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sábado, diciembre 01, 2007

Reseña: REC (2007)

Desde mucho antes de su estreno, y tras su reciente paso por Sitges (a cuya famosa proyección, por desgracia, no pude asistir), REC (2007) venía envuelta en un halo de espectativas increíble, quizás exagerado para algo que, en el fondo, es una película extremadamente sencilla cuyas máximas virtudes están precisamente en lo literal de su propuesta. Aún así, resulta sorprendente ver cómo algo que comenzó más o menos como un proyecto marginal de sus dos directores (Jaume Balagueró y Paco Plaza) ha terminado por convertirse no sólo en una de las películas de terror más efectivas de este año, sino además en la obra más contundente hasta la fecha para ambos realizadores, a quienes Filmax debería tener en consideración ahora más que nunca.

Para aquellos que hayan estado encerrados en un búnker durante el último año y medio, informo que REC es básicamente una película de zombis narrada desde el punto de vista de una cámara de vídeo que registra el brote de la epidemia en un edificio barcelonés sitiado por las fuerzas del orden, y en el que la mala suerte ha querido que quedaran encerrados los dos responsables de un programa local de tele-realidad, junto con los bomberos y unos cuantos vecinos. Las ya comentadas semejanzas con películas como El proyecto de la bruja de Blair (1999) son, cuando mucho, superficiales y limitadas únicamente al formato: al contrario de lo que ocurría con el falso documental de Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, REC no parece estar montada, sino estar compuesta únicamente por el material en bruto de una cámara que registra un hecho violento, "real" y visceral en el que el protagonista termina siendo no la guapa reportera de televisión o el invisible cámara "Pablo", sino el público que recibe todos y cada uno de los vapuleos.

Si arriba decía que REC es una película sencilla no lo hacía en un término peyorativo. Al contrario de lo que sucede en el cine de zombis canónico (hablo aquí evidentemente del cine de George Romero), la cinta de Balagueró y Plaza no hace gala de segundas lecturas o interpretaciones de ningún tipo más allá de la muestra (a veces en clave humorística) de las miserias que suelen apoderarse de los humanos bajo estado de sitio. Ambos directores parecen estar mucho más interesados en la forma en que se transmite la historia y en el efecto emocional que imprime en el espectador, algo que no sería reprochable ya que el cine de terror es, en esencia, un género de emociones, no de discursos intelectuales (aunque evidentemente pueda llegar a ser mucho más). Bajo esta luz, la película da en el clavo: una vez superada la introducción del supuesto programa e iniciada la escalada de terror del argumento, lo que viene es una hora de las más intensas que se hayan visto en el cine de terror, al menos este año. De eso no me cabe ninguna duda.

Es esa a mi parecer la mayor virtud de la película: la capacidad de transmitir ese desenfreno en el espectador a lo largo de casi una hora y en un crescendo constante del que, por desgracia, me parece que Balagueró y Plaza no han encontrado la forma más idónea de salir. El primero utiliza su ya conocida fórmula de creación de ambientes repitiendo incluso con un escenario no muy distante del empleado en su anterior película, Para entrar a vivir (2006). El truco sale bien, pero al ser una experiencia que principalmente depende de la sensación producida y poco más, me permito mostrar cierto escepticismo a la hora de repetir visionado, que es cuando realmente se reconoce una gran película. Concedo, eso sí, que las tácticas empleadas a la hora de meter miedo al personal son muy efectivas aunque las hayamos visto muchas veces e incluso recientemente: ciertas imágenes y momentos de la película (algunos de los más escalofriantes) ya los habíamos visto anterioremente en El amanecer de los muertos (2004) de Zack Snyder, sólo que aquí dichos momentos están tratandos con el filtro del realismo similar al periodismo de guerra.

