lunes, noviembre 27, 2017
Reseña # 700: La novia de Frankenstein (1935)
viernes, abril 28, 2017
Reseña: Vampyr (1932)
miércoles, abril 26, 2017
Reseña: White Zombie (1932)
lunes, abril 24, 2017
Reseña: El gabinete del doctor Caligari (1920)
Precisamente por este motivo, por esa influencia que incluso hoy en día se mantiene, sigue siendo una película que se siente muy actual, y que sigue siendo muy atractiva gracias a un argumento que se reconoce hoy fácilmente, la historia de una serie de crímenes ocurridos en una ciudad alemana y que de alguna manera están relacionados con el siniestro mago Caligari y su criatura Cesare, un misterioso hombre que ha permanecido dormido durante toda su vida y que por lo visto tiene la facultad de predecir el futuro. Esta historia está llena de momentos que reconoceremos porque han sido imitados constantemente por muchas obras durante las siguientes décadas, siendo el más reconocible de todos la imagen del "monstruo" (Cesare en su forma de sonambulista) escapando por la ciudad con la chica en apuros al hombro.
De todas formas, aquello por lo que es conocida esta película no es el argumento sino la estética, una escenografía de ángulos imposibles, formas puntiagudas y sombras pintadas directamente sobre el escenario. Todos estos elementos de artificio son importantes porque precisamente esa ambientación de evidente decorado habría sido normalmente considerada una limitación al no ser capaz de reflejar de forma fidedigna la realidad; el público que asiste a ver El gabinete del doctor Caligari sabe perfectamente que está ante una ilusión, y es capaz sin embargo de dejarse tragar por ella y aceptar que está viviendo una fantasía en la que el horror se presenta bajo la forma de un truco de magia. Esta representación fantástica, alejada por completo de la búsqueda de realismo que buscaba la mayor parte del cine de entoces (incluso el fantástico) es el verdadero aporte de esta cinta y el motivo por el que se convirtió en una obra fundacional cuya estética ha sido imitada en tantas ocasiones.
Aparte de todas estas ideas, la película fue un gran éxito con la crítica de su época y llevaría a varios de sus responsables a tener una importante carrera al otro lado del Atlántico, sobre todo a Conrad Veidt, a cuyo rol de Cesare le siguió su actuación en El hombre que ríe (1928). Hay muchas historias y leyendas acerca de su paso por la cartelera y la recepción que tuvo con el público, pero ya desde entonces se sentía como algo nuevo que desafiaba las ideas preconcebidas acerca de lo que el cine debía ser. Es por eso que el marco narrativo de su argumento y (sobre todo) la revelación final destruyen un tanto el efecto al intentar justificar de forma racional esa estética y estilo que ha mostrado durante todo el metraje. Pero aun así, es también otro recurso poco habitual para entonces y otra prueba de que esta era una cinta mucho más compleja que la mayoría de sus contemporáneos más conocidos.
viernes, abril 21, 2017
Reseña: El hombre invisible (1933)
miércoles, abril 19, 2017
Reseña: El caserón de las sombras (1932)
lunes, abril 17, 2017
Reseña: Frankenstein (1931)
La comparación que hacemos con Drácula no es gratuita, ya que aunque las dos se estrenaron el mismo año y tuvieron un punto de partida similar, el resultado final es el de dos películas que reflejan mejor que nada los grandes cambios que trajo consigo el cine sonoro, y en este sentido la cinta de Whale se siente mucho más moderna. Ambas, eso sí, se abordaron en un principio como productos relativamente menores que simplificaban en gran medida sus antecedentes literarios: al igual que la película de Browning, este Frankenstein no adapta en realidad la novela de Shelley sino su versión para teatro de Peggy Webling, que permitió reducir la trama y los escenarios dejando sólo el núcleo del conflicto principal entre el doctor Henry Frankenstein y la criatura a la que da vida en su laboratorio. Una de las principales diferencias que tiene es la forma en la que representa al monstruo, mucho menos humano que en la novela y mostrado como un gigante sin diálogos que se expresa por medio de la violencia, aunque sí se mantiene el componente trágico que Mary Shelley le dio en su momento, así como su relación de rencor hacia su creador.
