miércoles, noviembre 11, 2009

Reseña: La huérfana (2009)

Lo mínimo que puedo decir de la nueva película de Jaume Collet-Serra, La huérfana (2009), es que me ha sorprendido gratamente al mostrarme un muy buen thriller del cual no esperaba realmente nada y que sin embargo ha terminado siendo uno de los más interesantes estrenos de terror que he visto este año. Y ha sido una sorpresa por partida doble al vencer dos de mis más grandes prejuicios como espectador: el primero de ellos contra el sub-género de "niños malvados", manoseado hasta la saciedad y con un mayor número de fracasos que de triunfos, especialmente en esta época, y el segundo al ser una película de la Dark Castle Entertainment, productora de la cual suelo alejarme casi por instinto. Evidentemente, estos son prejuicios que en adelante tendré que cuestionarme.
Lo cierto es que La huérfana es una muy buena película que resulta aún más meritoria al ver cómo el director de La casa de cera (2005) consigue sacar tanto jugo de una premisa muy vista que, sin embargo, está mostrada con un oficio y una efectividad que ya quisieran para sí muchos intentos aparentemente más originales. Su punto de partida, en el que una pareja joven con dos niños (uno de ellos aquejado de un impedimento físico) adopta una pequeña pero brillante y madura niña de origen ruso que termina siendo una psicópata, es sólo una base argumental que muy pronto se ve superada no sólo por el desarrollo (inusualmente siniestro teniendo en consideración su elenco infantil) sino que enlaza perfectamente con un subgénero distinto al de los críos malvados: aquel de los thrillers protagonizados por invasores del ambiente familiar como El padrastro (1987), de Joseph Ruben o al famosa película de Curtis Hanson La mano que mece la cuna (1992).
Otra comparación muy pertinente que se ha hecho ya a la hora de hablar de esta película es El buen hijo (1993), una propuesta similar no tanto en su argumento sino en lo minimalista de su puesta en escena, con casi toda la película transcurriendo en un mismo escenario doméstico y con muy pocos personajes. En el caso de La huérfana esto juega a su favor, ya que la cinta sabe muy bien dosificar el suspense y dejarnos bien claras las intenciones de la niña a través de la manera tan cruel y despiadada con la que despacha a sus adversarios y (sobre todo) con su relación con la pequeña hija sorda, la cual protagoniza algunos de los momentos más angustiantes del metraje y que ha llevado a sonoras críticas en su país de origen acerca de la calidad moral de sus realizadores.
Otra cosa con lo que me ha sorprendido es en el apartado de actuaciones. Vera Farmiga, quien por cierto tuvo un papel similar en Joshua (2007), está particularmente muy bien como la madre a quien nadie cree cuando intenta revelar los despropósitos de su hija adoptada, pero quien realmente destaca por encima de todos es la pequeña Isabelle Fuhrman en el papel de Esther, todo un descubrimiento que sin duda tendrá sus repercusiones. Sinceramente creo que la película no sería ni la mitad de lo efectiva que es si no hubiese sido ella la protagonista, ya que no se limita simplemente a poner cara de mala como ocurre normalmente con las películas de críos malvados, sino que maneja muy bien todos los cambios de su personaje y su contexto de eterna frustración psicótica sin llegar jamás a caer en la caricatura. Atención a la primera escena en la que aparece, en la que literalmente conquista a sus nuevos padres, inciando así un proceso en el cual se apodera de la familia.
Como gran parte de la producción de terror de estos últimos años, La huérfana está rematada con un final sorpresa, que muchos han calificado de acomodaticio y dedicado a apaciguar las conciencias del público. No voy a decir aquí cual es ese final, pero aunque entiendo la lógica que lleva a creer en el supuesto conservadurismo de los realizadores, no me parece que ese sea el caso. Al contrario, dicha revelación resulta no sólo mucho más impactante y desquiciada (por todo lo que acarrea) sino que encima redimensiona por completo todo lo que ha ocurrido antes en la película. Absolutamente recomendable.

lunes, noviembre 09, 2009

Reseña: Species 2 (1998)

