domingo, septiembre 18, 2005

Adivina quién...

Siguen corriendo las noticias sobre el remake de The Evil Dead (1982), y todo parece indicar que el protagonista será nada menos que Ashton Kutcher. Todo el mundo ha puesto el grito en el cielo con la noticia, pero a mí, si me lo preguntan, no me parece tan nefasto. Después de todo, una vez que soy capaz de aceptar la idea de que realmente están haciendo una versión de esta película, puedo asimilar cualquier cosa. Y a decir verdad, ahora que lo pienso, puede que no me guste Ashton Kutcher cuando intenta ser "serio", como fue el caso de El efecto mariposa (que siempre diré que no es más que un plagio light de Donnie Darko), pero tengo que reconocer que el tipo es muy cómico, y ciertamente es eso lo que se buscará en la película.
Además, ya de por sí hay mucha gente que desea que ese remake se estrelle de la peor manera posible en la taquilla, y en el caso de que tenga un elenco desastroso eso no hará sino aumentar las probabilidades de dicho fracaso. Yo no sé, el remake de The Evil Dead puede que sea bueno o puede que sea una auténtica mierda, pero lo más seguro (esto hay que reconocerlo) es que sea una película más entre tantas, que probablemente no haga sino recordarnos lo buena que es la original.
En todo caso, ¿qué más da?

viernes, septiembre 16, 2005

Reseña: Saw (2004)

Aparte de los típicos slashers, existen otros psicópatas que han cautivado nuestras pantallas desde hace tiempo: los asesinos con “personalidad”. No se trata de simples matones, sino de auténticos artistas de la muerte, personajes con una inteligencia y capacidad inventiva tan grandes que están destinados a causar una desagradable admiración en el público, convirtiéndose ellos (y sus crímenes) en los auténticos protagonistas de la película. Son muchos los ejemplos, pero pocos discutirían que El silencio de los corderos (1991) y Seven (1995) son las dos películas que han llevado este concepto hasta su máxima gloria, ya que en el mundo de los asesinos carismáticos, el doctor Hannibal Lecter y el integrista religioso John Doe son los que mayor número de pesadillas han causado.

Saw (2004), escrita y dirigida por el novel director James Wan, intenta por todos los medios entrar en esta categoría. Rodada en tan sólo 18 días y con una cantidad mínima de recursos, esta película (uno de los mayores éxitos de género del año) tiene todos los ingredientes para convertirse en un filme de culto, aportando cosas nuevas mientras que paga el debido homenaje a sus más que evidentes influencias (para comprobarlo remitirse a las dos películas anteriormente citadas). Sin duda alguna, es una historia que busca explotar nuestro morbo hasta la saciedad, una película en la que cada escena, cada situación, cada fotograma parece destinado a ofrecernos un “más difícil todavía” para causar una culpable admiración por su protagonista, el apodado “Jiggsaw Killer” (Jiggsaw es lo mismo que puzzle; el título del filme no tiene nada que ver con ninguna sierra) y sus horrendos crímenes, cada uno más elaborado que el anterior. De esta forma, se consigue también el segundo objetivo de este sub–género de películas: hacer al asesino TAN inteligente que se vuelve casi inhumano, logrando así nuestro distanciamiento moral. La misma cinta ofrece el mejor ejemplo de ello: la escena que nos relata acerca de la única víctima que ha sobrevivido a la trampa del asesino (una chica gótica con un cepo puesto en su boca) fue filmada por Wan como una presentación para sus posibles inversionistas, quienes quedaron tan impresionados que pidieron incluirla en el metraje final. Por muertes y torturas imaginativas que no falte.

La historia comienza de una forma magistral: dos extraños encadenados por el pie uno frente al otro a lo largo de las paredes de un baño abandonado. En el centro hay un cadáver con una pistola en la mano, equidistante de los dos. Los personajes tienen, cada uno, una sierra oxidada, y a pesar de que no se conocen, saben que solamente uno de ellos podrá salir con vida. A partir de aquí comienza a desenvolverse la trama, revelando la identidad de los presentes y los motivos por los cuales se encuentran en ese predicamento.