Pero sin duda alguna una de las cosas más curiosas de la película de James Whale (y prueba evidente del éxito que tuvo) es cómo varios de sus elementos más reconocibles han terminado por afianzarse en el imaginario colectivo hasta el punto de sustituir sus equivalentes en la novela. No hablo aquí únicamente de la más que obvia confusión del nombre de Frankenstein (aplicado hoy en día de forma indiferente tanto al monstruo como al científico que lo crea) sino a cosas como el empleo de la electricidad para resucitar el cadáver o la figura del jorobado asistente del doctor, cosas que en la novela no aparecen nunca y sin embargo todo el mundo conoce, aunque el recuerdo cinéfilo tiende a mezclar esta cinta con sus secuelas de algunos años más tarde. Es también una película intensa con un ritmo perfecto que va en constante crecimiento hasta llegar a un magnífico clímax de acción del doctor enfrentándose a su monstruo en un molino de viento en el que Whale echa mano de un trabajo de cámara dinámico e ingenioso. Una cosa a destacar aquí es que por más veces que la he visto siempre olvido que, al igual que ocurría en Drácula, esta película no tiene música, pero tampoco tiene silencios: Whale sabe aprovechar el fondo de la escena para crear ambiente y si bien no tiene una banda sonora, hay un gran número de sonidos incidentales como truenos, las campanas del pueblo o los gritos de la turba furiosa que se presenta al final para matar al monstruo.
Y por supuesto, como no podía ser de otra forma, es el monstruo precisamente lo mejor de todo. A pesar de que la película no escatima en grandes actuaciones como la de Colin Clive como el doctor o Dwight Frye como su asistente, es Boris Karloff quien se convierte en el centro de atención, ayudado no sólo por el genial maquillaje de Jack Pierce sino también por su caracterización de la criatura, su brutalidad y su comportamiento animal. Esto no debería sorprendernos, ya que más allá de su éxito en este tipo de producciones, Karloff era por encima de todo un magnífico actor que tendría una larga y fructífera carrera y se convertiría por derecho propio en la mayor estrella del cine de horror de su tiempo. En realidad estamos hablando de una película casi perfecta que se ha ganado su más que merecido puesto como una de las más influyentes obras que el cine fantástico ha tenido. Lo único que la daña un poco a mi parecer es ese absurdo epílogo que fue incluido, me temo, sólo para darle a la historia alguna semblanza de final feliz, uno que por suerte sería remediado años más tarde con el estreno de la segunda parte, La novia de Frankenstein (1935), con la que James Whale se marcaría una secuela incluso mejor que también comentaremos llegado el momento.
viernes, abril 14, 2017
Reseña: Dr. Jekyll and Mr. Hyde (1920)
miércoles, abril 12, 2017
Reseña: Drácula (1931)
lunes, abril 10, 2017
Reseña: El golem (1920)
viernes, abril 07, 2017
Reseña: El fantasma de la ópera (1925)
miércoles, abril 05, 2017
Reseña: Garras humanas (1927)
lunes, abril 03, 2017
Reseña: The Most Dangerous Game (1932)
sábado, octubre 04, 2014
Reseña: La mosca (1958)
jueves, mayo 16, 2013
Reseña: El enigma de otro mundo (1951)
domingo, junio 26, 2011
Reseña: The Creature Walks Among Us (1956)

La tercera y última película del monstruo de la laguna negra fue también la única que no se rodó en 3D y la única que no fue dirigida por Jack Arnold. De hecho, The Creature Walks Among Us (1956) es una cinta muy diferente de sus dos antecesoras, empezando por el hecho de que muestra ya una transición del cine de monstruos puro y duro hacia un tratamiento más ambicioso en su temática de ciencia-ficción sobre la curiosa crisis de identidad de la criatura, y lo mejor de todo es que lo hace con un argumento que muestra una clara coherencia con la forma como se venía desarrollando la saga. En esta tercera parte, un grupo de científicos con ínfulas de aventureros son contratados por un millonario mad doctor para capturar al monstruo (que tras huir del parque acuático de la segunda entrega se ha refugiado en los pantanos de Florida) y llevarlo a su mansión, no para exhibirlo sino para hacerlo parte de un misterioso experimento genético que buscará dar con las claves de cómo controlar la evolución humana.