La primera entrega de Species (1995) fue, sin duda alguna, una auténtica sorpresa. No tengo que remitiros a la reseña que le hemos dedicado para recordar que, en aquel momento, muy pocos se hubiesen creído que una película con una premisa similar pudiera generar seguimiento alguno. Pero el caso es que lo tuvo, y pocos años después ya teníamos la secuela, Species 2 (1998). En esta ocasión, la película está dirigida por el cineasta de origen húngaro Peter Medak, quien es recordado principalmente por Al final de la escalera (1980), una cinta de estilo diametralmente opuesto a esta de la que hablamos hoy. Porque algo nos tiene que quedar claros: aquellos que hayan disfrutado de la primera Species no pueden dejar de ver esta, ya que, si bien no es tan destacable como la anterior, tiene por otro lado la ventaja de ser mucho más alocada en su premisa y de mostrar un genuino y desprejuiciado orgullo por su condición de serie B, algo muy de agradecer.
Situada poco tiempo después de la original, la película comienza con la tan ansiada llegada del hombre a Marte. Ya en la la primera secuencia vemos la inmensa nave espacial de la NASA cubierta por completo de logos publicitarios, imagen que por sí sola debería darnos una idea muy clara de cual es el auténtico tono de la película. Posteriormente vemos como el primer hombre en posarse sobre la superficie del planeta rojo es infectado por los restos de ADN alienígena de la superficie, por lo que lentamente comenzará a convertirse en un híbrido extraterrestre con un gran apetito sexual por hembras humanas con las cuales reproducirse. Recuerdo que en el momento de su estreno este fue el gimmick que usaron para vender la película: ahora es un hombre el que tiene los poderes alienígenas, y de hecho, la cinta muestra en muchos momentos (demasiados para creer en la casualidad) claras puyas satíricas a la risible cultura del Macho Alfa. La cosa se complica aún más cuando, para atraparle, al gobierno no se le ocurre nada mejor que emplear la conexión telepática que el alienígena tiene con Eve (interpretada por Natasha Hendstrige), un clon de la Sil original que lleva toda su vida encerrada en una jaula de cristal en medio de un laboratorio secreto, rodeada de un personal exclusivamente femenino que la trata como una doncella (de nuevo: hay que estar ciego para no ver cual es el tono de la película).
A pesar de que esta secuela tiene una estética mucho más barata que la original, todos los elementos que hicieron destacable a Species están aquí exacerbados: el subtexto erótico de la primera parte está, de hecho, tan evidenciado que difícilmente podemos seguirlo llamando subtexto. Y a pesar de que en esta ocasión asistimos a un mayor regodeo en el gore, con evidentes guiños a La cosa (1982), la película está basada principalmente en la dinámica de represión/liberación sexual, presente no sólo en el personaje de Eve sino también en el nuevo alienígena malvado, Patrick. En ellos está centrada toda la atención de la película, ya que si bien el elenco contempla el regreso de los actores Marge Heldenberger y Michael Madsen (quien tiene, eso sí, algunas de las mejores líneas de diálogo como "they'll fuck the human race into extinction"), la verdad es que no hacen mucho.
Evidentemente la película no es perfecta: el personaje del tercer astronauta no sirve más que para proporcionar un elemento resolutivo al final, por lo que está el resto de la película reducido a un muy marginal agregado cómico. Asimismo, la imagen de los niños vestidos con sacos de patatas es francamente risible (imagino que la censura no hubiese permitido mostrar niños desnudos), y en muchas ocasiones, incluyendo el clímax final, Madsen y Heldenberger no parecen estar tomándose su papel muy en serio. Pero en general, es una película muy recomendable para aquellos que, como yo, hayan disfrutado de la primera y quieran ver llevado su concepto porno-scifi a un nivel aún mayor que la anterior. Las imágenes finales de los alienígenas, a pesar de la ausencia de H.R. Giger, están muy bien hechas, y la cinta incluye hasta una escena de sexo extraterrestre visualmente muy atractiva y de la cual me hubiese gustado ver más. Por esto y muchas otras razones, Species 2 es una creature feature mucho mejor de lo que parece en su superficie y una que, sobre todo, no tiene miedo ni vergüenza en parodiar su propio contenido erótico en imágenes que incluyen partos explosivos, apéndices violadores y hasta un asesinato por felación. Freud dijo en una ocasión que, a veces, un cigarro es sólo un cigarro. Pero otras veces, un tentáculo es claramente un pene gigante y esta película lo demuestra.

sábado, noviembre 07, 2009

Reseña: El cuervo (1963)

