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martes, marzo 10, 2015

Reseña: Candyman 2 (1995)

Si tenéis tiempo ya visitando este blog sabréis sin duda que Candyman (1992) es una de mis películas de terror favoritas, y también una de las piezas de miedo más interesantes de la por lo general ignorada década de los noventa. Todavía hoy me sigue sorprendiendo que tan poca gente la haya visto, así que aprovecho esta oportunidad para enlazar la reseña que sacamos anteriormente de ella y recomendar que le echéis un vistazo si queréis encontraros con una cinta de terror mucho más inteligente de lo habitual y muy distinta a lo que normalmente se suele ofrecer. Me sorprende también el hecho de que a pesar de lo que me gusta la original nunca le haya dado una oportunidad a sus secuelas, cosa que he buscado remediar finalmente. El resultado estuvo más o menos dentro de mis expectativas: Candyman 2: Adiós a la carne (1995) es una continuación muy predecible, un trabajo mucho más comercial y convencional que si bien posee algunas buenas ideas, deja de lado gran parte de lo que hacía interesante la película original y abraza por el contrario los aspectos más superficiales de la película de Bernard Rose. Aquí buscaremos explicar por qué.

Tras un prometedor inicio que enlaza con la película original, esta segunda parte busca lo que por otro lado era de esperarse como el siguiente paso a seguir, que no es otro que construir una historia que ahonde en los orígenes del misterioso fantasma asesino de la mano de garfio y lo que le sucede a aquellos que lo invocan diciendo su nombre cinco veces delante de un espejo. El develar los orígenes del monstruo era el paso fácil a dar, e incluso antes de leer la sinopsis de la película ya me imaginaba que ese sería el argumento, pero por otro lado este es el primer gran error que la cinta comete, ya que parte de lo que hacía interesante al personaje (nuevamente interpretado por el siempre genial Tony Todd) es lo ambiguo de sus orígenes y la manera como el mito se confunde con la realidad. La película no solamente arruina eso sino que encima decide cambiar por completo de locación al trasladar la historia a Nueva Orleáns, lo que por otro lado es un intento muy obvio de explotar el componente exótico del villano y vincularlo con un trasfondo acerca del pasado esclavista de los Estados Unidos, un ángulo interesante que ya se intuía en la original pero que aquí está exacerbado. 

Es una lástima que este ángulo histórico no se desarrolle mejor; en lugar de eso esta segunda parte se va por los derroteros de una trama de investigación en la que de nuevo una joven (y blanca) maestra de primaria investiga la historia de Candyman y desentierra con ello una maldición familiar que obsesionó a su padre y causó su terrible muerte. Con todo y sus carencias, esta subtrama de la protagonista hurgando en el pasado está mucho mejor planteada que toda la parte policial, inverosímil y superflua hasta niveles vergonzosos, además de que nunca tiene repercusiones para la protagonista, con lo que perfectamente se la podrían haber ahorrado. Todo lo demás, aquello referente al pasado del Candyman y el origen de su maldición, tiene momentos muy oscuros y algunas muy buenas ideas, pero no es tampoco nada sorprendente. De hecho, algunos de las mejores cosas que tiene esta secuela son, una vez que lo pienso, cosas que provienen de la película original, tales como el status de leyenda del monstruo entre las clases bajas, la presencia intangible de Candyman en medio de las ruinas urbanas, la imponente presencia de Tony Todd y hasta el tema musical de Phillip Glass. 

Muy previsiblemente, el clímax de la película se traduce en una confrontación final con el monstruo resuelta de manera arbitraria y poco creíble. Sumemos a eso una abundancia de "sustos falsos" y unos personajes olvidables, y llegamos a la conclusión de que esta segunda entrega de Candyman es un trabajo meramente alimenticio. Es una lástima porque, repito, hay algunas ideas buenas y la película en cierta forma insinúa una maldición ligada al ocultamiento de ese complejo de culpa del americano blanco y su no-confrontamiento con su pasado de victimario, pero todo eso está sepultado bajo algo definitivamente muy inferior a la primera parte, que sigue siendo recomendada desde aquí sin ningún pudor.

domingo, diciembre 22, 2013

Reseña: Book of Blood (2009)

Me causa una gran alegría ver que de unos años para acá ha habido un interés creciente en llevar al cine la obra narrativa de Clive Barker, quien salvo contadas excepciones había sido el único que se había preocupado llevar estas historias a buen término. Una de las que personalmente más me llamaban la atención es Book of Blood (2009), adaptación del cuento homónimo con el que abrían los famosos Libros de sangre de este autor, una de esas piezas inmejorables a las que nunca me canso de mencionar.

Ha sido una gran sorpresa ver que los responsables de esta película se hayan mantenido tan apegados al relato original, no tanto en cuanto a la anécdota, que resulta mucho más elaborada de lo que el cuento era (no olvidemos que el relato original funciona sobre todo como prólogo a la antología misma) sino en la temática y la estética de Clive Barker y la forma en cómo ambas son llevadas a la pantalla. El argumento es muy sencillo, en apariencia poco más que una historia típica de casas embrujadas e investigadores paranormales que se topan con más de lo que pueden manejar, pero los seguidores de la obra de Barker encontrarán aquí muchas de sus constantes y marcas habituales; sexualidad retorcida, mundos paralelos y un marcado fetichismo por las mutilaciones y el sufrimiento físico. En serio me ha parecido que esta película podría perfectamente estar ambientada en el mismo universo de cintas como Hellraiser (1987), Lord of Illusions (1995) o The Midnight Meat Train (2008).

Estas ideas que baraja en todo momento son lo que me ha parecido el mayor atractivo que la película tiene. Su desarrollo, no obstante, es un poco genérico, en ocasiones dosificando demasiado el tema sobrenatural y con una estética que poco a poco he visto convertida en un cliché entre la mayoría de estas producciones de terror británicas. El clímax de la película es efectivo a nivel visual pero un tanto absurdo en cuanto a la resolución que se da a los personajes, quienes pasan a aceptar un nuevo orden de ideas más o menos porque sí, sin que haya ningún tipo de transición hacia ello. Me gusta, sin embargo, que la película deje abierto el tema de contar las historias de los muertos, lo que en cierto sentido parece augurar una saga en ciernes. No sé si esta fue la intención inicial, pero lo cierto es que su coherencia estética y temática con otras películas recientes basadas en la obra de este escritor me ayuda a imaginarme que en efecto es así.

No me hagáis mucho caso en cuanto a esto; me da la impresión de que la mayor parte de las virtudes de Book of Blood son las cosas a las que me recuerda y no tanto la película en sí, que puede resultar un tanto lenta y aburrida para muchos de los que visitan esta página, y ciertamente no es tan memorable como Candyman (1992), Hellraiser u otras de las películas basadas en la obra del vigoréxico británico, pero no ha estado nada mal y me parece que tiene suficientes atractivos para convertirse, como el relato original, en un buen abreboca para historias mucho mejores.

jueves, febrero 04, 2010

Reseña: Hellraiser: Deader (2005)

La séptima entrega de la saga iniciada por Hellraiser (1987), y la segunda de la tres dirigidas por Rick Bota, llevó como título Hellraiser: Deader (2005), y la verdad hay que decir que es coherente con sus antecesoras en documentar la vertiginosa caída libre que sufrió la saga con su paso al formato directo-a-DVD. Rodada paralelamente a la octava y última entrega, esta séptima película es un desastre prácticamente insalvable, cosa que no tiene nada que ver con sus muy modestos aspectos técnicos (fue realizada con un presupuesto ínfimo en Rumanía), sino más bien con la imposibilidad de encajarla en el imaginario de la saga iniciada por Clive Barker.