Aparte del subtexto de ciencia ficción, sorprende por otro lado el oscuro tratamiento que el nuevo director, John Sheerwood, da a la película, desprovista esta vez de héroes intrépidos y en la que incluso está ausente la típica subtrama romántica; en The Creature Walks Among Us todos los personajes principales son moralmente bastante cuestionables, desde el científico desequilibrado que financia la expedición hasta su joven y martirizada esposa que ventila su frustración matando tiburones rifle en mano desde el bote, por no hablar del guaperas que busca seducirla aunque para ello tenga que recurrir a la fuerza. En este contexto de despreciables humanos la figura del hombre-pez se percibe una vez más como un personaje trágico que sólo busca escapar de sus captores, y los inquietantes paralelismos que traza el argumento entre el monstruo y su recién descubierta humanidad (que en un recurso un tanto risible pasa incluso por proporcionarle vestimenta) hace de esta una película distinta que sólo por eso merece ser revisada.
La mayoría de las reseñas que he leído de esta película siempre la califican de aburrida principalmente por sus diferencias con las dos anteriores y su menor inclinación al cine de monstruos que Universal había popularizado. Estoy de acuerdo en que tiene, efectivamente, menos acción que sus antecesoras y que la premisa de ciencia-ficción de la que parte es bastante disparatada bajo cualquier estándar posible, pero considerando que los monstruos clásicos del estudio como Drácula, el hombre-lobo o Frankenstein terminaron convertidos en parodias de sí mismos a lo largo de sus muchas secuelas, el que los responables de The Creature Walks Among Us intentaran hacer algo diferente y en cierta forma atrevido para el estricto código moral de los cincuenta es algo bastante loable que los amantes de este monstruo no pueden dejar de ver. Esta, como ya decíamos arriba, fue la última película de dicha criatura, aunque desde hace varios años se ha hablado de la posibilidad de hacer una nueva versión en la que la tecnología actual de efectos especiales nos permitiría ver al monstruo definitivo. Tras el gran salto temático que esta tercera entrega dio, incluyendo el agridulce (y, sorprendentemente, abierto) final, un remake es de hecho la única opción posible.
domingo, julio 18, 2010
Reseña: Revenge of the Creature (1955)
Un año después del estreno de Creature From the Black Lagoon (1954), primera película del último de los grandes monstruos clásicos de la Universal, llegó esta secuela llamada Revenge of the Creature (1955), la cual volvió a contar con el director Jack Arnold y al parecer fue también la más taquillera de las tres películas que llegaron a hacerse sobre este personaje. No es poca cosa teniendo en cuenta que para los cincuenta el género de monstruos estaba rápidamente cediendo el terreno al cine de ciencia-ficción, por lo que una cinta de aventuras exóticas y dupla chica/monstruo no era lo que estaba en boga. Al igual que la primera parte, esta secuela sigue una fórmula muy común en estas historias de criaturas legendarias, ya que comienza con el monstruo capturado en el Amazonas y llevado como prisionero a un parque acuático en Florida, lo que reproduce uno de los más viejos arquetipos narrativos del cine: aquel de la naturaleza salvaje que no puede ser contenida por la mano del hombre, una idea de la que han bebido una buena cantidad de grandes películas desde King Kong (1933) hasta Parque Jurásico (1993).