Saw, sin embargo, es una película que no logra desarrollar cabalmente las expectativas que ofrece con su impactante situación inicial. Si bien es cierto que los diferentes crímenes del “Jiggsaw Killer” nos mantienen en vela y resultan bastante atractivos, la película sufre de serios bajones de ritmo que hacen que, por momentos, perdamos el estado de alta tensión. Para colmo, la trama “detectivesca” protagonizada por Danny Glover (un ex–policía obsesionado con atrapar al psicópata) no cuaja, y en ocasiones su personaje resulta incluso risible. Asimismo, cuando la película se acerca a su clímax, los “twists” y golpes de efecto de la trama se superponen unos a otros hasta que CASI se hacen demasiados, y digo “casi” porque ESE FINAL es tan impactante que puede que hasta salve la película para muchos. En la tradición de Seven (aunque no con tanta maestría) ésta es una de esas películas en las que la última escena es sumamente importante para la valoración final. Sólo esto ya es suficiente para alzar a Saw por encima de la mediocridad, aunque tendremos que esperar a su secuela (ahora en producción) para ver si realmente logra alzarse del montón. De momento tenemos una película que, si bien no es nada grandiosa, por lo menos es eficiente, que es más de lo que nos tienen acostumbrados a ver hoy en día.

miércoles, septiembre 14, 2005

Reseña: The Ring (2002)

Digan lo que digan, el J-Horror no comenzó con Ringu (1998). Al menos no en el continente americano, donde la película de Hideo Nakata era prácticamente desconocida hasta que a alguien se le ocurrió reeditarla en formato hollywoodense. La cinta realmente responsable de traer la avalancha de terror oriental fue precisamente este remake dirigido por Gore Verbinski y mercadeado por Dreamworks, que se convirtió en el mayor éxito de género desde que saliera El sexto sentido dos años atrás. Se trata, asimismo, de una película muy polémica, porque Ringu ha generado un culto tan extendido que resulta inevitable que cualquier mención a su versión americana genere una larga serie de comparaciones, casi siempre desfavorables. En este sentido me encuentro bastante solo, puesto que de los que han visto ambas películas, hasta el momento parece que soy el único que prefiere (pero por mucho) esta versión, opinión que mantengo.

The Ring (2002) sigue la misma historia de la original japonesa casi en su totalidad: la primera escena nos familiariza con la leyenda urbana de una cinta de vídeo que mata en siete días a todo aquel que tenga la desgracia de verla. Cuando una chica resulta muerta, su tía, una periodista llamada Rachel (interpretada por la actriz australiana Naomi Watts, quien saltó al mainstream precisamente gracias a esta película) decide investigar el origen de la maldición, topándose con la historia de una familia de criadores de caballos en una lejana isla, y un secreto que lucha por salir a la superficie. En el camino la ayuda su ex, y ambos deben darse prisa porque han visto también la cinta, y les queda poco tiempo.

A pesar de que a nivel argumental sean casi idénticas, The Ring tiene algunas armas propias para defenderse de su original japonés. Para empezar, es evidente la disponibilidad de un mayor presupuesto en la película de Verbinski, que si bien no tiene por qué significar nada a nivel de calidad, en este caso particular le ha permitido evitar los handicaps de serie B de la fuente. Verbinski, y sobre todo su guionista Ehren Kruger, han decidido reducir la “trama” de Ringu a lo mínimo imprescindible en favor del terror, lo cual significa que si bien la historia resulta más “superficial”, en cambio se ha ganado en lo que a atmósfera y sustos se refiere. Algunos de estos sustos son baratos (un teléfono que suena de repente) y otros definitivamente NO (el final en general me parece que está muy logrado).

El apartado técnico, en gran medida, está mucho más cuidado que en la película de Nakata. The Ring emplea una paleta de colores fríos muy acorde con el tono de la película, y sin duda alguna cuenta con mejores actores. El personaje de Naomi Watts, esta vez, es la encargada de prácticamente toda la acción, dejando a su “chico” Noah relegado a un segundo plano, cosa contraria a lo que ocurría en Ringu, donde Reiko necesitaba constantemente de la férrea voluntad de Ryuji para seguir adelante. Asimismo, me parece que el ritmo de la historia está mucho mejor, y si bien la trama es bastante más sencilla que la del original, al menos está casi completamente cerrada, sin caer en situaciones ilógicas como (a mi parecer) sucedía en la cinta japonesa. Otro acierto de la película (y que cierto remake no supo hacer) fue que no intentó reproducir el ambiente cultural nipón, sino que adaptó la historia al lado tenebroso de un pequeño drama familiar con tintes sobrenaturales, todo un entramado doméstico americano que en ningún momento sentí forzado, sino más bien algo perfectamente comparable al estilo de Lovecraft o Stephen King. Tanto es así, que la película incluso prescinde de los poderes paranormales para el personaje de Noah/Ryuji, uno de los aspectos emblemáticos de la película original y que en mi opinión no convencían para nada.