Más que en ninguna otra entrega, en Hellraiser: Deader se nota claramente que el guión era un trabajo original que nada tenía que ver con el universo de la saga. Esto nos queda claro incluso sin necesidad de la confirmación de IMDB, ya que los vínculos con los Cenobitas, Pinhead o la Configuración de los Lamentos están metidos con calzador en una trama que tiene muchos más parecidos con una hipotética versión fantaterrorífica de Asesinato en 8mm (1999), película con la que tiene similitudes argumentales notables que ya han sido señaladas muchas veces. El planteamiento base, a decir verdad, es casi idéntico, ya que trata de una osada periodista especializada en reportajes amarillistas que recibe un día una cinta de vídeo en la que se ve a una muchacha asesinada y luego resucitada ante la cámara por los miembros de una secta conocida como los “Deader” (literalmente “Más Muertos” o mejor aún, “Re-Muertos”). Tras esto la protagonista viaja a Bucarest para averiguar si lo visto en la cinta es real y cual es la verdadera naturaleza de esta secta de jóvenes siniestros.

Como ya viene siendo habitual de un tiempo acá, la ambientación de la película en Bucarest enlaza con la reciente fijación del cine de terror en retratar a los países de Europa del Este como una tierra oscura y tenebrosa donde las peores pesadillas se hacen realidad, algo que ya hemos reseñado en otras ocasiones. En realidad, dicha voluntad de ambientación es prácticamente lo único destacable, ya que el resto de la película es bastante pobre. Es cerca del principio, de hecho, cuando tiene lugar la única escena convincente, aquella en la que la protagonista encuentra la Configuración de los Lamentos. Dicha escena contiene el único momento de tensión real en la película antes de caer en situaciones y secuencias involuntariamente risibles como la aparatosa escena del cuchillo en la espalda o el infernal vagón de metro donde la periodista tiene sus contactos con el inframundo de Bucarest, escena tan exagerada que sólo se puede tomar a broma. No mejoran las cosas en lo que se refiere a los propios miembros de la secta de los Deader, quienes nunca se sienten como una auténtica amenaza. A decir verdad, dichos personajes realmente no hacen nada más que aparecer y verse siniestros, cosa que los asemeja más a una inofensiva tribu urbana que a unos seres con contactos sobrenaturales, por lo que es muy difícil tomarles en serio (cosa que tampoco hace la película). El guión intenta hacer una muy pobre vinculación entre el líder de estos jóvenes y la saga de Hellraiser, pero es sólo un intento a medias que no tiene ninguna consecuencia real.

Llegados al final, la conclusión que alcanza Hellraiser: Deader es cuanto mucho confusa; aparte de los efectos especiales sonrojantes (el cutrerío digital siempre será mil veces peor que el cutrerío tangible) no me quedó muy clara la naturaleza de la solución más allá de mostrar de forma bastante gratuita (y breve, sumamente breve) la figura de Pinhead, quien realmente no viene mucho a cuento. Quizás sea esta tangencialidad lo que hace que la película, con todo y sus aciertos de ambientación, sea una de las más pobres de una saga que por lo visto lo tiene muy difícil para continuar con un mínimo de calidad.

martes, noviembre 03, 2009

Reseña: The Midnight Meat Train (2008)

Aquel que no haya leído Los libros de sangre de Clive Barker, antología de relatos en la que se encuentra El tren de la carne de medianoche, haría bien en dejar de leer esta página ahora mismo y dedicarse a buscar dicho libro. Estaría con ello haciéndose un favor, ya que no exageramos al decir que representa uno de los picos más altos de la literatura de horror de las últimas décadas. Es también una cima que su autor nunca ha podido superar, y creo firmemente que si Barker ha de ser recordado por su aportación al género de terror, será principalmente por esa obra. Dicho esto, The Midnight Meat Train (2008) no es la primera versión que se hace de los relatos incluídos en la antología (allí están la curiosa Rawhead Rex (1986), guionizada por el propio escritor, y la más reciente Book of Blood (2008), que pasó sin pena ni gloria), pero sí ha sido una de las más publicitadas y esperadas por gran parte de los seguidores del autor de Hellraiser (1987). Fue también una película muy maltratada por su distribuidora, Lionsgate, que la condenó al oscurantismo relegándola a unas cuantas salas previas a su lanzamiento en vídeo, decisión por lo menos desconcertante.

En lo que respecta a la adaptación se mantiene la esencia del argumento de Barker: un hombre descubre en el subterráneo de madrugada el destino de aquellas personas desaparecidas sin dejar rastro, masacradas sin piedad por un asesino de traje gris con pinta de carnicero que les cuelga cual reses del techo de los vagones. El cuento original era extremadamente sencillo, por lo que evidentemente la película se ve obligada a engordar el argumento agregando subtramas y desarrollando personajes con el objetivo de alcanzar el tiempo mínimo de un largometraje. Por desgracia lo hace recurriendo a un montón de lugares comunes; es así como el personaje protagonista (un simple transeúnte en el cuento de Barker) es reconvertido aquí en el enésimo exponente de "artista atormentado" que se obsesiona con la figura del asesino, mientras que el resto de personajes repite asimismo otros estereotipos complementarios: la jefa cruel y cínica, la novia que intenta frenar la caída del prota y el amigo que la palma, todos ellos topicazos. De hecho el único que se salva es Vinnie Jones como el silente asesino del metro, y a pesar de que su personaje difiere por completo del que se describe en el cuento original, tiene la suficiente presencia como para convertirse en un importante foco de atención gracias a su impagable pinta de tipo duro.

Como ya sin duda todos saben, esta película está dirigida por el cineasta japonés Ryuhei Kitamura, cuyas dos películas más conocidas, Versus (2000) y Azumi (2003), se caracterizan por un retrato fantástico de la violencia tan exagerado y estilizado que llega a parecer surrealista. De la misma forma, las secuencias charcuteras de The Midnight Meat Train dejan ver muy claramente quién está tras la cámara; la sangre y las mutilaciones abundan, pero es imposible tomárselas en serio ya que las matanzas perpetradas por el personaje de Vinnie Jones son tan hiperbólicas y están tan adornadas de malabarismos estéticos, que de haberse esperado un año más seguramente la película hubiese sido lanzada en 3-D. Y esta estilización no se limita únicamente al gore, también está presente en ese tren literalmente cromado, así como en un uso francamente abusivo de la imaginería digital y ciertos pasajes más propios del montaje de videoclip, cosas que por sí solas no me molestan, pero que en esta historia me parecen completamente fuera de lugar.