Al igual que la primera parte, Revenge of the Creature fue estrenada en 3-D, aunque no se conserva hoy en día ninguna edición casera que mantenga dicho efecto. Independientemente de esto, como secuela es bastante inferior, y hoy en día su fama es más bien anecdótica, entre otras cosas por contener (junto con Tarántula (1955), también de Jack Arnold) la primera aparición en el cine de Clint Eastwood, quien tiene un pequeño papel de figurante al principio de la película. Una de las razones por las cuales esta secuela es claramente menos divertida que la primera parte es que el componente de aventuras que tan bien funcionó con anterioridad se pierde al transcurrir la mayor parte de esta cinta en el parque acuático con el monstruo preso y los científicos estudiándole, lo que priva a la película de la sensación de constante peligro de la primera entrega. Para colmo todo este trozo está excesivamente alargado con numerosas escenas de la vida cotitidiana en el parque, sin duda rodadas para aprovechar la locación real del parque Marineland, en Florida.
Un detalle curioso pero tremendamente significativo es que la película tiene una notable pátina conservadora (presente por ejemplo en que la científica no deja de ser en el fondo una típica representación de mujer florero de los cincuenta) que la hace esquivar no sólo sus mayores muestras de violencia sino también temas que se perfilan como interesantes pero que no son aprovechados. Entre estos está la rivalidad (que tiene mucho de pavoneo sexual de macho Alfa) entre los dos protagonistas masculinos: el intrépido y varonil cazador que atrapa al monstruo y el meticuloso científico que lo estudia, así como el poder hipnótico (no desprovisto tampoco de cierto subtexto erótico) que el monstruo ejerce sobre la protagonista femenina. Este último detalle vuelve a emparentar la historia con King Kong hasta el punto de poseer un final casi idéntico y un clímax que muestra nuevamente la lucha por recuperar a la chica de las garras del monstruo.
Todas estas son grandes ideas que se pierden al ser Revenge of the Creature una película de estudio en la que Jack Arnold debe forzosamente dejar por fuera los sugeridos aspectos polémicos del guión. Encima la cinta se alarga innecesariamente una vez se abandona la locación del parque acuático, sitio donde se produce la emergencia que da a pie al argumento. De hecho la película tiene tres grandes momentos en los que podría haber llegado el clímax pero este continuamente se retrasa. Arnold pasa también de puntillas sobre el componente trágico del monstruo, terriblemente acosado por los humanos y hasta cierto punto la verdadera víctima de la trama. Pero a pesar de no ser tan atractiva como la original, su éxito tuvo como consecuencia el estreno de una tercera parte poco después, cerrando una trilogía que por lo visto está a punto de ser resucitada con la aparición de un inevitable remake para el año que viene.
sábado, junio 05, 2010
Reseña: El retrato de Dorian Gray (1945)

El cine y la televisión han visto ya muchas adaptaciones de El retrato de Dorian Gray, pero esta de 1945 dirigida por Albert Lewin sigue siendo hasta la fecha la más famosa de todas. Entre otras cosas porque fue una película muy popular en su época, contando con actores de renombre como George Sanders y además dando un fuerte inicio a la carrera de otros como Hurd Hatfield en el papel principal o una jovencísima Angela Lansbury que incluso fue nominada al Oscar por su trabajo. Al igual que la novela de Oscar Wilde en la que se basa, El retrato de Dorian Gray (1945) es realmente un drama de corte moral en el que los elementos sobrenaturales están tratados de forma muy sutil pero no por ello menos siniestra, representados todos en la figura de ese Adonis decimonónico que no envejece mientras el cuadro con su figura adquiere todos los rasgos de la edad y la depravación en la que va sumiendo su vida.