Debido a esto, es en el aspecto sobrenatural donde la película puede fallar un poco. Samara (versión de Sadako, el personaje causante de la maldición y cuya imagen de niña vestida de blanco con el pelo negro cayéndole sobre la cara ya es un icono del terror puro) es menos interesante aquí que su equivalente en Ringu. La cosa empeora cuando, en la cinta de Verbinski, nos muestran su cara y escuchamos su voz, cosa que reduce en gran medida el miedo que puede causarnos. Casi podría decir que la Samara que aparece en esas escenas y el monstruo que sale del televisor son dos criaturas distintas. Una vez más, se comete el error de mostrar cuando se debía sugerir.

Creo que siempre estaré solo en esta valoración, porque por más que lo intente, The Ring siempre será el remake, lo cual la coloca en clara desventaja. Entonces, ¿cuál de las dos es mejor? Creo que lo único que puedo afirmar sin temor a equivocarme es que la respuesta a esta pregunta dependerá en gran medida de cuál se vea primero. Pero a pesar de que no te sorprenda, la cinta de Verbinski goza de una mayor efectividad técnica y del hecho de que es realmente una película de terror, sin duda de las que más me han gustado en los últimos años. Su secuela, si bien no es ni remotamente tan buena como esta, no está mal, por lo que creo que nos hallamos ante una saga que tiene lo suyo. Claro está, el “mensaje” de Nakata en el que el miedo se esparcía a través del contacto del hombre con la “caja tonta” se ha perdido, pero poco de eso importa cuando estás solo en tu casa de noche.

lunes, septiembre 12, 2005

Reseña: La tierra de los muertos (2005)

Creo que fueron las expectativas las que la mataron. Veinte años después de El día de los muertos (1985), estábamos todos tan emocionados con el regreso de George Romero al género de los zombis que la presión resultó demasiada para nuestros cerebros. Después de todo, tras esta creciente fiebre de cadáveres vivientes que se ha visto desde hace un par de años, el panorama era perfecto, una auténtica alfombra roja para el retorno del maestro. Y sin embargo, debo decir que ver La tierra de los muertos (2005) me ha dejado con una decepción difícil de asimilar. No es que sea una mala película, pero definitivamente está muy por debajo de los estándares a los que nos tenía acostumbrado este director. A pesar de que en esta ocasión contaba con un mayor presupuesto y una base de fanáticos más que segura, creo que no me equivoco al afirmar que esta cuarta parte de los muertos vivientes es la película más floja de la saga.

Al principio todo comienza bien, y Romero se encarga de mostrarnos un escenario que calza perfectamente como la consecuencia lógica de los eventos de sus películas anteriores: años tras la plaga, el mundo está dominado por los zombis (llamados aquí “stenches” debido a su mal olor) y tan sólo pequeños grupos de sobrevivientes se refugian a una ciudad enclaustrada por dos ríos y vallas electrificadas. Los habitantes de esta ciudad se dividen en dos clases: los ricos dominantes, que viven aislados del peligro en un lujoso rascacielos, y los pobres diablos que viven al nivel del suelo y que salen de vez en cuando a saquear las ruinas de pueblos vecinos en busca de las provisiones necesarias, contando para ello con la ayuda de un gigantesco camión convertido en una máquina de guerra y armado hasta los dientes. Dicho monstruo, llamado “Dead Reckoning” (en la versión española lo traducen incorrectamente como “El azote de los muertos”), es la máquina de violencia más contundente del mundo apocalíptico que habitan esos personajes. El conflicto se desata cuando Cholo, uno de los exploradores, resentido porque a pesar de sus esfuerzos no se le permite acceder a la clase social dominante, roba el camión y amenaza con destruir el rascacielos, y con él la ciudad.

Para colmo, la amenaza de los zombis ha cobrado una nueva faceta: los muertos han evolucionado y empiezan a mostrar signos de inteligencia que incluyen (entre otras cosas) conciencia de su poder y uso de diferentes armas (una continuación perfecta al “Bub” de El día de los muertos). Mientras los vivos se pelean por los privilegios de una vida cómoda, las hordas caníbales del exterior se acercan peligrosamente a cumplir su objetivo.

Entonces, dada una premisa tan interesante como esta, ¿cuál es el problema con La tierra de los muertos? Pues bien, quizá sea que por esta vez, y salvo ciertos detalles, no parece que nos encontramos con una película de Romero, sino con una versión de Romero adecuada a los gustos cinematográficos de hoy. La película, más que ninguna otra de su director, se convierte rápidamente en un filme “de acción”, y cuando lo hace, se queda allí. Todavía conserva algunos toques del refinado y macabro sentido del humor de Romero (una inquietante escena inicial muestra a un grupo de zombis intentando tocar instrumentos musicales en un kiosco de plaza), pero poco más. En ningún momento percibí ese sentimiento de reclusión desesperada que impregnaba las tres películas anteriores de principio a fin. En vez de eso la historia nos invita a perdernos en un festival de tiros y más tiros, frecuentemente aderezados con toques de humor que por lo menos son buenos, eso sin duda.