Con esto sólo digo que el estilo de Kitamura, si bien francamente inconfundible, no parece amoldarse bien al tipo de historia que está contando, dejando de lado toda la sobriedad del relato de Barker para centrarse más bien en una fantasía de viñeta que, francamente, no le sienta tan bien. Lo que no quita, claro, que Kitamura alcance momentos y secuencias muy divertidas, sobre todo en lo que se refiere a las acciones de su asesino, que no están desprovistas tampoco de cierto oscuro sentido del humor, pero son momentos y escenas que contrastan terriblemente con el aparente tono de seriedad que se quiere dar a la historia por medio de la ya tan manoseada premisa del artista-que-desciende-a-los-infiernos-de-su-obsesión, y que en el caso de este relato en particular, perjudica sobre a todo una revelación final que, por la manera como está ejecutada en esta película, resulta bastante risible y sin la contundencia que tenía en el cuento de Barker. En definitiva, The Midgnight Meat Train tiene sus aciertos, y es en general una cinta muy disfrutable, pero está muy lejos de ser una de las grandes adaptaciones de Clive Barker como sí son, por ejemplo, Candyman (1992) o la ya citada Hellraiser. Y sobre todo, dista mucho de ser la oscura e intensa película de terror que sus responsables quisieron hacernos creer.

sábado, agosto 22, 2009

Reseña: Hellraiser: Hellseeker (2002)

La sexta entrega de la saga iniciada por Hellraiser (1987), y segunda de las secuelas directo-a-DVD, se conoce con el título Hellraiser: Hellseeker (2002), y es una película que sigue el camino trazado por Hellraiser: Inferno (2000) al ofrecernos una historia independiente sin continuidad alguna con entregas anteriores, en el que la Configuración de los Lamentos y los cenobitas que tras ella se ocultan no son más que el marco narrativo de una historia que va más por los derroteros del thriller psicológico con un ambiguo envoltorio sobrenatural. Ya habíamos hablado anteriormente de cómo la quinta entrega partía de una buena idea pero al final dejaba bastante que desear. Por desgracia esta sexta padece de los mismos problemas, y de hecho, los profundiza, continuando así la vertiginosa caída libre de una franquicia de terror que terminó teniendo un perfil bastante bajo.

El argumento, transplantado casi enteramente de la película de Adrian Lyne La escalera de Jacob (1990), no tiene realmente nada que ver con Hellraiser aparte de algunas superficiales referencias a la película original, siendo la mayor de ellas la presencia de la actriz Ashley Laurence, protagonista de la primera y segunda entrega de la saga. La señorita Laurence (a quien por cierto, le han sentado bastante bien los años) no es, sin embargo, la protagonista, sino un personaje referencial en la historia de su marido, que es el verdadero centro de la historia. El hombre en cuestión comienza poco a poco a descender por una espiral de locura tras un accidente en el que muere su mujer y del cual él, sin embargo, no recuerda nada. La cosa se complica cuando, tras el inevitable encuentro con el puzzle demoníaco de los cenobitas, varias personas a su alrededor comienzan a caer como moscas y él se convierte en el principal sospechoso de una investigación policial, que por supuesto se mezcla con las bizarras visiones del inferno de dolor que poco a poco se cierne sobre él. El énfasis en este aspecto psicológico sobre todo lo demás no es sino uno de los muchos elementos que me hacen pensar, al igual que en el caso de la entrega anterior, que estamos ante un guión "original" sin conexión alguna con Hellraiser en su concepción inicial, y que luego fue retocado para convertirlo en parte de la saga.

Dejando aparte las evidentes limitaciones del directo-a-DVD, esta sexta entrega de la saga se nota incluso más barata que su antecesora, y con un look mucho más plano y convencional que se asemeja más al de un trabajo televisivo, lo cual me refuerza en mi idea de que la nueva dirección de la saga (historias independientes enmarcadas por la Configuración de los Lamentos) hubiese quedado bien para una serie de televisión con episodios más cortos. Por desgracia, esta cinta se siente también muy estirada y en general de una desgana bastante evidente. De hecho, si no fuera por la presencia de Doug Bradley como Pinhead (único punto en común de las ocho películas) ni siquiera estaríamos poniéndolas al mismo nivel de comparación del resto de la saga. Aquí, evidentemente, no vemos la temática de Clive Barker por ningún lado, y de "nueva carne", nada de nada.

Al final de la película, por cierto, hay una muy predecible revelación sorpresa que termina dañando la historia aún más de lo que ya estaba, pero evidentemente no lo contaré aquí por si hay alguien que desea sufrirla en carne propia. El director de esta película, Rick Bota, sería contratado para las dos secuelas posteriores, pero sería injusto decir que el despropósito de Hellraiser: Hellseeker o sus continuaciones se deba principalmente a él. Con un guión tan desastroso (que para colmo es casi un plagio de una película anterior) este renovado esfuerzo de los cenobitas por regresar al mundo real estaba condenado prácticamente desde el principio.

miércoles, junio 17, 2009

Reseña: Hellraiser: Inferno (2000)

Decíamos en otra vida que con el sonado fracaso de Hellraiser: Bloodline (1996) se cerraba para siempre la etapa cinematográfica de la saga iniciada por Clive Barker en 1987. Pues bien, lejos de enterrar el hacha, New Line Cinema vendió los derechos de explotación de la franquicia a Miramax, que decidió sacar adelante su propia serie de secuelas sin contar con la colaboración del autor británico para nada. El resultado fueron cuatro películas lanzadas directamente al formato casero, con historias completamente independientes, y que en lugar de centrarse en el personaje de Pinhead tejían tramas completamente distintas alrededor de la Configuración de los Lamentos y los variopintos personajes que decidían abrirla. La primera de estas películas es Hellraiser: Inferno (2000), que es de la que hablamos hoy.

El argumento, como decíamos, rompe toda continuidad con las películas anteriores y se centra en un policía corrupto que investiga el secruesto de un niño por parte de un psicópata que va enviando por correo los dedos mutilados de su rehén. Tan escabroso caso se corona con una fila de cadáveres que el detective va encontrando a lo largo de su investigación, una que se complica cuando abre la Configuración de los Lamentos y comienza a tener visiones de los Cenobitas que van "guiándolo" en su odisea. Esta es la única conexión que existe entre la película y el universo de Hellraiser, y al mismo tiempo ofrece un tono distinto al despojarlos de su habitual rol de villanos y hacer de ellos una especie de jurado del Más Allá que se encargará de guiar el destino del protagonista y pesarle en la balanza del Bien y del Mal. En cuanto a Pinhead, este está nuevamente interpretado por Doug Bradley, aunque su aparición en pantalla es bastante fugaz (aún así su participación en esta película es mayor que en la primera parte de la saga, algo que muchos parecen olvidar) y su presencia sirve más bien como un vínculo de esta cinta con sus antecesores.

