lunes, marzo 05, 2018

Reseña: Ju-on: White Ghost (2009)

Quienes hayan seguido este blog desde sus inicias conocen de sobra mi confesa debilidad por la saga de The Grudge en todas sus (numerosas) encarnaciones, ya sea con los telefilmes originales, los largometrajes japoneses, su remake americano y un largo etcétera que sería demasiado para este espacio. Recientemente nos enteramos de que Hollywood prepara un nuevo remake (sí, otro) que comenzará la historia desde el principio, y que su director y guionista será Nicolas Pesce, cuya obra The Eyes of My Mother (2016) pasó recientemente por aquí. ¿Qué mejor excusa para volver a la saga original y terminar de echar un vistazo a las cinco películas que nos quedaban para completar la saga?

Lo cierto es que esta que tenemos hoy no se trata de una secuela, sino de la primera mitad de un curioso experimento que surgió en 2009 para celebrar los diez años de la saga: el propio Shimizu dejó esta vez las riendas de la dirección en otras manos y se limitó a producir dos cintas estrenadas en paralelo, al estilo y con los temas de Ju-on: The Grudge (2003) pero con argumentos completamente independientes, películas que homenajeaban la trayectoria de la saga pero que al mismo tiempo volvían a sus más modestos inicios. El primero de estos trabajos que tocaremos aquí es Ju-on: White Ghost (2009). 

Si bien, como decíamos arriba, la historia es completamente distinta, todos los puntos importantes de la saga se mantienen: White Ghost trata también sobre una maldición viral ligada a una casa y que se va extendiendo sin piedad a todos aquellos que entran en contacto con ella. Al igual que sus predecesoras, está narrada en fragmentos autoconclusivos que se centran en distintos personajes, presentados en un orden no-lineal que obliga al espectador a ir armando la trama dentro de su cabeza. Esta, sin embargo, es muy sencilla y la escasa cantidad de diálogos hace que sea muy fácil de seguir. De todas formas, como siempre, el énfasis de la película se encuentra en las muertes surrealistas y en la magnífica atmósfera que consigue en unas escenas rodadas en plena luz del día y en espacios cotidianos. En este sentido está muy bien hecha y su homenaje a los aspctos más conocidos de la saga es sincero.

Lo único que podemos criticarle probablemente sea el hecho de que no es tan buena como las anteriores, principalmente porque es una película demasiado sencilla y poco ambiciosa: a pesar de que consigue algunas imágenes realmente inquietantes y hasta cierto punto originales, palidece en comparación con las primeras entregas de Shimizu y tanto la pobreza de sus medios como su escueta duración de una hora le dan una apariencia muy barata en ocasiones que se nota y que rebaja sus por otro lado innegables aciertos, pero incluso los más flamantes logros de este largo estaban presentes ya no en la original, sino en aquellos micrometrajes que el propio Shimizu rodó diez años atrás. La volvi a ver ahora, casi una década desde su estreno, para ver qué tal había envejecido, y aunque sigue siendo interesante y en ocasiones pavorosa, lo cierto es que se ha quedado un poco corta. A pesar de esto, aquellos que como yo sean seguidores de la saga tienen que verla, porque conserva al menos parte de aquello que hizo grande a sus antecesoras.