En resumen, no sé hasta que punto se pueda decir que REC es una de las mejores películas de terror españolas que se han hecho, pero sí es cierto que es una de las más honestas y menos tramposas y pretenciosas, y que al mismo tiempo (esto es lo mejor sin duda) no ha caído en la tentación de irse por el camino fácil de la caspa. El hecho de que sea una película tan visceral y directa puede herir (quizás) sus prospectos en el futuro, pero no puedo negar que me lo ha hecho pasar muy mal. ¿Y acaso no es eso de lo que va el cine de terror en el fondo?

sábado, junio 16, 2007

Reseña: Hostel 2 (2007)

Pocas películas de los últimos años han sido tan amadas y defenestradas como Hostel (2006), la segunda cinta del protegido de Tarantino, Eli Roth. Los más benévolos la calificaron como burdamente explotativa, misógina y xenófoba, cosa que sorprende mucho en estos tiempos en los que tan fácilmente se entroniza la caspa de los años setenta (quizás es que solamente queremos este tipo de cintas como algo ya pasado pero no tenemos el valor de aceptar su existencia hoy en día). Sin embargo, no fuimos pocos los que pensamos que Hostel fue una de las mejores apuestas del cine de terror del año pasado, una en la que lo esencial no era la cantidad de vísceras y hemoglobina liberada en pantalla, sino lo que quería decir con esa violencia particular, la exposición de un sub-mundo de abandono y depredaciones que se escondía tras la apariencia de lo más refinado de la "civilización" occidental, además de un negro descojono realizado con mucha mala uva. Ese hostal eslovaco donde los ricachones pagaban para torturar jovencitos secuestrados es, al menos temáticamente, el equivalente de nuestra época a lo que fue en su momento el slasher rural setentero, puteado hoy en día hasta el hartazgo.

Pero incluso muchos de los amamos la película estábamos de acuerdo en que si algo no necesitaba era una segunda parte. Dadas las condiciones particulares de la historia, parecía imposible que Eli Roth pudiese sacarse de la manga una secuela digna. Con esta idea entré en la sala de cine, y francamente no podía estar más equivocado. Hostel 2 (2007) no solamente satisface las expectativas de todos aquellos que disfrutamos con la primera parte, sino que reúne méritos propios para agradar incluso a los que la crucificaron.

No hay muchas sorpresas en cuanto al argumento, ya que el esquema se repite en gran medida: en vez de un trío de chicos, esta vez las víctimas del hostal eslovaco son tres chicas americanas estudiantes de arte que se ven arrastradas a un supuesto balneario donde serán las piezas de diversión para un grupo de millonarios ansiosos de torturas. La diferencia radica en que, en esta oportunidad, la historia también nos será mostrada desde el punto de visto de los sádicos participantes del "Elite Hunting", especialmente dos millonarios americanos que viajan a Europa del Este dispuesto a pasar al "siguiente nivel". Es este giro argumental el que otorga a la película una mirada de la que su predecesora carecía, y que aparte de hondar en ese decadente mundo de sadismo de armario, lleva a la cinta a terrenos completamente nuevos. El homenaje al cine europeo de terror no podía ser más evidentes, no sólo en cuanto a determinadas secuencias que reproducen la obra del género explotativo del Viejo Mundo, sino a través de la presencia de antiguas estrellas de la caspoteca europea como Luc Merenda y la diva Edwige Fenech, además de la aparición sorpresiva y nada disimulada de Ruggero Deodato (director de Holocausto Canibal (1980), otra de esas películas amadas/odiadas) en el que probablemente sea el mejor cameo de este año.

Todos los demás elementos de la primera parte están ahí, desde los cada vez más estrambóticos métodos de tortura (atención al homenaje a la condesa Elizabeth Bathory) hasta esa pandilla de niños chungos con los que nadie desearía encontrarse. Pero sobre todo lo que sigue estando allí es ese desparpajo ante la violencia que Eli Roth ya había mostrado en sus anteriores películas. A diferencia de lo que estamos acostumbrados a ver, la charcutería en esta historia es entrañable por el constante juego que se hace de ella. Además (y eso es algo definitivamente no tan común) es bueno ver que la violencia en una película no es un adorno metido con calzador y destinado al disfrute del sector menos privilegiado (intelectualmente al menos) de la sala sino que es parte integral de la historia y del estilo de aquello que se desea contar. Quizás sea eso lo que diferencie a Hostel y a su secuela de las cientos de cintas de tortura/psicópatas que hemos tenido que soportar en los últimos años. Mi única conclusión es que aquellos que hayan disfrutado con la primera parte tienen mil razones para no dejar escapar esta cinta, pero por otro lado, aquellos que la hayan odiado deberían también acercarse y comprobar que con Roth tenemos a un tipo que sabe lo que hace y que, más pronto de lo que creemos, podría sorprendernos con una gran obra.

domingo, marzo 18, 2007

Reseña: The Host (2006)

Puede que The Host (2006), la película más exitosa de la historia del cine coreano y la niña mimada de la última edición de Sitges, no sea la cinta de monstruos definitiva, pero no cabe duda de que se trata de uno de los estrenos más interesantes que tenemos en la cartelera actual y, además, el primer competidor serio de este año a estar en el podio anual de este humilde blog. Eso sí, no se trata de una película de criaturas a la usanza, y muchas de sus características podrían dejar frío al espectador promedio que vaya al cine esperando una repetición del esquema clásico de la mayoría de las películas de monstruos que nos llegan de Estados Unidos, donde prácticamente lo único que cambia es la naturaleza del bicho a eliminar.