Las apariciones de los Cenobitas son en ocasiones interesantes, y escenas como la de la imagen que adorna esta reseña pueden hacernos creer que estamos ante una buena película, cosa que no es del todo cierta. La verdad es que, si bien es encomiable la voluntad por parte de los responsables de Inferno de hacer algo distinto, el desarrollo del argumento es excesivamente plano y con demasiados momentos muertos. La trama de investigación se siente bastante estirada para alcanzar la duración de una hora y media, y al igual que como ocurriría con las tres películas siguientes de la saga, uno no puede evitar la sensación de encontrarse ante una historia que originalmente parece haber sido escrita como un argumento independiente al que luego se vinculó con Hellraiser a través de varios elementos estéticos que en un principio no tenían nada que ver con la trama. El par de momentos rescatables no son suficientes para salvar esta resurrección cenobita que Miramax intentó ofrecernos.

Si alguna conclusión se puede sacar a partir de esta película (y de sus secuelas posteriores) es que la idea de renovar la saga con historias independientes entre sí podría perfectamente haber servido de idea para una serie de televisión ambientada en el universo Hellraiser, pero en una película de hora y media se siente como un concepto desaprovechado. A partir de aquí, los cenobitas empezarían una caída libre casi ininterrumpida hasta la octava (y última) parte de la saga, que por supuesto no dejará de pasar por este tribunal.



Actualización: No me había dado cuenta del error que había cometido al comparar esta película con La escalera de Jacob (1990). Dicho símil estaba destinado a ir en la reseña de Hellraiser: Hellseeker (2002), secuela inmediatamente posterior a esta y que también pasará por esta página en su debido momento. Corregido queda el gazapo.

viernes, octubre 17, 2008

Reseña: Hellraiser: Bloodline (1996)

Hellraiser: Bloodline (1996) es no solamente famosa por ser la cuarta película de la saga iniciada con Hellraiser (1987), sino también por muchos otros motivos: es la única que cambia de registro para pasar al sub-género de películas "de antología", la última que se estrenó en cines, la última que explotó el personaje de Pinhead como centro absoluto de la historia, y es aquella en la que su director, Kevin Yagher, quedó tan decepcionado de los resultados que optó por el seudónimo de Alan Smithee. Con todo y eso, hay que reconocer que no es la peor de las películas de Hellraiser (eso lo cubrirían las secuelas posteriores).

Hellraiser: Bloodline fue, además, la primera de las sagas de terror que acometió la "valentía" de trasladar sus personajes al espacio, un camino que han seguido Leprechaun (1993) y Viernes 13 (1980). En este caso, dicha ambientación futurista es una de las tres historias que se entremezclan en la película, y que giran alrededor de tres miembros de la familia Merchant, sobre quienes pesa una maldición producto de haber creado la Configuración de los Lamentos. Es precisamente la historia de Phillipe Merchant, un fabricante de juguetes del siglo XVIII que accede a fabricar un artilugio para un aristócrata francés con preferencias por la magia negra, uno de los tres "cuentos" de los que se conforma la película, que salta luego a un joven arquitecto del siglo XX y finalmente a un científico del siglo XXII, que ha construido una gigantesca nave espacial que usará para atraer a los Cenobitas y acabar con ellos para siempre.

La idea, con todo y sus fallos, es ambiciosa, y se nota que al menos en su concepción inicial pretendió llegar más allá de sus fallidos resultados; la historia ambientada en la Francia pre-revolucionaria es lo suficientemente grotesca para haber salido realmente de los escritos de Clive Barker, y el edificio en el que se desarrolla la trama del "presente" enlaza a la perfección con el final de Hellraiser 3: Hell on Earth (1992). Asimismo hay detalles que dan a unidad a las tres historias, y no sólo en el hecho de que los tres Merchant son interpretados por el mismo actor, sino también en la presencia de la actriz chilena Valentina Vargas, que aporta el imprescindible atractivo erótico común en todas las entregas de la saga. Su personaje, una criatura infernal llamada Angelique, aparece en las tres historias y sirve de enlace entre ellas incluso más que el propio Pinhead, quien sólo aparece en el presente y en el futuro en su nuevo rol de pseudo-slasher (sobre todo en la historia ambienteada en el espacio).

Por desgracia los resultados no pueden ser más catastróficos: el argumento no se sostiene por ningún lado, y da la sensación de que el guión no hace sino saltar de una escena a otra sin ninguna coherencia interna. Esto es comprensible ya que gran parte del material rodado por Kevin Yagher nunca vió la luz (incluyendo secuencias enteras de los Cenobitas), y para colmo se le impuso la inclusión de un absurdo marco narrativo sin justificación alguna más que para mostrar a Pinhead antes de tiempo. El montaje del estudio ciertamente explota la figura de Doug Bradley al precio de hacer que la historia no tenga sentido y se queden muchas cosas sin explicar más o menos porque sí.

Al final de Hellraiser: Bloodline, la historia de los Cenobitas y su demoníaco puzzle llega a una conclusión final, aunque ya todos sabemos que cuatro secuelas más llegarían, esta vez con un enfoque totalmente distinto. La última entrada "cinematográfica" de la saga tiene así un cierre bastante lamentable, pero al menos ha pasado a la historia como uno de los grandes proyectos fallidos del cine de terror. Eso y poco más. Podríamos decir incluso que con esta película muchos habrían pensado que ambientar historias de terror sobrenatural en el espacio era una mala idea que no podía dar resultados decentes, lo cual hubiera sido cierto de no ser por el estreno al año siguiente de Horizonte final (1997), una gran e injustamente menospreciada película que sacaba precisamente de Hellraiser gran parte de su inspiración.

domingo, junio 08, 2008

Reseña # 201: Candyman (1992)

Candyman (1992) es uno de esos muchos casos en los que el fantástico demuestra sus posibilidades discursivas, y también es uno de esos casos en los que una película no logra alcanzar el status de reconocimiento que se merece. Con la posible excepción de Hellraiser (1987), es probablemente la mejor película que se ha hecho basada en la obra de Clive Barker, pero a diferencia de esta, su director y guionista Bernard Rose sabe dejar a un lado las obsesiones estéticas del autor para explorar su propia propuesta de un horror moderno que juega no sólo con el miedo a la presencia sobrenatural, sino también con las paranoias mundanas del hombre urbano a través de los secretos olvidados de las ciudades y los horrores traidos por la miseria y la alienación social.

Pero tranquilos, porque lo que arriba suena como una aburrida parrafada, en la película se explica por sí solo: cambiando la ambientación londinense del relato The Forbidden por la ciudad americana de Chicago, Bernard Rose construye la historia de treintañera universitaria Helen Lyle, que en plena escritura de su tesis sobre leyendas urbanas se topa con la historia del "Candyman", el espectro de un hombre negro asesinado en esa misma ciudad durante los años posteriores a la Guerra Civil y que, según dicen, se aparece a todos ellos incautos que pronuncian su nombre cinco veces frente a un espejo. De manera bastante arrogante, Helen invoca al fantasma en cuestión únicamente para verse inmiscuida poco a poco en una trama de ultratumba que rodea a Cabrini Green, una peligrosa barriada marginal donde se esconde el hogar de la criatura.