Aún así, no me abandonaba esa sensación de estar en presencia de la más “light” de las películas romerianas que he visto en mi vida. Creo que esto se nota especialmente si consideramos que en las tres películas anteriores no había “héroes”, precisamente porque el ataque de los zombis servía como metáfora para el reflejo de todas nuestras mezquindades e incoherencias como género humano. En cambio, en La tierra de los muertos, los “buenos” (incluyendo mi amada Asia Argento, con lo que imagino solamente el morbo que le debe haber causado a Romero dirigir a la hija de su antiguo jefe) y los “malos” están muy bien definidos, en ocasiones demasiado, lo que hace que su simbología social, característica inconfundible de las tres partes anteriores de la saga, se vea inevitablemente banalizada. De hecho, prácticamente ni se percibe ese comentario sociológico que hacía genial la saga de Romero, y que aquí queda reducido al momento en el que Kauffman, el líder de los “ricos” (interpretado por el siempre efectivo Dennis Hopper) le cae a tiros a los zombis mientras sostiene una maleta repleta de billetes y grita “¡No tenéis derecho! ¡No tenéis derecho!”. Es éste, además del momento en que Kauffman dice que “no negocia con terroristas” (una vaga referencia a nuestro clima político actual que rápidamente es desechada a favor de la trama de acción), uno de los pocos momentos en los que uno ve al viejo Romero asomar la cabeza en medio de una película que tiene más que ver con Resident Evil (2002) que con cualquier otra cosa.

El nivel de sangre y violencia es alto, y los efectos especiales de Greg Niccotero (quien aparece aquí como zombi, al igual que Tom Savini) son espectaculares. El “líder” de los muertos (que aparece en los créditos como “Big Daddy”) es un monstruo enorme cuya sola imagen transmite una sensación de brutalidad pasmosa, como la de un demonio, y es probablemente él quien tiene los mejores momentos de la película. De hecho, de todas las imágenes, me quedo con esa espectacular toma de los muertos vivientes emergiendo poco a poco del agua. Si tan sólo toda la película hubiese tenido esa fuerza.

Porque sin duda, lo que más me molesta, y la principal razón por la que salí decepcionado de aquella sala, fue por el final. Hubiera sido capaz de aceptar cualquier cosa excepto ese final “feliz” (producto sin duda de las exigencias típicas de tener unos “héroes” en estos días timoratos “post 11–S”) en el que los salvadores desaparecen en el horizonte. En fin, una película completamente desaprovechada, superflua, que solamente es entretenida cuando todos esperábamos que fuera realmente buena. Yo solamente puedo decir que Shaun of the Dead (2004) y El amanecer de los muertos (2004) siguen siendo las mejores películas de zombis realizadas en los últimos años. En cuanto a esta, es recomendable para los fans acérrimos de Romero, que siempre deseamos ver al maestro en acción, pero la sombra de sus tres obras anteriores seguirá siendo demasiado grande, y me temo que todavía tendremos que esperar para que este sub–género vuelva a las andadas con todas las de la ley, en una película realmente cañera, y no en este producto de consumo de masas que nos ha sido impuesto a quienes esperábamos (con razón) una obra maestra.

sábado, septiembre 10, 2005

Hoy me declaro en huelga

Bueno, la verdad es que estoy bastante corto de ánimo e inspiración en este momento, lo que revela algo que ya todos ustedes podían entrever por la calidad de varios de mis escritos: a veces no tengo NI IDEA de qué escribir. Además, haber visto anoche La tierra de los muertos (2005) todavía me tiene en shock, y no precisamente por las razones que se imaginan.
Pero en fin, de eso hablaré el lunes. Tomen este post como una forma de protesta.
Ah, y díganme si no están cojonudos esos zombis de la SS.