Seguimos aquí repasando el ciclo de ocho películas de Roger Corman sobre la obra de Edgar Allan Poe. En esta ocasión, para la quinta entrega, Corman se sacó de la manga una adaptación de El cuervo, uno de los más famosos textos del autor americano, y que si bien tiene elementos que podrían clasificarse como pertenecientes al relato de terror, ofrece el inconveniente de ser un poema, en el que la anécdota como tal es demasiado sencilla para cualquier género narrativo. Milagrosamente, Corman logra compensar esto bastante bien al hacer de El cuervo (1963) una comedia de corte familiar que rompe por completo no sólo con la obra de Poe sino también con el tono de sus adaptaciones anteriores.
Efectivamentre, la cinta que nos ocupa hoy no es más que una parodia en la que el director y productor, nuevamente contando con Vincent Price como protagonista, juega con el espectador haciéndole creer, al principio de la película, que está a punto de presenciar otra de sus macabras adaptaciones góticas. Todas las constantes del ciclo están aquí: caserón desolado, ambientación siniestra y un viudo emocionalmente devastado por la muerte de la mujer amada. El texto de Poe se mantiene incluso citado de forma literal hasta la aparición del cuervo, que rompe el efecto (y con ello todo el ambiente de la película) al empezar a mantener una conversación con el protagonista haciendo alarde de socarronería y exigiendo un trago de vino. Es a partir de aquí cuando se nos revela el argumento: Erasmus Craven (Vincent Price), un poderoso hechicero del siglo XV, debe ayudar a volver a su forma original al también mago Adolphus Bedlo (Peter Lorre), quien ha sido convertido en cuervo por las oscuras artes de un maligno hechicero conocido como el doctor Scarabus (Boris Karloff, cerca ya del final de su carrera). Los dos entonces deciden viajar al castillo de su enemigo y poner fin a su reino de terror.
Os preguntaréis ahora qué tiene que ver todo esto con Edgar Allan Poe. La respuesta es nada en absoluto. Salvo la mención del poema del autor al principio de la película, en nada se parece esta cinta a la obra del escritor al que pertenece el ciclo. En cambio, es una comedia completamente autoconsciente que gira en torno a una visión bastante inocente de la magia y de los hechiceros, y en la que los estereotipos narrativos están bastante marcados: Price es el héroe racional y cauteloso, Lorre es el bufón y Karloff es un villano caricaturesco que borda su papel gracias a su ya famosa media sonrisa llena de desdén y soberbia. Otros de los momentos cómicos se dan en personajes secundarios como la dominante femme fatale y segundona del villano, interpretada aquí por Hazel Court, o incluso la imprescindible pareja de jóvenes enamorados; y sí, aquí vemos a un jovencísimo Jack Nicholson que repite bajo la dirección de Corman tras protagonizar La pequeña tienda de los horrores (1960).
El desarrollo de la película es bastante ligero e inofensivo, y a pesar de que en ocasiones llega a hacerse tedioso (sobre todo cuando se aleja de la historia de rivalidad entre sus personajes principales), sólo el clímax final, en el que Craven y Scarabus se enfrentan en un duelo de magia digno de los mejores tiempos de la Disney, es lo suficientemente divertido para justificar todo el resto de la película. Tener esto en cuenta antes de acercaros a El cuervo y abandonad, eso sí, cualquier intención de ver una adaptación fiel de Poe o siquiera un relato de terror. Para eso tendremos que esperar a entradas posteriores de este particular ciclo. Sin embargo, aceptándola como lo que es y lo que pretende ser, estamos ante una muy divertida y curiosa obra menor de Corman. Al igual que en el ejemplo anterior de Historias de terror (1962), lo que hace realmente destacable a la película es el trabajo de los actores protagonistas, tres grandes personalidades del cine de miedo que elevan la categoría de cualquier obra en la que se apersonan.

jueves, noviembre 05, 2009

La inútil lista de la década: el 2008

Siguiendo (cerrando, más bien) con nuestra inútil lista de la década, llegamos al 2008, un año en el que, ciertamente, no nos faltaron las buenas películas. Personalmente ha sido difícil elegir tres que destacar por encima de los demás, pero estaba seguro de que una de ellas sería Déjame entrar (reseña aquí), la cinta sueca de vampiros que, si bien es del 2008, no se estrenó comercialmente en España hasta abril del 2009 (razón por la cual esta lista puede confundir un poco a la hora de cerrar con lo mejor del presente año en las carteleras). Las razones ya las hemos discutido bastante, y creo que será mejor pasar por la reseña en sí para comentarlas. Por cierto, discusiones como la que se formó en dicho texto fueron el motivo que me llevó a eliminar las sentencias para siempre.
Las otras dos destacables para mí fueron Trick 'r Treat (reseña aquí), de Michael Dougherty, y Deadgirl, del dúo de directores Marcel Sarmiento y Gari Hadel. La primera es, ya lo sabéis de sobra, una cinta de antología que recupera una forma de hacer cine de terror que muchos creíamos ya extinta, mientras que la segunda es, por el contrario, una película atrevida (en el buen sentido de la palabra) que disfraza su argumento usando la máscara de lo zombi para arrojar una mirada hacia las miserias de la frustración sexual en el mundo adolescente. Ambas son películas altamente recomendables, y prometo que la reseña de la segunda viene dentro de muy poco.
Por fortuna este año las nominadas también fueron varias. Teniendo en cuenta que hay muchos estrenos del 2008 que aún me faltan por ver y que (probablemente) podrían estar en este listado, recomiendo echar un vistazo a cintas como Cloverfield (reseña aquí), Las ruinas (reseña aquí) y la francesa Martyrs. Las dos primeras destacables películas de monstruos y la tercera la última incursión del cineasta francés Pascal Laugier cuyas auténticas virtudes quedaron ocultas por una polémica, hay que decirlo, un tanto exagerada. De esta última también está la reseña por caer. También sería conveniente pasarse por cintas como la muy recomendable El incidente (reseña aquí), de M. Night Shyamalan, o la más modesta Los extraños (reseña aquí), que a pesar de su falta de originalidad es una muy buena experiencia terrorífica que me dejó positivamente impresionado.
Por cierto, aprovecho para comentar que no habrá inútil lista del 2009 ya que el brevísimo ránking de horror de este año se encargará de cubrirlo. Entretanto, podéis echarme una mano y sugerir otras películas de horror del 2008 que se me pudieran haber quedado en el tintero y que merezcan la pena para la construcción de esta selección apresurada de la década que está por terminar.