La postura descreída de los protagonistas de una historia de terror no es nada nuevo, pero pocas veces se sustenta tanto en la cotidianidad como sucede en Candyman; como gran parte de la clase intelectual "acomodada", Helen representa la materialización de un discurso sociológico carente de compromiso con la realidad. Más allá de connotaciones cinematográficas, el Cabrini Green que se nos presenta en la película es real (o al menos lo era: al parecer hace unos años fue completamente demolido), pero la protagonista únicamente se sumerge en él por afanes meramente utilitarios de conocimiento. La búsqueda de Helen no es más que la búsqueda de un horror sobrenatural oculto bajo varias capas de un horror "real" que se esconde en la pobreza. Cuando aparece el "monstruo", este es, sorprendentemente, poco fantástico, muy lejos de los adefesios mostrados en películas similares. Esto es así de forma plenamente consciente, ya que Candyman no hace sino poner en evidencia la explotación de uno de los mayores temores del burgués promedio: el hombre negro urbano.

No es esta la única alegoría evidente del latente racismo oculto incluso en los espíritus que se consideran más nobles (no hay más que fijarse en el lujoso apartamento de Helen, adornado con curiosos objetos artesanales africanos en un burdo intento de ese falso etnicismo tan de moda hoy en día), pero hay más en la película que puyas de carácter sociológico: al igual que ocurría con Pesadilla en Elm Street (1984), en Candyman encontramos un monstruo que se nutre de la dualidad presente en toda criatura mitológica del género de horror. El asesino de ultratumba (interpretado, por cierto, de forma sobresaliente por el favorito de esta casa Tony Todd) es a la vez real e irreal, una entidad macabra que cobra presencia física únicamente gracias a la creencia popular, y cuya vida está ligada de forma indisoluble a una leyenda que termina por cobrar cuerpo y alma, el fantasma de un ser marginado que termina por encontrar la trascendencia, aunque esta venga por vías demoníacas.

El tramo final es, quizás, la mayor gloria de Candyman, ya que sabe llegar de manera inequívoca a las conclusiones temáticas y estéticas que Bernard Rose deja planteadas. La trama social llega a su conclusión ideal a través de la construcción de una nueva "leyenda", y la imagen final (ver foto) de esa rubia de marcados pezones gritando como una posesa en medio de una habitación rosa muestra, con la contundencia de una bofetada, esa invasión del horror en nuestro privilegiado mundo de comodidades pequeño-burguesas. Al estar situada en una década por lo general maltratada por los eruditos del género, esta cinta de Bernard Rose inexplicablemente no goza de la fama que debería (a pesar de contar, hasta la fecha, con dos secuelas). Pero que no quepa duda: es una de esas que no podemos recomendar lo suficiente.

miércoles, febrero 20, 2008

Reseña: Hellraiser 3: Hell on Earth (1992)

La entrada en los noventa de la saga iniciada con Hellraiser (1987) da el pistoletazo de salida a una larga fila de secuelas en las que no solamente comenzamos a ver una progresiva decadencia, sino que también se arroja por la borda gran parte del significado de la obra de Clive Barker. Hellraiser 3: Hell on Earth (1992) es también un punto de inflexión en la saga al ahondar en un punto estético ya insinuado en Hellbound (1988): a partir de ahora es Pinhead el elemento más reconocible y "explotable" de toda esta serie de películas. El líder de los cenobitas pasa de ser una figura tangencial a convertirse en un auténtico villano no muy diferente de Jason y Freddy, que para entonces todavía daban sus últimos tumbos por la cartelera. El resultado es ampliamente mejorable, pero también es la última de las películas de Hellraiser que todavía se deja ver, y que al menos guarda cierta coherencia con la mitología propuesta por las dos entradas anteriores.

Para empezar, la cinta se encarga de mantener cierta continuidad (muy superficial) con lo que ya se nos había contado, y así vemos como un despreciable y hedonista dueño de un club de "siniestros" se hace con una rara pieza para su colección de arte: una grotesca columna de piedra que muestra escenas de dolor y tortura particularmente atrayentes. La columna es en realidad la prisión del líder de los cenobitas y el sitio de descanso de la Configuración de los Lamentos, que muy pronto cae en manos equivocadas con las consecuencias que ya conocemos. Esto se mezcla con la historia de una reportera de televisión en busca de la historia que de impulso a su carrera y que la encuentra en lo que las víctimas de Pinhead empiezan a caer como moscas.

Pero claro, esto es Hellraiser, por lo tanto es de esperar que cualquier excusa de argumento muy pronto se cae ante la complacencia de la película en cuanto a visiones estrafalarias y delirios gore. Más allá de una muy breve referencia a los eventos ocurridos en la segunda parte, las cuestiones estilísticas son la mayor forma de reconocer la obra original de Clive Barker. Lo más increíble de todo es que, aunque parezca mentira, la idea de convertir a Pinhead en una especie de pseudo-slasher no resulta tan catastrófica, ya que al menos permite el lucimiento absoluto de Doug Bradley, sin duda alguna el principal atractivo de la película. Ciertamente la historia se pierde un poco al buscar motivaciones innecesarias en el también innecesario pasado humano del líder de los cenobitas, pero el espíritu mefistofélico del personaje permanece intacto en la presentación de un duo aquetípico que ya se había manifestado en las dos cintas anteriores: el "liberador" corrupto de Pinhead y la víctima "pura" que se vinculan a través de la configuración del puzzle que abre las puertas al infierno. Donde probablemente la película falle sea en su debilucha trama y una casposa secuencia final en la que unos muy estrafalarios neo-cenobitas siembran el caos y el pánico en la ciudad ante la mirada de todo aquel que se pasee por allí. Este momento banaliza la amenaza de los personajes y desvirtúa gran parte del ocultismo que ha caracterizado a la saga, además de mostrar cierta carencia de ideas y en los responsables de esta entrega.

Hell on Earth puede que no pase de ser medianamente disfrutable debido a sus propios excesos, pero sigue siendo de las entregas de Hellraiser que se pueden apreciar. El plano final, además, deja abierta la posibilidad de una secuela que (todos sabemos ya) llegó y no fue la única. Pero eso es materia para otra ocasión.