jueves, septiembre 08, 2005

Dulce Natasha

Para placeres culpables, la trilogía de Species, la mejor mezcla entre tres géneros: el terror, la ciencia-ficción y el porno. Así es, porno. Y si no lo creen, respóndanme a esta pregunta: ¿en qué género cinematográfico colocarían una película cuya trama consiste en un alienígena que se disfraza de tía buenorra buscando copular con la mayor cantidad posible de machos humanos que le permitan crear descendencia?
Pues bien, esta trilogía estará disponible un un solo paquete a partir del 20 de septiembre (Zona 1). El precio está bastante asequible, al menos por Internet. La verdad es que va a ser una gran tentación esta pequeña saga "culpable" de habernos traído a Natasha Henstridge. Si se puede sacar alguna lección de estas películas es que hay que tener cuidado cuando una rubia espectacular te aborda en una discoteca y te pide sin más que la lleves a tu casa... quien sabe, ¡podría querer arrancarte la espina dorsal con la mano!
Escribir una reseña de estas tres películas (cosa que estoy tentado a hacer) me traería problemas a la hora de mezclar los géneros, pero como ya es algo que he hecho en otras ocasiones, creo que me atreveré.
Ah, se me olvidaba, el dibujo que adorna estas letras es la carátula de la edición japonesa (cortesía de Crazy Japan), que me gusta mucho más que la de Zona 1. Pueden verla más grande haciendo clic en ella.

martes, septiembre 06, 2005

Reseña: The Descent (2005)

Es raro, pero a veces sucede que una película puede cumplir con sus espectativas y mucho más. Después de tanto tiempo escuchando hablar de The Descent (2005), el segundo largometraje de Neil Marshall, ya me había hecho a la idea de que los rumores eran exagerados y que seguramente no sería tan buena. Resulta que me equivoqué: no solamente el señor Marshall se ha anotado otro éxito en mi lista personal, sino que además nos ha traído lo que probablemente sea, como dijo una vez Noel, una de las mejores películas de género del año.

Al igual que en el anterior trabajo de su director, el tema en The Descent es la naturaleza y los peligros que encierra. Pero no es, sin embargo, la naturaleza que conocemos, sino una oculta que ni siquiera podemos imaginar. Esta metáfora está perfectamente lograda en un grupo de amigas aficionadas al senderismo, las escaladas, el rafting y la espeleología, siempre buscando el nuevo "reto" y la dominación de la naturaleza en un alarde de auto-suficiencia que sabemos (hemos visto demasiadas películas como para no saberlo) será duramente castigado. Si la situación desesperada de Dog Soldiers (2002) forzaba a los protagonistas a convertirse en una manada y descubrir la fortaleza que lleva el grupo, estas cinco amigas que se pierden en una caverna no tendrán tanta suerte. El encuentro con unas extrañas criaturas (cuyo principal horror reside en las semejanzas que tienen con nosotros) habitantes de la oscuridad hará aflorar todas sus diferencias, revelando asimismo la naturaleza escondida en cada una de ellas, casi tan espantosa como aquella que ocultan las profundidades de la tierra en esa caverna desconocida que parece no ser de este mundo ni esta época.

El descubrimiento de esta naturaleza (y el horror que ello conlleva) es precisamente el gancho de The Descent. Se trata de una película que plantea un hecho muy contundente, una situación dramática que empuja a sus protagonistas (y al espectador) hasta los límites del salvajismo, haciéndoles perder todo trazo de humanidad. En ese sentido, me asombra que los responsables de su distribución aquí en España no hayan traducido su título a El descenso, ya que me parece bastante obvio: descenso a las profundidades, a la locura, a la oscuridad, a los infiernos.

Puedo encontrar muchas razones para recomendar esta película: por su guión efectivo y preciso, por la paranoia y claustrofobia que causa su fotografía, por su atrevimiento a la hora de mostrarnos ese mundo espantoso que se oculta bajo nuestros pies, por ser un cautionary tale tan contundente, por ese clímax apoteósico al mejor estilo de Carrie (1976), con mano que sale de la tierra incluída, y por supuesto, por esa imagen que a partir de anoche ocupa un lugar preferencial en mis pesadillas: Shauna MacDonald cubierta de sangre gritando a la oscuridad. Suya es la transformación más brutal de la película, suyos son los momentos cumbres (su lucha contra una de las criaturas que acaba de perder a su cría es antológica) y suyo ese fantástico final que deja por el suelo todo eso que llaman "el espíritu humano".

Por todas estas razones creo que es necesario revisar este filme, y echar un ojo a la carrera del señor Marshall, que de seguir así, se ganará a pulso un puesto en el panteón del cine de terror. Lo aseguro.