martes, noviembre 03, 2009

Reseña: The Midnight Meat Train (2008)

Aquel que no haya leído Los libros de sangre de Clive Barker, antología de relatos en la que se encuentra El tren de la carne de medianoche, haría bien en dejar de leer esta página ahora mismo y dedicarse a buscar dicho libro. Estaría con ello haciéndose un favor, ya que no exageramos al decir que representa uno de los picos más altos de la literatura de horror de las últimas décadas. Es también una cima que su autor nunca ha podido superar, y creo firmemente que si Barker ha de ser recordado por su aportación al género de terror, será principalmente por esa obra. Dicho esto, The Midnight Meat Train (2008) no es la primera versión que se hace de los relatos incluídos en la antología (allí están la curiosa Rawhead Rex (1986), guionizada por el propio escritor, y la más reciente Book of Blood (2008), que pasó sin pena ni gloria), pero sí ha sido una de las más publicitadas y esperadas por gran parte de los seguidores del autor de Hellraiser (1987). Fue también una película muy maltratada por su distribuidora, Lionsgate, que la condenó al oscurantismo relegándola a unas cuantas salas previas a su lanzamiento en vídeo, decisión por lo menos desconcertante.
En lo que respecta a la adaptación se mantiene la esencia del argumento de Barker: un hombre descubre en el subterráneo de madrugada el destino de aquellas personas desaparecidas sin dejar rastro, masacradas sin piedad por un asesino de traje gris con pinta de carnicero que les cuelga cual reses del techo de los vagones. El cuento original era extremadamente sencillo, por lo que evidentemente la película se ve obligada a engordar el argumento agregando subtramas y desarrollando personajes con el objetivo de alcanzar el tiempo mínimo de un largometraje. Por desgracia lo hace recurriendo a un montón de lugares comunes; es así como el personaje protagonista (un simple transeúnte en el cuento de Barker) es reconvertido aquí en el enésimo exponente de "artista atormentado" que se obsesiona con la figura del asesino, mientras que el resto de personajes repite asimismo otros estereotipos complementarios: la jefa cruel y cínica, la novia que intenta frenar la caída del prota y el amigo que la palma, todos ellos topicazos. De hecho el único que se salva es Vinnie Jones como el silente asesino del metro, y a pesar de que su personaje difiere por completo del que se describe en el cuento original, tiene la suficiente presencia como para convertirse en un importante foco de atención gracias a su impagable pinta de tipo duro.
Como ya sin duda todos saben, esta película está dirigida por el cineasta japonés Ryuhei Kitamura, cuyas dos películas más conocidas, Versus (2000) y Azumi (2003), se caracterizan por un retrato fantástico de la violencia tan exagerado y estilizado que llega a parecer surrealista. De la misma forma, las secuencias charcuteras de The Midnight Meat Train dejan ver muy claramente quién está tras la cámara; la sangre y las mutilaciones abundan, pero es imposible tomárselas en serio ya que las matanzas perpetradas por el personaje de Vinnie Jones son tan hiperbólicas y están tan adornadas de malabarismos estéticos, que de haberse esperado un año más seguramente la película hubiese sido lanzada en 3-D. Y esta estilización no se limita únicamente al gore, también está presente en ese tren literalmente cromado, así como en un uso francamente abusivo de la imaginería digital y ciertos pasajes más propios del montaje de videoclip, cosas que por sí solas no me molestan, pero que en esta historia me parecen completamente fuera de lugar.
Con esto sólo digo que el estilo de Kitamura, si bien francamente inconfundible, no parece amoldarse bien al tipo de historia que está contando, dejando de lado toda la sobriedad del relato de Barker para centrarse más bien en una fantasía de viñeta que, francamente, no le sienta tan bien. Lo que no quita, claro, que Kitamura alcance momentos y secuencias muy divertidas, sobre todo en lo que se refiere a las acciones de su asesino, que no están desprovistas tampoco de cierto oscuro sentido del humor, pero son momentos y escenas que contrastan terriblemente con el aparente tono de seriedad que se quiere dar a la historia por medio de la ya tan manoseada premisa del artista-que-desciende-a-los-infiernos-de-su-obsesión, y que en el caso de este relato en particular, perjudica sobre a todo una revelación final que, por la manera como está ejecutada en esta película, resulta bastante risible y sin la contundencia que tenía en el cuento de Barker. En definitiva, The Midgnight Meat Train tiene sus aciertos, y es en general una cinta muy disfrutable, pero está muy lejos de ser una de las grandes adaptaciones de Clive Barker como sí son, por ejemplo, Candyman (1992) o la ya citada Hellraiser. Y sobre todo, dista mucho de ser la oscura e intensa película de terror que sus responsables quisieron hacernos creer.

domingo, noviembre 01, 2009

Reseña: Prom Night (1980)