jueves, julio 26, 2007

Míticos: Clive Barker (1952 - )

foto muy cortesmente cedida por Jodi Kurland
El inglés Clive Barker es lo que en otra época se llamaba un "artista integral". A pesar de lo mucho que el cine de terror le debe, sus incursiones como director han sido más bien escasas, aunque bien podría esto deberse a una falta de tiempo: la verdad es que este excéntrico personaje ha desbordado su pulso creativo en infinidad de medios como el cómic, la pintura, la escultura, el teatro y, como no, la literatura, que es el campo en el que con seguridad es más conocido y en donde ha cosechado los mayores frutos. El propio Barker define su estilo como "fantasía oscura" (término que comparte con su amigo y ocasional colaborador Neil Gailman), un cúmulo historias en las que se repiten ciertas obsesiones temáticas: mundos paralelos, el dolor como forma de placer y la sexualidad retorcida que acompaña al mundo sobrenatural. En su caso, además, dichos temas están acompañados de un gusto estético por esa belleza violenta, a menudo manifestada en la profanación artística de la carne que acompaña el mundo del sadomaquismo. Fue precisamente su obra literaria la que convertiría a Clive Barker en un autor inmensamente popular en su Inglaterra natal, donde al mismo tiempo trabajaba con su compañía teatral y hacía pequeñas incursiones en el cine a través de sus cortometrajes "experimentales" (decida usted si el término es peyorativo o no).
Pero el espaldarazo definitivo a la carrera de Clive Barker vino durante los años ochenta, cuando sus libros comenzaron a publicarse en los Estados Unidos y se ganaron la admiración confesa de otros grandes autores del género, especialmente el prolífico (y ya para entonces superestrella) Stephen King, quien definió a Barker como el futuro del género de horror. El éxito de sus relatos (recopilados en la colección de los Libros de Sangre) le ganó tal cantidad de fama que en muy poco tiempo resultó obvio que el universo de terror de Clive Barker llegaría al cine, así que el autor reclutó a sus antiguos colaboradores de las tablas inglesas para llevar a la realidad su ópera prima.
Decidido a trabajar con su propio material, Barker adaptó su novela corta The Hellbound Heart, obteniendo resultados que superaron todas sus expectativas: el estreno de Hellraiser (1987) se convirtió en un gran éxito, terminó de poner a Clive Barker en el mapa e hizo del actor Doug Bradley un icono del terror gracias a su papel como el líder de los cenobitas ("Pinhead" para los fans). La película se convertiría también en una de esas sagas que se niegan a morir, generando siete secuelas hasta la fecha, aunque la participación de Clive Barker en ella fue cada vez menor. Con el pasar del tiempo, el autor ha intendo alejarse cada vez más de la influencia de su opera prima, pero inevitablemente siempre termina regresando a ella. No es de extrañarse, ya que Hellraiser contiene todas las constantes temáticas que este ha mostrado en su obra literaria.
Constantes que, por cierto, volverían a aparecer en cierta forma en su segunda película, Razas de noche (1990), que más que una historia de terror es uno de esos casos de "fantasía oscura" a la que se refiere su autor. Al contrario de lo que ocurría en Hellraiser, en esta ocasión los "monstruos" eran los buenos, seres perseguidos por los humanos y que sobreviven ocultándose de estos en una sociedad subterránea debajo de los cementerios. En esta ocasión el éxito no acompañó a Clive Barker; su película fue un fracaso comercial, y las pobres críticas que recibió le hicieron alejarse de la pantalla para dedicarse a otras formas de expresión. Esta ausencia se prolongaría durante cinco años más.

En 1995 Barker estrenó El señor de las ilusiones (1995), cinta muy libremente basada en el relato The Last Illusion. La película es, con todo y lo evidente de sus obsesiones temáticas y estéticas, la más floja del director, quien desde entonces no ha vuelto a estrenar ningún largometraje, si bien se ha mantenido en la industria cinematográfica como ocasional productor de películas como Dioses y monstruos (1998), Saint Sinner (2002) y The Plague (2006). El mundo de Barker también ha alcanzado el campo de los videojuegos, y fruto de su imaginación son los visualmente impresionantes The Undying y Jericho.
Pero aparte de sus propias incursiones cinematográficas, la obra de Barker ha sido llevada a la pantalla en otras ocasiones. De todas estas, quizás la más destacable sea la excelente Candyman (1992) de Bernard Rose, basada en el relato The Forbidden y que exploraba el tema de las leyendas urbanas como puente entre los horrores de la vida cotidiana y el mundo sobrenatural. Mick Garris también adaptó el relato The Body Politic como uno de los segmentos de su telefilme Quicksilver Highway (1997), así como dos episodios de Masters of Horror: Haeckel's Tale (2006) y Valerie on the Stairs (2006). Este último es, además, representativo del giro que ha dado la narrativa de Barker en los últimos años, durante los cuales se ha afincado menos en el terror y más en esa fantasía oscura de la que tanto hacen gala sus escritos.
En la actualidad, Clive Barker prepara lo que al parecer será su cuarto largometraje: Tortured Souls (2009) que no verá la luz hasta dentro de un par de años (eso si llega, ya que no sería la primera vez que uno de estos proyectos se queda a mitad del camino). También se sabe que el japonés Ryuhei Kitamura, director de Azumi (2003), prepara para el año que viene una adaptactión del relato The Midnight Meat Train. Su novela juvenil, El ladrón de los días, será llevada también al cine. Por lo visto, únicamente el ya más que confirmado remake de Hellraiser proyecta su sombra sobre el futuro de uno de los grandes iconos del terror de los últimos años.

miércoles, julio 11, 2007

Reseña: Hellbound: Hellraiser 2 (1988)

Las secuelas son una prueba difícil de superar, pero de alguna forma Hellbound: Hellraiser 2 (1988) logra mantener cierta dignidad y convertirse en la mejor de las (hasta la fecha) siete continuaciones de la saga iniciada con Hellraiser (1987). No quiere decir esto que estemos ante una gran película (se echa de menos, por ejemplo, la presencia de Clive Barker como director o al menos como guionista), y la trama es caótica y en ocasiones sin sentido alguno. Sin embargo, la película explora lo suficiente el universo de dolor y placer de la primera entrega como para considerarla una más que correcta ampliación del concepto de los cenobitas y la Configuración de los Lamentos.

El caótico argumento al que nos referíamos podría ser planteado así: inmediatamente después de los eventos narrados en la primera película (es necesario haberla visto para entender de qué va la cosa), Kirsty despierta en un hospital donde cuenta a la policía toda la historia acerca de cómo su tío Frank regresó del infierno aliado con su madrastra Julia y asesinó a su padre para luego usurpar su piel. La poli, ante semejante historia, acomete la sabia decisión de enviar a la chica a un hospital psiquiátrico. Allí Kirsty conoce a la única persona que sí cree en su historia: el eminente psicólogo y neurocirujano Phillip Channard. Resulta que Channard ha realizado durante años terribles experimentos para desentrañar los misterios de la mente humana, y al igual que Frank Cotton en la primera película, también ha entrado en contacto con la misteriosa caja que abre las puertas de la dimensión de los cenobitas. Tras escuchar el relato de Kirsty, el inescrupuloso doctor decide sacrificar a uno de sus pacientes sobre la cama en la que murió Julia, trayéndola de nuevo al mundo de los vivos y convirtiéndola en su guía por las esferas ultraterrenales. Al mismo tiempo, Kirsty ha estado recibiendo mensajes en sueños de su padre, quien, atrapado en el infierno, le pide desesperadamente que le ayude.