Lo cierto es que la cinta de Bong Jon-hoo no es un ejemplar típico de este género de cine, para empezar porque no se centra de manera absoluta en el monstruo, sino también en las tribulaciones de una familia disfuncional de Seúl, que se unen forzosamente cuando un horrible monstruo (producto de una mutación causada por los residuos químicos de una base militar norteamericana) surge de las aguas del río Han y causa una masacre entre los tranquilos transeúntes de una idílica tarde soleada, tras lo cual se lleva a la pequeña niña del clan familiar para su consumo posterior. Tras declararse la emergencia nacional, la familia descubre que la pequeña sigue con vida en algún lugar de las laberínticas alcantarillas de Seúl, y ante la pasividad oficial deciden emprender una búsqueda cual cuadrilla de Final Fantasy en pos de la chica.

Tras este ataque inicial, la cinta deja transcurrir un buen rato antes de que veamos al monstruo otra vez, y más bien se centra en el dolor y la unión de la familia, un drama que se ve aderezado con muestras de un humor que en ocasiones alcanza niveles de auténtica bizarrada, como por ejemplo toda la secuencia de una vigilia nocturna en recuerdo de las víctimas del mutante del Han. Asimismo, las personalidades de los miembros del clan familiar son dispares a más no poder, y la película se toma su tiempo para seguir a cada uno en su particular búsqueda de la pequeña; está el abuelo emprendedor y líder natural del grupo, el padre atolondrado e irrespobsable, el tío aguerrido e irreflexivo (que además tiene un pasado como líder de revueltas universitarias) y la tía silente y cuasi-campeona de tiro con arco. A todo este discurso sobre la familia se suma el no muy sutil subtexto ecologista que por supuesto no deja pasar la muy evidente crítica al intervencionismo norteamericano (no es casualidad, ya que el evento que da comienzo a la historia sucedió realmente en el año 2000 cuando un oficial de una base estadounidense vertió ilegalmente en el Han cientos de litros de formol adulterado, aunque al menos no ha salido producto de ello ningún mutante... todavía).

Pero más allá de dramas familiares y crítica eco-sociológica, hay algo ineludible, y es que en una película de monstruos, el auténtico protagonista tiene por fuerza que ser la criatura. En este sentido, Jon-hoo se la ha jugado al mostrar las apariciones del monstruo a plena luz del día, eludiendo la acostumbrada sutileza destinada, en muchas ocasiones, a disimular los fallos de los efectos especiales. Tal cosa no sucede en The Host, de hecho, el monstruo dista mucho de ser perfecto a nivel técnico, aunque milagrosamente dichos defectos no influyen para nada en nuestra apreciación. Las apariciones de la criatura están tan bien manejadas que producen una auténtica y genuina tensión que no desaparece cuando le vemos de nuevo. Si bien es cierto que las apariciones del monstruo no son tan frecuentes como estamos acostumbrados, también es cierto que dicha criatura está puesta al servicio de una historia que va por otros derroteros, y que su presencia no está únicamente para espantar al personal, algo que esta película comparte con la que sin duda es una de sus fuentes de inspiración y punto de comparación de un gran sector crítico: la versión original de Gojira (1954), del japonés Ishiro Honda, una película sobre la que es necesario volver lo antes posible.

Si todavía se encuentra en cartelera, un visionado de The Host se hace más que recomendable, pero el espectador promedio queda advertido de que no encontrará en ella otro ejemplar más del típico cine de monstruos (razón por la cual no ha encontrado, al parecer, el entusiasmo que desató en Sitges). Pero si se tiene un poco de paciencia con su peculiar ritmo de narración y con su deliberada dosificiación del horror, uno se encuentra de bruces con uno de los estrenos de género más interesantes de lo que llevamos de año. Y dense prisa, porque se avecina la tormenta: el correspondiente remake americano ya es inevitable.