
Podemos decirlo abiertamente: Viernes 13 (1980) no es una buena película, pero sí una película importante. A nivel del cine de terror, es uno de esos momentos en los que dicho género encuentra una vertiente e insiste con ella, y sentó las bases para un sinfín de recursos que ya eran conocidos y que hoy en día son clichés. Tras todo el tiempo transcurrido (y los kilómetros de cinta usados en productos derivados) resulta fácil despreciarla, pero prácticamente no existe consumidor de cine de terror que no la haya visto o al menos se haya tragado una de sus innumerables copias. A nivel personal, es la primera película de miedo que recuerdo haber visto, y la cercanía temporal a su futuro remake me hace querer hablar de ella, cosa que (advertidos quedan) es imposible hacer sin spoilers.
Decíamos arriba que Viernes 13 echa mano de todo una gama de recursos a la hora de meter miedo, y efectivamente es así. Todas las constantes del cine de slashers están presentes: locaciones apartadas, elenco de jovencitos, crueles e imaginativas muertes, y la regla de oro que dice que aquellos que tienen sexo, mueren. Viernes 13 ciertamente no inventó esas reglas, pero sí fue la película que las convirtió en una norma indispensable. Podemos decir que las cintas de asesinos anónimos que acosan a jóvenes incautos no comenzó con esta historia de Sean S. Cunningham, pero sí es cierto que fue con ella con la que dicho subgénero alcanzó su condición de comida basura. Para bien o para mal abre una veta que todavía hoy, casi treinta años después, parece muy lejos de haberse agotado.
Viernes 13 es considerada, con razón, parte de la Gran Trinidad de los slasher films, un puesto que comparte con Halloween (1978), de John Carpenter, y Pesadilla en Elm Street (1984), de Wes Craven, pero a diferencia de estas dos películas, los inicios de la saga de Jason Voorhees fueron de lo más modestos. De hecho, la cinta de la que hoy hablamos no es más que una película de explotación poco ambiciosa que apuntaba a unos objetivos muy básicos, y Sean S. Cunningham tampoco es que sea un gran director. Asimismo, el argumento está creado para el lucimiento físico de sus jóvenes protagonistas: el guión busca cualquier excusa para dejar a las chicas en braguitas (incluso hay una escena en la que una de ellas propone jugar Strip Monopoly... ¡para luego marcharse sin siquiera llevarse su ropa con ella!) o incluir la ya indispensable escena en la que el joven elenco comparte un refrescante baño veraniego en el lago. En el lado masculino destaca la presencia de un entonces desconocido Kevin Bacon en un triste rol de guaperas (de los chicos es el que tiene el bañador más pequeño y la menor cantidad de diálogos).
En el apartado del terror sus aspiraciones no van más allá: la música es un evidente plagio de la de Psicosis (1960), y la cinta hace gala de trucos formales bastante típicos como el de la cámara subjetiva, que permite momentos en los que comprobamos que algunas de las víctimas ya conocen al asesino. La mitología típica de este tipo de historias también se encuentra en su faceta más autoconsciente, con el paleto local que advierte que el lugar, llamado Crystal Lake y apodado "Camp Blood", está maldito. Donde sí destaca la película quizás sea en el trabajo de Tom Savini en los efectos especiales. Savini venía de hacer los efectos de El amanecer de los muertos (1979), pero es en esta película donde se ve realmente su potencial de gran promesa del gore, prestándose al juego de ocultar el momento de la muerte para regodearse luego en la exhibición del cadáver. La única excepción de esto es el personaje de Kevin Bacon, quien tiene el mayor honor que se puede recibir en este tipo de película: la suya es la mejor muerte de todas.
Los últimos veinte minutos son una paradoja, ya que si bien es cierto que la cinta traiciona su propio espíritu de whodunit introduciendo un personaje del que no habíamos siquiera oído hablar, son también los momentos más intensos, aquellos dedicados a la aparatosa persecución a la chica final por parte del asesino (aparatosa es el mejor de los adjetivos posibles; resulta difícil de creer que se trata del mismo sigiloso matarife que se ha cargado al resto del elenco). Encima, la revelación final trae una curiosa mirada al giro argumental mostrado en Psicosis, sólo que aquí está invertido: en vez de un hijo transmutado físicamente en su madre, vemos aquí a una madre literalmente poseída por el recuerdo de su hijo muerto, algo evidenciado incluso en momentos en que una psicótica Betsy Palmer mantiene diálogos consigo misma adoptando la voz del difunto Jason.
Con la última muerte (mostrada con música estridente y cámara lenta) y un susto final descaradamente plagiado de Carrie (1976), Viernes 13 cierra su particularmente modesto debut. Para ser sinceros, la película no sería destacable de no ser por la larga lista de secuelas a las que dio origen, continuaciones que superarían con mucho esta primera parte y que, en conjunto, han pasado a ser un arquetipo. Esto lo evidencia el plano final de la película, en el que los ojos de la protagonista y única superviviente hacen una transición al lago que acaba de dejar atrás, un espejo de agua tranquilo y apacible que hace que el espectador inevitablemente se pregunte si yace algo debajo de su calmada superficie. Ese algo surgiría, como no, y diez películas después todavía lo estamos viviendo.