En el inmenso catálogo de películas slasher que proliferaron durante la década de los ochenta, la canadiense Prom Night (1980) es una de las más conocidas, aunque también es un ejemplo bastante menor, principalmente famoso por ser uno de los muchos vehículos de lucimiento de Jamie Lee Curtis durante los inicios de su carrera.
La historia es algo que ya hemos visto varias veces: un grupo de niños está jugando al escondite en una casa abandonada cuando de repente una de las niñas termina muriendo en un trágico accidente causado por los críos. Todos deciden entonces guardar el secreto, y años más tarde un misterioso asesino enmascarado comienza a cargárselos uno a uno durante el baile de graduación. El motivo por el cual los niños deciden guardar el secreto no tiene mucho sentido, como tampoco lo tiene algunas de las salidas dramáticas de la película (el único varón del grupo de “culpables” es, años más tarde, novio de la hermana de la niña muerta, cosa que no parece desatar en él un gran conflicto), pero de todas formas la secuencia inicial en la que se muestra el "crimen" es bastante tensa y constituye un buen inicio para algo que posteriormente se desinfla bastante.
Se nota, por ejemplo, que este es un slasher previo a la auténtica explosión de este subgénero y sus reglas más básicas, ya que hay demasiados diálogos y en general todo el trozo del medio se hace pesado y reiterativo, por lo que la película no arranca en verdad hasta bien entrado el tercer acto, en el que el asesino comienza a despachar a las víctimas. Dichas muertes tampoco son lo que se dicen muy imaginativas, exceptuando una decapitación que ha pasado a ser una de las imágenes más reconocibles de la película.
Estéticamente, Prom Night recoge el testigo no sólo de Halloween (1978), de John Carpenter, sino también de varias obras del giallo italiano, sobre todo en lo que se refiere a la presentación del asesino como una mano enguantada de negro que va despachando a los jóvenes con un arma que en sí misma ya es una declaración de intenciones estética: un trozo de espejo. La identidad del asesino es, durante casi toda la cinta, un misterio, y de hecho gran parte de la película se va en la construcción de falsos culpables para despistar al espectador, muchas veces de forma un tanto tramposa, y puede verse fácilmente que es en su faceta de whodunit donde recae el mayor peso del argumento. Por desgracia, este es bastante disparatado en ocasiones y excesivamente apresurado en el clímax (por ejemplo, el personaje del director del colegio y padre de la protagonista, interpretado por Leslie Nielsen, desaparece misteriosamente sin que volvamos a saber nada de él). Otro buen trozo del metraje es ocupado por lo que es sin duda el centro de la secuencia del baile de graduación: un número de baile de música disco entre los dos protagonistas que revela como ninguna otra cosa la época en la que fue estrenada y la gran popularidad que en su momento gozó la película Fiebre del sábado por la noche (1977). Esta misma secuencia también goza de una subtrama evidentemente tomada de Carrie (1976), de Brian de Palma, en la que la principal rival de la protagonista prepara junto al macarra de su novio una broma pesada contra su enemiga y reina del baile.
De todo el elenco juvenil quien realmente destaca es la protagonista Jamie Lee Curtis, convertida en una heroína lejana del arquetipo de joven indefensa al encarar incluso al asesino arma en mano. El lucimiento de Curtis aquí es total, ya que para entonces, y gracias sobre todo a su actuación en Halloween, era una actriz principalmente asociada (en ocasiones de forma despectiva) a películas de terror de bajo presupuesto. De hecho, no fue sino hasta el estreno de la comedia Un pez llamado Wanda (1988) cuando comenzó a tomársele en serio como actriz. De no estar ella presente en el elenco, difícilmente estaríamos hablando de esta película hoy en día; comparada con varias de sus contemporáneas, e incluso con algunos ejemplos anteriores, es bastante blanda y mediana, sobre todo si tenemos en cuenta que ese mismo año se estrenó Viernes 13 (1980), una película superior en todos los aspectos y que marcaría el estándar por el cual se regirían los slasher films durante varios años.

martes, octubre 27, 2009

Reseña: Destino final 4 (2009)