Por si todo este batiburrillo anecdótico no fuese suficiente, la cinta mezcla la historia de una paciente del hospital con gran habilidad para los puzzles, una venganza de ultratumba, una inmensa criatura que rige la dimensión de placer y dolor, y hasta los orígenes humanos de Pinhead en una trama que se cae a pedazos a medida que avanza el tiempo de metraje. Parte de este caos tiene sin duda que ver con el hecho de que el actor Andrew Robinson se negara a reinterpretar el papel de Larry Cotton para la secuela, por lo que toda la trama del rescate del padre de Kirsty tuviera que ser desechada de forma bastante improvisada. A partir de aquí, el principal encanto de la película es visual, no sólo en cuanto a ese mundo infernal salido de las creaciones de Barker (y que incluye un nuevo cenobita presentado durante el climax de la historia) sino también en cuanto a las ahora más cuantiosas muestras de sangre y torturas que constituyen la marca de la casa en cuanto a esta saga se refiere. Esto se intercala con escenas cada vez más estrambóticas, giros argumentales imposibles, personajes con actitudes incomprensibles y recursos dramáticos bastante autocomplaciente. Sin embargo, está claro que el director Tony Randel, al no contar con una historia coherente, al menos no escatima en ofrecernos visiones de gigantescos laberintos, horrendas criaturas y secuencias de pesadilla que no desmerecen el material de Clive Barker para nada, ahondando aún más en ese universo fantástico por el que es tan conocido.

La saga degeneraría en productos mucho menos disfrutables con el paso del tiempo, de las que sólo la presencia de Doug Bradley como Pinhead sería el elemento cohesionador. Esta segunda parte, por lo menos, conserva parte de la magia de la original y llega a ser incluso recomendable para los fans incondicionales de la primera entrega. Al igual que como ocurriera antes con Phantasma (1979), de Don Coscarelli, Hellraiser 2 es una película difícil, pero como nos sucede en ocasiones, llega a convertirse en un deleite. Irracional, pero deleite al fin y al cabo.

domingo, abril 22, 2007

Reseña: Valerie on the Stairs (2006)

Mick Garris, creador de la serie Masters of Horror, fue responsable del (para muchos) peor capítulo de la temporada pasada, así que cuando se anunció que volvería para la segunda tanda, casi nadie esperaba nada de él. A esto hay que sumar el hecho de que, para ser sinceros, no hablamos de lo que se dice un buen director. El pico como creador de Garris llegó, para mí al menos, con películas entretenidas como Critters 2 (1988) y Sonámbulos (1992), pero desde que le dio por adaptar cuanta obra de Stephen King cayera en sus manos, dejó de convencerme. Si digo todo esto es porque de alguna forma tengo que justificar el hecho de que Valerie on the Stairs (2006) me haya sorprendido gratamente.

Dejando de lado al prolífico autor de Maine, Garris adapta esta vez un relato más o menos reciente del escritor británico Clive Barker, miembro como él de toda esa cuadrilla de amiguetes del horror ochentero. Sin embargo, aquellos que sigan la obra de Barker harán bien en recordar que últimamente su literatura está yéndose más por los lados de la fantasía oscura que del terror propiamente dicho, y este capítulo lo demuestra. En él se cuenta la historia de un joven aspirante a escritor que es aceptado por los miembros de una curiosa comunidad habitada sólo por autores que no han sido publicados. La dueña de dicho edificio provee a sus inquilinos de alojamiento y comida gratis hasta el día de su primera publicación, por lo que, apenas poner pie en el viejo y ruinoso lugar, nuestro protagonista es envuelto por el siempre notable olor del fracaso. Sin embargo, sus planes de dedicarse por completo a su labor creativa dan al traste cuando empieza a tener visiones en las que una hermosa mujer (por supuesto de nombre Valerie) se le aparece en las escaleras pidiéndole ser salvada de una bestia sobrenatural que al parecer la tiene prisionera. Qué significan estas visiones y qué misterio se esconde en aquel cubículo de escritores fracasados es lo que nuestro joven autor debe averiguar.

Aunque muy probablemente los mayores méritos de Valerie on the Stairs residan en la trama creada por Barker, reconozco que Mick Garris ha sabido, por esta vez, engancharme con la historia. No sé si será por mi interés confeso hacia las historias que traten sobre los escritores y sus fantasmas, por la plasmación de esas energías creativas que cobran vida en las paredes de un recinto de sueños frustrados, o por el simple hecho de que Garris nos ha dado uno de los pocos capítulos de la nueva temporada que no explota el filón del "mensaje político" que tanto éxito dio a la temporada pasada y que parece ser el lei motiv de esta.

Lo que al parecer no ha evitado es esa ya característica mezcla de sexo y violencia que se ha convertido también en la marca de la casa. En Valerie on the Stairs no falta la charcutería que (previsiblemente) rodea las apariciones del monstruo, y de más está decir que los encantos físicos de la chica protagonista son sabiamente aprovechados. Sin embargo, el principal interés de esta historia no radica en el indudable festín para los ojos, sino en la construcción de esa metáfora que es el ansia creativa y la frustración que produce cuando no encuentra una salida real. El cúmulo de perdedores que puebla el edificio en el que el protagonista se hospeda es inquietante, entre ellos un Christopher Lloyd que por desgracia se ve poco aprovechado. Asimismo, el personaje de la bestia (que recae en las no poco hábiles manos del veterano Tony Todd) parece más propio de una película de fantasía que algo proveniente del universo del terror (por las razones arriba expuestas).

Por su temática y la manera de abordarla, no dudo en recomendar este episodio. Más allá de los elementos de terror, se trata de una fábula alegórica de lo más disfrutable. Ah, y atención a la escena final, inusualmente poética para un capítulo de esta serie. Al menos por una vez, Mick Garris parece haber pisado seguro.

sábado, octubre 21, 2006

Reseña: Hellraiser (1987)

Todo aquel que haya leído la obra del escritor británico Clive Barker sabe que hay una serie de temas que se repiten constantemente: realidades paralelas, estética sadomasoquista, y la inevitable e indisoluble unión del sexo con la violencia física y la perversión moral. Todos esos temas están presentes en su primer (y hasta la fecha, mejor) esfuerzo como director, Hellraiser (1987), innegable clásico ochentero y una de las películas de terror más paradigmáticas de todos los tiempos.

La trama de Hellraiser (que ha llegado a inspirar hasta la fecha la friolera de siete secuelas) gira alrededor de un artilugio: la Configuración de los Lamentos, un puzzle cúbico que abre las puertas del Infierno y permite la entrada de los Cenobitas, habitantes y señores de un universo de dolor eterno. El último en resolver el puzzle (y caer víctima de sus guardianes) es una escoria humana llamada Frank Cotton, quien logra escapar de su prisión infernal y regresar a la tierra en la forma de un cadáver viviente. Una vez libre, se pone en contacto con su cuñada (y amante clandestina) Julia, quien debe proporcionarle víctimas frescas para que pueda regenerar su perdido cuerpo (1). Pero Frank no sabe que los Cenobitas siempre están al acecho, y que no piensan dejarle escapar con facilidad.