[Nota: aquellos que hayan visto la película quisiera que por favor le echaran un vistazo a este póster canadiense, y díganme cuántos de los elementos que salen en él aparecen REALMENTE en la película. ¡Viva el cine de explotación!]

domingo, septiembre 04, 2005

Reseña: Ringu (1998)

Es imposible negar que Ringu (1998), la película que lanzó a la fama al director japonés Hideo Nakata, es un ejemplo perfecto de lo que es un filme de culto. Desde que se estrenara esta cinta (basada en la novela de Koji Suzuki, el “Stephen King de Japón”), su éxito se ha propagado con una rapidez que en nada desmerece aquella maldición de la que habla. Hasta la fecha ha producido, en su Japón natal, dos secuelas y una precuela, además de dos remakes extranjeros, uno de los cuales ya ha producido una secuela propia. ¿Pero a qué se debe toda esta fiebre?

El tema no es nuevo, pero Ringu aborda como pocas películas el tópico de las leyendas urbanas. En su caso particular, habla de una extraña maldición que rodea a un vídeo grabado en una apartada provincia japonesa. El vídeo, cuyas imágenes sólo pueden catalogarse como un sueño surrealista, mata en siete días a todo aquel que lo vea. La investigación acerca de los orígenes de la cinta corre a cargo de Reiko, una periodista que, tras la muerte de su sobrina a manos del vídeo “maldito”, debe encontrar la manera de anular su efecto antes de que ella misma sucumba. Para ello cuenta con Ryuji, su ex–esposo, un hombre que posee poderes extra–sensoriales y que por lo tanto está en “sintonía” con el espíritu que se esconde tras la cinta.

Para estas fechas es muy probable que todo el mundo conozca la historia de esta película o de su remake americano: The Ring (2002). Ahora, tras ver el original (debo admitir que mi primer acercamiento a esta historia fue a través de su versión foránea) no dudo que Nakata ha sabido proporcionar una atmósfera sutil y “perturbadora”, si bien no necesariamente “terrorífica”. Esa sutileza hace que Ringu sea una película diferente, con más énfasis en la historia que en los sustos. Pero también (y esto hay que reconocerlo) puedo entender perfectamente a aquellos que piensen que la película es un tanto aburrida, demasiado acarreada por una trama que no se cierra del todo, por un misterio detectivesco que prevalece sobre el “terror” y que encima deja muchas incógnitas y agujeros argumentales.

Hay algo, sin embargo, que resalta mucho en esta película y que la versión americana no tiene: Ringu es mucho más explícito en cuanto al origen de su “villano”, el fantasma de una niña con poderes paranormales llamada Sadako. Mientras que su equivalente anglosajona (Samara) nos es descrita en la película como una criatura maligna más o menos porque sí, la Sadako de esta cinta original comienza como una leyenda urbana, pero desemboca en toda una mitología que se remonta a conceptos muy antiguos de la cultura nipona, como son los espíritus habitantes de la naturaleza y el culto a los antepasados. Entre sus defectos, que los hay, yo señalaría aquellos aspectos puramente folletinescos que, al estar pobremente trazados, no aportan nada a la historia, siendo el mejor ejemplo los supuestos poderes paranormales de Ryuji, que en el mejor de los casos son utilizados como una barata herramienta argumental para “revelar” hechos pasados que no hubiésemos podido saber de otra forma. Sospecho, mas no puedo afirmar con certeza, que estos detalles obedecen más a un deseo por parte del guionista de permanecer fiel a la novela de Suzuki.

En fin, una película de gran ambiente y tema, con una ejecución un poco tediosa y enrevesada, pero que sólo por ser la original ya es referencia obligatoria. Ringu es uno de esos casos en que el cine puede ser realmente un culto de masas, pero tengo el presentimiento de que aquel que se enfrente primero a su remake americano verá seriamente perjudicada su experiencia con esta. Al menos, creo que ése fue mi caso.

jueves, septiembre 01, 2005

Reseña: La noche de los muertos vivientes (1968)


Si hay una película que haya causado genuino asco en el momento de su estreno, esa es sin duda La noche de los muertos vivientes (1968), el debut cinematográfico de uno de esos "míticos" directores de género, el genial George Romero. La película, un auténtico sueño hecho cine, fue realizada con las uñas en la localidad de Pittsburg, filmada en blanco y negro, no por razones estéticas ni artísticas, sino simplemente por burdos motivos de presupuesto, con un guión que explotaba el morbo de los espectadores y una ferocidad inusitada que no buscaba justificarse en ningún momento. Es el terror en estado puro, el miedo que proporciona aquello que no entendemos, aquello que no podemos vencer porque ni siquiera es posible determinar sus orígenes, sus intenciones o su auténtica naturaleza.