No tengo que repetir a estas alturas que no guardo mucho entusiasmo hacia la saga iniciada por Destino final (2000), de James Wong, pero dado que salí contento de la tercera entrega, decidí ir con mente abierta a la cuarta y última, Destino final 4 (2009), o como reza el título oficial, El destino final 3-D (título que me niego a utilizar aquí). En esta ocasión tenemos nuevamente al mando a David R. Ellis, quien ya se había encargado de dirigir la segunda parte seis años atrás, y que en esta ocasión las tenía todas consigo no sólo por el ya contundente éxito taquillero de la saga en general, sino también porque esta entrega cuenta con el valor añadido del 3-D en aras de una espectacularidad aún mayor que la de todas sus antecesoras.
Si en la primera cinta teníamos la explosión de un avión en pleno vuelo, en la segunda una espantosa colisión múltiple en carretera y en la tercera una tragedia en una montaña rusa, en esta cuarta entrega de la saga presenciamos un accidente en un circuito de carreras que se carga no sólo a varios pilotos sino también a un grueso porcentaje del público en las gradas, algo de los cuales unos cuantos elegidos se salvarán gracias a la inexplicada premonición de un joven que intentará luego burlar el plan de la Muerte. A diferencia de entregas anteriores, la secuencia del accidente no es tan larga ni tan intensa esta vez, pero por fortuna el director logra sobreponerse a este primer traspié y nos deja lo mejor para más adelante, haciendo de su película una de las entregas más vacuas pero también una de las más divertidas.
Eso sí, no hay sorpresas: a nivel de argumento es quizás la más tonta de las cuatro películas, y sus actores son básicamente accesorios (sobre todo el protagonista masculino es nefasto, y el personaje de su novia no es un más que un caramelo visual), pero a estas alturas dudo mucho que haya alguien esperando de esta saga una historia muy compleja, algo que por cierto está referenciado de forma bastante curiosa desde el principio, cuando uno de los personajes reconoce que el único motivo para seguir las carreras de Nascar es ver los accidentes. De la misma forma, esta es una saga que no se caracteriza por ser muy inteligente que digamos.
El recurso del 3-D (que no olvidemos estaba originalmente previsto para la tercera entrega) obliga a sacrificar aspectos narrativos en virtud del espectáculo, y ciertamente funciona en gran medida, con la consecuencia de convertir la película en una atracción de feria. Sin duda está bien aprovechado, hasta el punto que dicho efecto tridimensional se hace poco menos que indispensable; las "visiones" del protagonista son ambientadas de esta forma y, francamente, serían bastante ridículas si no te estuvieran saltando a la cara. Varias de las escenas de muertes están también diseñadas para el lucimiento de este efecto, y al igual que en la tercera entrega, la película toma en varias ocasiones un marcado giro hacia la comedia gore, incluyendo numerosos momentos irónicos de auto-referencia. Destacable, eso sí, el espectacular clímax final en el centro comercial (con su muy evidente secuencia metaficcional ambientada en un cine 3-D), uno de los escasos momentos de genuino suspense de la película y que la eleva a alturas insospechadas.
En vistas de su próximo estreno en España, yo diría que todo aquel que haya disfrutado de las anteriores entregas no debería perderse Destino final 4, pero incluso aquellos que (como yo) no se encuentren entre los devotos de la saga, deberían darle una oportunidad siempre y cuando puedan verla en 3-D, ya que no estoy seguro de qué tanta efectividad pueda tener la película desprovista de este su principal atractivo. Su éxito taquillero hará aumentar exponencialmente la cantidad de películas de terror dotadas de este formato, pero no creo que haya muchas que se presten tan bien como esta saga para el disfrute lúdico por parte del espectador. Esta, específicamente, es todo un espectáculo que a fin de cuentas no engaña a nadie.

jueves, octubre 22, 2009

Breve

Lo más comentado de esta semana ha sido, sin duda, la decisión por parte del Ministerio de Cultura español de dar a Saw 6 (2009) la calificación moral X por su "apología de la violencia", negándole así a la saga de terror más rentable de los últimos años la posibilidad de estrenarse en salas de cine (y, no olvidemos, de obtenerla en formato casero en la mayor parte de las tiendas y videoclubes) y dejando frías sus 300 copias. No puedo aportar aquí nada que no se haya dicho ya (y mucho mejor) en otros sitios, pero me uno a la protesta general ante este hecho que nos devuelve a una época que creíamos superada. Yo, sin ser fan de la saga, me veo sorprendido ante el despliegue de mojigatería que está demostrando una comisión que, por lo visto, debe estar llena de gente con severos problemas de criterio. Esperemos que al final recapaciten.
En los siguientes días no tendré muchas posibilidades de escribir, así que quizás no les vea hasta después de Halloween. Si tienen planeado algún maratón de terror para esa fecha, aseguraos de romper un poco la costumbre: en vez de ver Halloween (1978) de John Carpenter por enésima vez, acercaos a Halloween 3: Season of the Witch (1982), la cual he vuelto a ver recientemente y a la cual pienso reinvindicar hasta el hartazgo en cuanto tenga la oportunidad.

martes, octubre 20, 2009

Reseña # 300: ¿Quién puede matar a un niño? (1976)