Dos cosas son las que hacen de esta película un clásico. La primera de ellas es sin duda su estética, un elemento muy cuidado en todas las películas de Clive Barker. Desde la enigmática forma de la Configuración (ya en sí misma todo un icono del género fantástico) hasta la apriencia sexualmente ambigua y fetichista de los Cenobitas, el mundo de Hellraiser se nos presenta como un lugar oscuro pero a la vez hermoso. La obsesión por los piercings, la profanación de la carne por el metal y la plasmación visual del dolor constante es algo que está presente en toda la película, y ciertamente ayuda mucho el hecho de que, incluso tras casi veinte años de su estreno, los efectos especiales sanguinolentos están muy bien hechos (la secuencia en la que vemos a Frank Cotton regenerarse a partir de una mancha de sangre en el suelo sigue siendo tan increíble como entonces), si bien algunos efectos digitales del final (rayos eléctricos más que nada) son sumamente cutres. Pero sin duda, el centro neurálgico de la cinta lo constituye el inmenso Doug Bradley, que interpreta al líder de los Cenobitas (Pinhead, para los fans), auténtico ídolo del cine de terror y la mayor presencia de toda la saga, a pesar de que en la cinta su presencia es mínima. Bradley (amigo de Barker de toda la vida) ha hecho de este personaje una auténtica gloria para siempre asociada a él, siendo el único personaje que se ha mantenido a lo largo de las ocho entregas.

El otro elemento que define el éxito de la película es su genuina perversidad. Desde el inicio de la historia, lo que nos muestra Clive Barker es una situación doméstica en la que dos personas inocentes (Larry Cotton y su hija Kristie) son auténticas presas del Mal, un mal que sólo puede ser combatido por medio de la intercesión de uno mayor. Los personajes de Frank y Julia son auténticas plagas humanas, seres pervertidos y malévolos sin ningún tipo de lealtad más que hacia su sadomasoquista relación (el carácter del sadomasoquismo es crucial para la película, ya que desde el principio hemos visto como el principal atractivo que Julia ve en Frank es el hecho de que él la trata como basura). Es obvio que todo el esfuerzo narrativo de Clive Barker está centrado en estos dos personajes, ya que los "héroes" (Kristie y su novio) son un par de tortolitos atolondrados cuya única posibilidad de éxito yace en su alianza con las fuerzas de las tinieblas. De sobra está decir dónde se hayan las simpatías de Clive Barker (y de aquellos que vean la película).
Tras casi veinte años, Hellraiser continúa siendo un clásico. Barker dirigiría dos películas más, Razas de noche (1990) y El señor de las ilusiones (1995), que no lograrían alcanzar el nivel de su debut. Está claro que sus mayores talentos son como escritor, pero con esta película coincidieron todos los elementos necesarios para obtener una obra maestra que todavía tiene que superar, o al menos, igualar.



(1) Hasta hace muy poco no me había dado cuenta de hasta qué punto la película El regreso de la momia (2001) de Stephen Sommers es un vulgar plagio de Hellraiser. No solamente asistimos a la repetición de esta trama en la que la amante regenera a su novio/monstruo ofreciéndole víctimas humanas, sino que incluso algunos cuadros y escenas están literalmente calcados de la cinta de Clive Barker. El hecho de que no lo haya recordado hasta hace poco me hace pensar en cuántas veces sucederá algo como esto sin que nos percatemos.

viernes, septiembre 01, 2006

Reseña: Haeckel's Tale (2006)

El duodécimo capítulo de Masters of Horror, Haeckel's Tale (2006), cerró la primera temporada en Estados Unidos, distanciándose temática y estilísticamente de los anteriores. Fue uno de los episodios más esperados, ya que originalmente iba a ser dirigido por el sin par George Romero, quien abandonó el proyecto poco antes de comenzar, tuviendo que ser sustituido por John McNaughton. Algo similar había pasado con Sick Girl (2006), que originalmente fue un episodio destinado a Roger Corman y al final tuvo que ser dirigido por el cuasi-novato Lucky McKee. Es imposible saber qué hubiera sido de este capítulo si efectivamente Romero lo hubiese dirigido, pero resulta fácil ver por qué el director de la saga de los muertos vivientes fue elegido para el trabajo. Su influencia se deja permear a lo largo de todo el metraje, hasta el punto que los créditos iniciales no pierden la oportunidad de hacer una merecida reverencia al maestro.

Haeckel's Tale es, asimismo, uno de los dos únicos episodios de Masters of Horror que muestra una ambientación de época (el otro es el de Takashi Miike). Situado en los albores del siglo XIX, narra la historia de un joven científico llamado Ernest Haeckel, ambicioso estudiante de medicina que ansía dar con el método para la reanimación de los cadáveres, inspirado por las investigaciones de cierto afamado sabio alemán llamado Víctor Frankenstein (alerta de gazapos: el personaje de Mary Shelley es en realidad suizo). Tras fracasar en sus intentos, Haeckel parece hallar un "alma gemela" en la figura del Gran Montesquino, un nigromante que utiliza sus artes para resucitar cadáveres a cambio de dinero. A partir de su encuentro con el hechicero, el joven estudiante sufrirá un encuentro con los muertos vivientes y su relación con el mundo de los vivos, una pesadilla que tiene lugar en una casa donde Haeckel pasa la noche, en medio del misterio que rodea a un decadente anciano y su joven y bella esposa.

El guión de Haeckel's Tale está basado en un cuento corto de Clive Barker, el genial escritor británico que ha inspirado obras maestras como Hellraiser (1987) y Candyman (1992). Ciertamente, las mayores obsesiones temáticas de Barker están aquí, especialmente en lo que se refiere a la perversión natural de los seres humanos y a la muerte como parte indisoluble del erotismo. El guión, además, está firmado por Mick Garris, quien hace un trabajo considerablemente bueno teniendo en cuenta lo lejos que le pilla de aquello a lo que nos tiene acostumbrados. La dirección de John McNaughton, quien ha demostrado buenas dotes con Henry: retrato de un asesino en serie (1986) apuesta, eso sí, por un estilo nostálgico que recuerda mucho a los antiguos terrores de corte gótico, como aquellos de Hammer Films o las "Poe-movies" de Roger Corman. En el apartado interpretativo, quien definitivamente se roba el espectáculo es Jon Polito como el Gran Montesquino, un personaje que combina las necesarias dosis de misterio y repulsión. La trama puede parecer por momentos un poco fragmentada, pero el ambiente que nos ofrece está tan logrado que realmente logra interesarnos por la resolución de su misterio. Eso aparte del hecho de que Haeckel's Tale pretende agotar todas las posibilidades que da la televisión por cable a la hora de mostrar violencia y sexo, a menudo uniendo ambas cosas en una suma por lo menos curiosa.

El final puede recordar a muchos de aquellos descojonantes twists de Cuentos de la Cripta, y ciertamente el sentido del humor no falta en este episodio, pero por encima de eso trata de las obsesiones temáticas de Clive Barker, y sobre todo, de un ejercicio de estilo muy interesante por parte de los creadores de esta serie. Con un devenir entrañablemente retro, Haeckel's Tale es una buena manera de cerrar la primera temporada de Masters of Horror (recordemos que fue el último episodio en transmitirse allá en su país de origen) y una saludable muestra de terror gótico, absurdo en ocasiones pero no por eso menos perturbador. Muy recomendable.