Tienen razón aquellos que, como Stephen King, dicen que con La noche de los muertos vivientes el cine de terror cambió para siempre, para bien o para mal. De hecho, nos hayamos quizá ante la primera película moderna de terror (este comentario tiene un sentido valorativo, no cronológico) ya que, hasta la fecha, el cine de género todavía se basaba en la atmósfera gótica de los mitos clásicos (vampiros, hombres–lobo, criaturas provenientes de esferas infernales) que la Hammer había resucitado recientemente. Nada de eso encontramos en la obra de George Romero, en la que por primera vez encontramos, en todo su esplendor, el que será uno de los nuevos (y duraderos) fenómenos físicos del género cinéfilo de miedo: el zombi.

Decir que existían películas de zombis anteriores a esta es, al mismo tiempo, cierto y falso. Hasta la fecha, la inserción de cadáveres re–animados se había utlizado en el cine, destacando especialmente White Zombie (1932), la película de Victor Halperin con Bela Lugosi, la ya clásica I walked with a zombie (1943) de Jacques Tourneur, o la involvidable Plan 9 From Outer Space (1959) de Ed Wood. Pero todas estas películas, si bien contaban con los muertos vivientes entre sus filas, lo hacían incorporándolos a una tradición narrativa que provenía, en algunos casos, de un estilo ya anquilosado de hacer cine. En otras instancias, se intentaba hacer referencias cultas a cierto exotismo afro–caribeño, algo que muchos años después llevaría Wes Craven hasta el límite con su casi documental película La serpiente y el arcoiris (1988).

Nada de eso hay en La noche de los muertos vivientes. Los cadáveres ambulantes de George Romero simplemente aparecen desde el principio de la película y nunca son explicados. De todas maneras, pronto está muy claro que eso es lo de menos, porque si algo intenta la cinta no es mostrar la épica lucha entre dos razas (los vivos y los no–muertos) sino los intentos desesperados de sobrevivir que acomete un grupo de personas forzadas a colaborar en una situación desfavorable. ¿Conclusión? Ese grupo de humanos atrapado en la cabaña asediada por los muertos vivientes puede ser tan salvaje e inhumana como la horda de cadáveres caníbales que se agolpa (cada vez en mayor número) a su puerta. A medida que transcurre la película, los finos lazos que los unen (basados sobre todo en una concepción egoísta de la supervivencia del más apto) se debilitan cada vez más, y para cuando llega el impresionante clímax de la historia, nos enfrentamos al que es quizá el mayor horror de la civilización occidental: la caída del sistema, el Caos absoluto.

Porque lo que más horroriza del zombi es precisamente el hecho de que es uno de los nuestros, irreconocible tras la muerte, desposeído por completo de memoria, afectos o intenciones, guiado solamente por la más elemental de las necesidades: el hambre. George Romero lo explotaría cabalmente en sus dos secuelas posteriores: El amanecer de los muertos (1979) y El día de los muertos (1985), con una tercera secuela estrenada este mismo año. Imitada y parodiada hasta la saciedad, ésta su primera película continúa siendo una referencia ineludible del horror en su estado puro, pero que además (y gracias a esa increíble secuencia final) nos deja con un terrible sabor de boca: lo que nos espera al otro lado de la descomposición de nuestro supuestamente seguro e inalterable orden es el infierno sobre la tierra, la depredación del hombre contra el hombre, el Fin.

Por cierto, en 1999 el gobierno de los Estados Unidos declaró esta película como "culturalmente significativa", razón por la cual es hoy en día Patrimonio de la Nación y está preservada en el Registro Cinematográfico Nacional.

martes, agosto 30, 2005

Míticos: Rick Baker (1950 - )