De entre todos los tabúes cinematográficos, matar a un niño en pantalla ha sido uno de los más destacables y difundidos, al menos dentro del cine comercial. La película ¿Quién puede matar a un niño? (1976) sabe jugar muy bien con ese hecho al proporcionarnos una larga introducción basada principalmente en metraje documental acerca de las diferentes atrocidades del siglo XX y sus consecuencias sobre los más pequeños, algo que condiciona al espectador desde el principio a favor de los niños. Lo curioso es ver cómo esta predilección es puesta a prueba más adelante al entrar de lleno en una situación dramática en la que cual, inequívocamente, los niños son una verdadera amenaza.
Basada en la novela El juego de los niños, de Juan José Plans, ¿Quién puede matar a un niño? es también el segundo y hasta la fecha último largometraje dirigido por Narciso Ibáñez Serrador, quien a pesar de contar con sólo dos películas en su haber, es siempre destacado como uno de los nombres ineludibles a la hora de hablar de cine de terror hecho en España. Alejado esta vez de los horrores de ambiente gótico mostrados en La residencia (1969), esta película tiene lugar en la época actual y en un ambiente que por sí solo representa la antítesis de lo que normalmente entendemos como la estética del terror: un pueblo de la Costa Brava en el cual una pareja de turistas ingleses (ella además embarazada) va a pasar sus vacaciones de verano. El marido propone entonces visitar la isla de Almanzora, que ya conociera en su juventud y la cual representa el escape de ese ajetreado mundo de turistas, así como la encarnación del sueño apacible del Mediterráneo. Es aquí donde comienza la película propiamente dicha, ya que Almanzora, una isla completamente cortada de la civilización, se ha convertido en un pueblo fantasma donde los niños, por razones que nunca son explicadas, han comenzado a matar a los adultos.
Ya desde los primeros minutos se nota la habilidad de Ibañez Serrador para los ambientes de genuino miedo; al ruido y jolgorio general de la península se contrapone el silencio sepulcral del pueblo isleño, donde todo transcurre a plena luz del día y donde el color blanco de las casas y la inamovibilidad absoluta de la aldea hablan de un calor asfixiante. Este silencio está apenas roto por elementos que hablan de una vida interrumpida: un carro de helados con la mercancía derretida, un pollo quemado que da vueltas sin parar sobre las brasas, una tele encendida mostrando sólo nieve en su pantalla y una misteriosa llamada telefónica con una voz que pide ayuda en alemán, elementos tras los cuales nos damos cuenta de que algo terrible ha pasado. Antes incluso de que sepamos la naturaleza del peligro, el suspense creado por el pueblo vacío (una imagen muy poderosa que Ibañez Serrador maneja de forma muy eficiente) es lo suficientemente fuerte para mantener nuestra atención, y cuando por fin se desata la amenaza de los críos, la película inicia una escalada de tensión que no para hasta el final.
Los niños son sin duda lo mejor; la película muestra sus matanzas como si se tratase de un juego infantil, mostrando a los niños casi siempre sonrientes sin por ello renunciar a imágenes abiertamente macabras como el juego de la piñata (referenciado por cierto al principio de la película), así como toda la secuencia dentro de la iglesia. Con todo y eso, los críos son genuinamente temibles, en primer lugar por su gran número, y en segundo lugar porque la diferencia lingüística entre ellos y los protagonistas realza el carácter de "extraños en tierra extraña" de la película.
Sin embargo, lo que me resulta más curioso de esta película es cómo Ibañez Serrador asienta el drama sobre las bases de una diatriba moral presente ya en el título; ¿es alguien capaz de matar a un niño por sobrevivir? Francamente no sé cómo sería tratado este tema por el público actual, pero al menos la intención por parte del director parece ser la de resaltar el contraste entre las horribles imágenes del prólogo y la propia reticencia de los personajes (y el público) a contraatacar a los niños, recordándonos así que si bien los críos son sagrados en la ficción, en la vida real no parecen serlo demasiado. La película asimismo presenta este mismo conflicto en los personajes al introducir una subtrama apenas esbozada acerca del niño que espera la pareja y al cual el marido quiso en un momento abortar. Nada tiene que ver esto, sin embargo, con moralismos de parte de Ibañez Serrador, ya que precisamente ese embarazo tiene un papel fundamental en la que es probablemente una de las secuencias más recordadas y transgresoras de la película.
Aparte de la novela en la que se basa, Narciso Ibáñez Serrador hace gala de diversas influencias literarias como El señor de las moscas, de William Golding (muy clara es la referencia que se hace a esta novela en un determinado momento del desenlace), pero sus principales fuentes de inspiración son cinematográficas, algo que se nota en pasajes que nos remiten directamente a películas como La invasión de los ultracuerpos (1956), El pueblo de los malditos (1960), Los pájaros (1963) o La noche de los muertos vivientes (1968), cintas que han dejado innegable huella en esta obra que se ha ganado por mérito propio el ser considerada entre las indispensables del género de terror español, una gran película que no se puede dejar pasar, y mucho menos ahora que su ya bastante anticipado remake se acerca inexorablemente.

viernes, octubre 16, 2009

Reseña # 299: À l'intérieur (2007)