La aproximación que Albert Lewin da a la historia difiere un tanto del original de Wilde, pero es al menos lo bastante inteligente como para proponer sus propios temas, tanto en argumento como en estética; la película está rodada en blanco y negro a excepción de un par de momentos concernientes al retrato de Dorian en los que la pantalla se llena de forma imprevista con colores llamativos. El gimmick visual es obvio, pero funciona, porque realmente hace que el retrato cobre vida ante el espectador y resuelve una de las principales dificultades de la adaptación al mostrar de forma explícita algo que en la novela sólo puede ser descrito. De hecho el cuadro "maldito", pintado a manera de encargo por el artista Ivan Albright y expuesto hoy en día en la Academia de Arte de Chicago, es prácticamente un personaje más al caracterizar no sólo la depravación de Dorian como una especie de lepra moral, sino también la ruptura con la estética realista y encorsetada de la cinta, que es presentada en un tono muy sobrio acorde con el retrato "original" del pintor portugués Henrique Medina. Esta contraposición entre ambas obras es probablemente el punto estético más interesante de la película.
En la cuestión temática, Lewin parece plantear el relato como una diatriba entre el Bien y el Mal, del hombre dividido entre la vida de virtud y la entrega a la corrupción moral, mientras que la novela era una historia principalmente sobre la vanidad y la obsesión de la época con las apariencias por encima de la sinceridad. Esta desviación temática obliga a la película a hacer ciertos cambios en el argumento, notables sobre todo en el personaje de Sybil Vane (Angela Lansbury) quien ahora no es actriz sino cantante de un tugurio de los barrios bajos. El personaje de Sybil se nos muestra como el último reducto de bondad e inocencia en medio del peor de los sitios, que Dorian eventualmente roba y luego destruye. La Lansbury no sale mucho, a decir verdad, pero cuando lo hace su presencia es bastante cautivadora (sobre todo cuando canta) y deja una huella considerable en la película. No es este el único cambio: la cinta introduce una subtrama amorosa adicional planteada no sólo como estrategia de apelación al público de masas sino muy probablemente para deshacerse del subtexto homosexual de la novela, que ya era sutil en la obra de Wilde pero que aquí es prácticamente inexistente.
El propio Dorian es presentado esta vez de forma muy distinta al original; a medida que su degradación moral se va haciendo más evidente, el personaje va desechando sus emociones hasta convertirse en una figura de rostro completamente neutro y de una crueldad cuyo principal atributo es la frialdad extrema. Este último punto está bastante conseguido por el actor protagonista, Hurd Hatfield, quien a partir de entonces sería encasillado en roles de villano y que al igual que Dorian mantuvo una apariencia juvenil durante prácticamente toda su vida. Su trabajo no se salva sin embargo de una actuación un tanto acartonada y artificial (notable sobre todo al principio de la película, cuando se supone que Dorian es un ser encantador y lleno de vida), pero esto es algo que afecta prácticamente a varios de los actores de la película, incluso al gran George Sanders, quien tiene el que es sin duda el mejor personaje de la película, el cínico sibarita Lord Henry, pero quien más que actuar parece que está siempre recitando. Algunos creen que este particular tono de actuación es completamente intencional y que remite más bien a ese mundo de apariencias en el que se mueven los personajes, pero yo la verdad no estoy tan seguro. Más bien creo que se trata de un punto en el que se hacen más evidentes las ganas de fidelidad al estilo de Wilde, en ocasiones demasiado discursivo para la pantalla.
