o The Matrix (1999), en la esperanza de que su creación funcione igual de bien. El problema es que muy pronto nos damos cuenta de que no puede ir más allá, al menos no superamos nunca el placer meramente estético que nos produce contemplar a Kate Beckinsale (la novia del director) haciendo su mejor Lara Croft como una "death dealer", vampira pirotécnica encargada de despachar a los licántropos de turno y enamorada del boy-toy humano Michael Corvin, al parecer de vital importancia para el futuro del conflicto entre ambas razas. Cuando finalmente empezamos a encontrar algún sentido a todo esto, la película intenta empujarnos todas las explicaciones por la garganta al mismo tiempo, no solamente las razones por la que Corvin es importante, sino también la razón de la guerra, la conspiración acerca de los orígenes del personaje de Beckinsale, y hasta la existencia de un complicado árbol genealógico que convierte la trama en un pastiche demencial que no se sostiene ni un segundo. A medida que avanzaba la historia y me daban más y más explicaciones (nunca renunciando, sin embargo, a las más estrambóticas y saturantes escenas de acción posibles), evidencié mi rendición dejando que la película se arrastrara miserablemente a su esperado final (esperado porque al fin se acababa).

Y sin embargo, si algo se le puede conceder a la película es lo increíblemente hermosa que es de mirar. Poco importa que la estética no sea original, porque la verdad es que es impresionante. Tanto así, que puedo decir con toda confianza que Underworld no necesitaba un trailer, sino solamente una sesión de fotografías. Es una lástima que este espectacular juego de luces, colores y fotografía nocturna no haya sido empleado en algo con mayor sustancia. Porque la verdad es que todo resulta tan vacuo, insoportable y cutre, que no queda otra opción que lamentarse de aquello que pudo ser, en vez de enfurecerse por lo que es. Ahora viene la secuela, que según dicen, es mejor.

Como si fuera muy difícil.