Si alguna vez te ha impresionado el trabajo de maquillaje de una película, lo más probable es que detrás de las cámaras haya trabajado Rick Baker, auténtico maestro a la hora de traer a la vida cuanto adefesio haya pasado por la mente de guionistas, directores ya afines. Si lo que se necesita es hacer realidad cualquier criatura, por imposible que sea, Baker es el hombre. Su trabajo, alabado dentro y fuera del mainstream hollywoodense, le ha valido (hasta la fecha), seis premios Oscar, aunque para ser justos, sólo uno de esos galardones ha sido por una película de terror.
Rick Baker nació el 8 de diciembre de 1950 en Binghamton, localidad del estado de Nueva York. Desde muy joven tuvo una extraña fascinación con los gorilas, y serán precisamente estos seres los que tendrán una influencia decisiva en su éxito como artista del maquillaje y los efectos especiales "a la antigua". Entre sus primeras anécdotas se cuenta que, a los 14 años, intentó maquillar a un amigo suyo para hacerlo pasar por un anciano y registrarlo en un asilo. Estando todavía en el instituto, confeccionó un traje de gorila que se pondría en varias ocasiones para trepar por los árboles y divertir a sus compañeros.
A los 18 años, Rick Baker vio la película El planeta de los simios (1968), que le dejaría marcado de por vida. Tras confeccionar una máscara de mono similar a las de la película, se dejó ver por numerosos autocines donde el famoso film de ciencia-ficción era proyectado, tan sólo para ver las reacciones de la gente. Ya estaba claro cuál era la vocación del muchacho.
Su primer trabajo fue en 1971, cuando diseñó el traje del monstruo principal en la película de bajo presupuesto Octaman. Por su labor le dieron 1.000 dólares. Durante los años sigiuentes se abrió camino gracias a otras películas de terror serie B que luego se transformaron en auténticos clásicos del género: It's Alive (1974) y Squirm (1976). En la primera, su labor fue crear las criaturas protagonistas de la película, una raza de bebés mutantes que despedazaban y devoraban a quien se le pusiera enfrente. En la segunda, tuvo que llevar a la realidad un ataque de millones de gusanos carnívoros, todo esto antes de que los efectos digitales se pusieran de moda.
La primera oportunidad de Rick Baker con una producción de altos vuelos fue cuando, en 1976, Dino de Laurentiis produjo el remake de King Kong, con Jeff Bridges y una debutante Jessica Lange. Baker fue contratado para sustituir a Carlo Rambaldi y a su gigantesco personaje animatrónico. Lo que Rick hizo fue confeccionar un traje de gorila mucho más barato y enfundárselo él mismo para hacer las escenas del simio. Su trabajo resultó aceptable (para los estándares de la época) pero la crítica destrozó la película, y Baker se vio de nuevo lanzado a la serie B. A pesar de haber realizado el maquillaje en Star Wars (1977), pasó prácticamente desapercibido en producciones menores por varios años, hasta que le llegó la oportunida de su gran regreso.A finales de los 70, Rick Baker fue contactado por el director John Landis, quien por aquel momento trazaba los planes para su película Un hombre-lobo americano en Londres (1981). Baker, que tenía pensado desde hacía bastante tiempo un proceso que le permitiría convertir a un hombre en licántropo de cuerpo entero, aceptó con la condición de poder trabajar con los actores MESES antes de que la película empezara a rodarse. Landis tomó aquel riesgo, y el resultado sigue siendo una de las transformaciones más espectaculares del cine de género. Rick Baker ganó con esta película su primer Oscar, pero sobre todo ganó el respeto de todos en la industria. Se le consultó para los efectos especiales de El aullido (1981), otra película de licántropos estrenada ese mismo año. Posteriormente su trabajo se multiplicó, aplicando sus conocimientos a grandes películas de género como Videodrome (1983), de David Cronenberg. También trabajó en el videoclip de Michael Jackson Thriller, donde además, en un alarde jocoso de sus propias habilidades, hizo el papel del zombi al que se le caen los brazos.

Rick Baker volvió a trabajar con gorilas en Greystoke: la leyenda de Tarzán (1984) y Gorilas en la niebla (1987), donde el reto no fue crear monstruos, sino seres que se pareciesen lo más posible a animales reales. Esta vez, sus simios fueron mundialmente alabados. Su regreso al género sería, sin embargo, tiempo después, cuando conviritiera a Jack Nicholson en licántropo para la película Lobo (1994). Ese mismo año ganaría su tercer Oscar trayendo de nuevo a la vida al actor de terror Bela Lugosi (sobre el rostro de Martin Landau) en Ed Wood, la película de Tim Burton.

En 1997 Rick Baker unió fuerzas con otro titán del látex y el maquillaje, Stan Winston, en la película Men in Black. Sin embargo, sería pocos años después cuando llegaría otro de sus mejores trabajos. Baker se enteró de que Tim Burton preparaba un remake de El planeta de los simios y, recordando aquellas experiencias en el autocine, le prometió al director que él podía preparar un maquillaje que superara al de la película original. Y así fue; los monos de Rick Baker (todos ellos diferentes entre sí) fueron la sensación de la película, que si bien ha sido destrozada por la crítica, sigue siendo una prueba del indiscutible talento de este hombre.

Hasta la fecha, los últimos trabajos de Rick Baker en el cine de terror han sido las dos partes de The Ring (2002). En el interín realizó los efectos especiales para Hellboy (2004) y los licántropos de Cursed (2005), aunque en esta última los resultados no han sido para nada positivos. Habrá que ver que prepara bajo la manga este hombre, en quien la palabra "mago" no está desperdiciada.