Esto sería la única falta notable de una película que por lo demás está muy bien construída en su detalle sutil pero efectivo del misterio sobrenatural que rodea al personaje de Dorian Gray, un misterio que por desgracia es dotado de una intuída explicación que se queda a medias y que, ya al final de la película, ofrece incluso un resquicio de esperanza de redención. Ambos hechos muy probablemente se deban a las necesidades por parte de los responsables de cumplir con los preceptos del infame Código Hays, pero incluso teniendo en cuenta estos detalles, esta versión de El retrato de Dorian Gray es una que vale la pena rescatar ahora que tenemos en cartelera una nueva adaptación que a juzgar por los avances parece más inclinada a un tratamiento del horror más marcado y evidente. Podéis tener la seguridad de que también la veremos por aquí.
lunes, julio 27, 2009
Reseña: La momia (1932)

Otro de los grandes monstruos clásicos de la Universal, y el primero de ellos creado sin el apoyo de un antecedente literario, es La momia (1932), dirigida por el austro-húngaro Karl Freund, afamado director de fotografía al servicio de la maquinaria de terror del estudio y que tuvo con esta película su primer trabajo en Hollywood como director. La historia va de un antiguo sacerdote egipcio llamado Im-ho-tep, que tras ser liberado miles de años después de haber sido momificado vivo, asume forma mortal para intentar traer a la vida al espíritu de su amada Anck-es-en-Amon, aún a costa de la vida de aquellos que se interpongan. El argumento les venía como anillo al dedo para el año 1932, ya que de esta manera Universal aprovechó la reciente fiebre por todo lo referente al Antiguo Egipto, que se había desatado gracias a la mundialmente famosa exposición de los tesoros hallados en la tumba de Tutankamón. La escogencia de Boris Karloff para el papel principal fue la decisión lógica tras la notoriedad que el actor había conseguido por su participación en Frankenstein (1931), con lo que el éxito estaba asegurado casi desde el principio.
Resulta curiosa, sin embargo, la manera como la película ha pasado a formar parte del imaginario colectivo aún a costa de pervivir en el recuerdo cinéfilo como algo diferente de lo que en realidad es. La mejor prueba de esto es que la imagen que siempre se asocia a esta película es la del monstruo envuelto en vendas y avanzando lentamente hacia sus víctimas, algo que aquí nunca ocurre. De hecho, Boris Karloff se pasa el 99 por ciento de su tiempo en pantalla bajo su forma humana, y es sólo por un par de minutos al principio y unos segundos al final cuando lo vemos con el maquillaje creado por Jack Pierce. La enorme presencia de Karloff, sin embargo, compensa esto a las mil maravillas, y las tomas frontales de la cara del actor, en aquellos momentos en los que Im-ho-tep utiliza su mirada para influir sobre sus víctimas, bien merecen convertirse en la verdadera imagen reconocible de la película.
Otra cosa que se menciona muy poco pero que se hace evidente tras su visionado es que estamos, en muchos sentidos, ante un remake inconfeso de Drácula (1931), cinta con la que esta película tiene enormes paralelismos e incluso escenas que son prácticamente idénticas, repitiéndose asimismo el esquema del monstruo disfrazado de un hombre con ademanes aristocráticos y cuyo principal objetivo está en el secuestro y posesión de una heroína en peligro que, en este caso, podría servir de vehículo para la reencarnación de su amada. Esta damisela en apuros fue interpretada por la actriz de Broadway Zita Johann, la cual era una firme creyente en el fenómeno de la reencarnación y que por ello estuvo más que encantada de hacer el papel. Pero con todo y sus parecidos con la gran obra vampírica de Tod Browning, La momia es por encima de todo una gran cinta de horror con grandes méritos propios, con un aspecto menos teatral y mucho más elaborado que otras producciones de la Universal, y con algunos guiños estéticos bastante ingeniosos como la secuencia que devela el pasado de Im-ho-tep, narrada con la forma, recursos y look del cine mudo. Asimismo, todos estos temas místicos de reencarnaciones, lo estático como analogía de la Muerte, antiguas maldiciones y amor-a-través-de-los-siglos fueron posibles gracias a que la película se produjera antes de la llegada del famoso código Hays, que cambiaría durante décadas el rumbo tomado por el fantástico cinematográfico.