Como la mayoría de los exponentes de esta reciente hornada de películas de terror llegadas de Francia en los últimos años, À l'intérieur (2007) no tuvo una distribución comercial en cines españoles, lo que no le ha impedido ganar una considerable popularidad incluso por encima de otros ejemplos similares mucho más publicitados. Gran parte de su merecida fama se debe a su nada tímido despliegue de brutalidad, ya que la película no se corta a la hora de sumirse en violencia y salvajadas varias, que una vez iniciadas casi no paran a lo largo de sus ochenta y tres minutos de duración. La cinta forma parte de una tendencia relativamente reciente en la filmografía francesa y que se caracteriza por el regodeo en lo extremo y el rompimiento de tabúes cinematográficos, tendencia que, por cierto, va más allá del cine de terror y que nos ha dado películas como la desquiciante Baise-moi (2000), de Virginie Despentes, o la más conocida Irréversible (2002), de Gaspar Noé.
Donde À l'intérieur destaca, sin embargo, es en lo mucho que logra exprimir un argumento extremadamente sencillo: una joven mujer embarazada que, en la víspera del nacimiento de su bebé, es acosada por una misteriosa mujer vestida de negro que está empeñada en quitarle a su hijo a cualquier precio. Lo que sigue a continuación es una auténtica batalla campal entre las dos mujeres en donde la sangre vuela por los aires. De entrada el hecho de tener como heroína a una mujer visiblemente embarazada con barriga y todo (símbolo por excelencia de aquello que la sociedad debe proteger) es toda una provocación que por sí sola bastaría para reabrir el (estéril) debate acerca de los límites que debe tener el cine de terror en cuanto a sano entretenimiento. Ayuda ciertamente el que los efectos gore están muy bien realizados y dotados en ocasiones de un estilismo que haría la envidia de los antiguos maestros italianos de los setenta y ochenta: momentos como el del hilillo de sangre que va recorriendo la pared de un pasillo o la cascada de rojo líquido que se derrama (literalmente) por unas escaleras son marca de la casa y una muestra de hasta donde están dispuestos a llegar los responsables de esta película en su misión de desagradar al público.
Por estos motivos la mayoría coincide en que estamos ante una cinta difícil de ver debido a la saña con que la pareja de directores (los primerizos Julien Maury y Alexandre Bustillo) tratan a sus dos personajes principales, especialmente a la protagonista, pero al mismo tiempo está todo tan bien hecho que resulta fascinante. Esto es así debido a que si bien Maury y Bustillo no escatiman en el empleo de violencia y casquería, no por ello descuidan el apartado de suspense y el juego con el espectador al ofrecer a la protagonista (y por ende a nosotros) ilusorias esperanzas de salvación a lo largo de todo el metraje, esperanzas que una y otra vez se ven frustradas y que obligan a la chica a luchar contra su agresora aún estando en clara desventaja física. Es por eso que la cinta supera su calidad de mera explotación para convertirse en una de las más potentes historias de invasión doméstica de esta década, así como una vuelta perversa a la obsesión de algunas mujeres por la maternidad.
Pero la película es atractiva más allá de sus concesiones al horror físico y a los amantes del gore. Gran parte de su efectividad reside en la actuación como villana de Beatrice Dalle, una conocida actriz francesa que alcanzó status de sex-symbol durante los años ochenta y a quien los jóvenes directores tuvieron en mente desde el primer momento para el papel. Dalle interpreta a su personaje como una psicópata irreflexiva que no tarda en perder el control de sí misma, lo que la hace genuinamente temible. Desde el primer momento en que aparece (en medio de sombras, iluminada sólo por la débil y fugaz luz de un mechero que enciende su cigarrillo) domina por completo la película, y el hecho de que no sabemos absolutamente nada de ella, ni su nombre ni sus orígenes o motivaciones, la convierte en una figura arquetípica similar al Michael Myers original de John Carpenter. La protagonista, Alysson Paradis, no es tan histriónica pero también hace un gran trabajo considerando el castigo al que su personaje es sometido durante toda la película, quedando literalmente hecha unos zorros.
De todas formas, el carácter auténticamente transgresor de la la cinta no reside en los chorros de sangre falsa que destila. Donde realmente está su poder es en su tratamiento nihilista y deprimente, que se hace doblemente cruel al desplegar en ocasiones detalles de un humor negro francamente envidiable y del que carecen el resto de producciones francesas de este género. A esto hay que sumarle un raro y surrealista desenlace coronado por una increíble imagen final, todo lo cual te deja con un muy mal rollo en el cuerpo y el ánimo por los suelos.
Con todo y eso no es una película para todos los paladares. Precisamente por lo desmesurado de su discurso, la cinta es en ocasiones exagerada hasta el punto de parecer irreal, sobre todo cuando se acerca al desenlace. Por cierto que la ambientación temporal (navidades) y alguna que otra mención por parte de los personajes la sitúan en los famosos disturbios que ocurrieron en el extrarradio parisino hace unos años, pero esto no pasa de ser una mera excusa para justificar el estado de indefensión de la protagonista. Lo que sí queda claro es que esta es una de las películas que mejor plasman lo que parece ser el sentimiento generalizado en el cine de terror de esta década: el miedo al otro y la desconfianza absoluta ante aquellos seres humanos que salen de nuestro particular círculo privado. En este sentido, À l'intérieur puede que sea una película poco usual e incluso difícil, pero también es una de las experiencias más intensas de los últimos años. Si sólo pudiera rescatar una de las recientes películas de terror francesas que nos han llegado, no tengo ninguna duda de que sería esta.