Una cosa curiosa y que, por supuesto, no puedo dejar de mencionar aquí es que, contrariamente a lo que ocurrió con el resto de los famosos "monstruos" de Universal, La momia no tuvo secuelas. Sí, es verdad que se lanzaron otras películas como La mano de la momia (1940), La tumba de la momia (1942), El fantasma de la momia (1944) y La maldición de la momia (1944), pero estas cintas pertenecen a otra saga con otros personajes, otra momia y otra historia completamente distinta que no tiene nada que ver con la película de la que hablamos hoy. Curiosamente, estas cintas sí que ostentan la famosa imagen del tío con vendajes que erróneamente se asocia con aquella protagonizada por Boris Karloff, la cual vería su continuación en la forma de un no-remake de acción dirigido por Stephen Sommers en 1999.
viernes, julio 24, 2009
Reseña: Creature From the Black Lagoon (1954)

Ya en el ocaso de la era de los monstruos clásicos, Universal se sacó de la manga la que sería su última gran criatura, el hombre-pez de Creature From the Black Lagoon (1954), conocida en España con el curioso título de La mujer y el monstruo, uno que revela que las auténticas aspiraciones de esta cinta están en su fidelidad al esquema de aventuras popularizado por King Kong (1933), en el que la temible bestia de tierras desconocidas se enfrenta a los héroes debido a su malsana atracción hacia una joven hembra humana. De hecho, esta cinta dirigida por Jack Arnold hace énfasis no sólo en la criatura, sino en el viaje emprendido por un grupo de científicos/aventureros por lo más profundo de la selva amazónica en busca de un monstruo salido de tiempos prehistóricos y cuyo encuentro con el hombre moderno probará ser fatal.
El esquema antes nombrado se sigue a la perfección y constituye una historia muy interesante que todavía no ha perdido su vigencia, hasta el punto de haber sido imitada en cientos de películas. Asimismo sorprende comprobar que, a diferencia de sus otras producciones de monstruos, Universal otorgó a Creature From the Black Lagoon un tratamiento que iba más allá de su acostumbrado estilo de serie B; el tono de la película es ambicioso, con enormes parajes selváticos, increíbles (aunque algo largas) tomas submarinas y un elenco muy eficaz en el que destaca la heroína en peligro Julia Adams (espectacular cuando se mete en su bañador blanco, lo que sin duda explica y justifica las apetencias de la criatura). El hoy icónico monstruo está también muy bien representado y, coherentemente con su naturaleza anfibia, se ve mucho más amenazante cuando está dentro del agua que cuando da sus torpes pasos en tierra firme; las tomas acuáticas, además, son impresionantes incluso hoy en día, más aún teniendo en cuenta que el stuntman que interpretaba a la criatura bajo el agua, Ricou Browning, tuvo realmente que hacerlas metido en el traje del monstruo y sin la ayuda de los sofisticados efectos especiales de hoy en día, toda una proeza que sin embargo no le mereció ni siquiera una mención en los créditos.
La película fue un éxito fenomenal en su época, especialmente por haber sido lanzada en su día en 3-D. Por desgracia, las versiones en formato doméstico de las que disponemos hoy no incorporan este efecto, que quedó relegado únicamente a una edición en VHS de principios de los ochenta que, hoy por hoy, es casi imposible de encontrar. El éxito de esta película, como no, generaría dos secuelas posteriores en las que el mentado hombre-pez volvería a enfrentarse a sus enemigos terrestres. El director Jack Arnold volvería también al cine de monstruos con su película Tarantula (1955) antes de coronar la que se considera su mejor obra: El increíble hombre menguante (1957).
Pero eso tendremos que dejarlo para otra ocasión. Esta primera película, por ahora, queda recomendada no sólo por un afán nostálgico o completista, sino como una de las grandes películas de monstruos que forjaron dicho subgénero y que continúan siendo recicladas hoy en día, además de ser (para mí al menos) uno de los mejores esfuerzos de la Universal.
















