martes, mayo 25, 2010

Reseña: Piraña (1978)

Una revisión es más que suficiente para darnos cuenta de que Piraña (1978) es no sólo una de las más divertidas películas de monstruos de finales de los setenta, sino también una de las más sobresalientes y recomendables producciones de la carrera de Roger Corman, quien puso al mando de esta cinta nada menos que a su alumno más aventajado, Joe Dante, quien debuta aquí como director. La película es también, junto con Orca (1977) uno de los más famosos exploits de Tiburón (1975), algo hecho sin complejos y de forma plenamente consciente, como demuestra la máquina recreativa de dicha película que sale al principio. De hecho los estudios Universal se plantearon demandar a los responsables de Piraña por plagio, y si no lo hicieron fue porque el propio Steven Spielberg se declaró públicamente fan de la película.

La huella de la cinta de Spielberg es evidente al repetirse aquí el mismo esquema en una escala más modesta, partiendo de la base de un cardumen de pirañas modificadas genéticamente como parte de un proyecto abandonado del ejército de Estados Unidos y que consiguen escapar de su cautiverio para dirigirse a un resort veraniego al borde de un lago. A la amenaza de las pirañas se suma la incredulidad de las autoridades y, sobre todo, de los dueños del resort que no desean poner en peligro sus ganancias económicas. Es, como podemos ver, un argumento muy similar al de la famosa cinta del escualo asesino, a excepción de la subtrama de los personeros del gobierno que da a la película una capa ecologista y antibelicista muy a tono con el discurso transgresor de la época. La otra gran diferencia reside en el tratamiento abiertamente cómico que tiene la película; Piraña se mueve muy inteligentemente entre el terror, el gore (sutil en comparación con otras producciones de la época pero presente) y un sentido del humor muy bien llevado. Esta tendencia a la comedia no impide que la película tenga momentos de una crueldad inusitada (algunos de ellos hasta involucran niños) pero incluso así nunca llega a ponerse demasiado seria, lo cual es algo típico de Joe Dante, quien muchas veces ha manifestado no sentirse cómodo con el horror puro.

A las pirañas como tal las vemos muy poco. Es más el caos que producen y la sensación de que algo se mueve bajo el agua lo que nosotros como espectadores percibimos, lo que crea una tensión muy interesante en esos personajes que evitan a toda costa posar sus carnes bajo la superficie del río. La reticencia a mostrar a las pirañas es algo que sin duda parte de las limitaciones de la película en cuanto a presupuesto, pero está resuelto de forma muy inteligente y es otra de esas situaciones en las que la carencia de medios funciona como estimulo perfecto a la creatividad del director (otra semejanza con Tiburón, podríamos decir). Por fortuna el énfasis que Dante da a los personajes está respaldado con un trabajo actoral bastante bueno que no se limita a los dos simpáticos protagonistas sino también a los secundarios, donde vemos a varios actores recurrentes de anteriores trabajos de Roger Corman como el siempre presente Dick Miller o Barbara Steele, quien sobreactúa gloriosamente en cada uno de los minutos que está en pantalla.

El clímax final de caos en el resort es uno de los pocos momentos en los que la cinta se deja llevar por el camino del impacto, pero incluso esta secuencia está realizada con mucha clase. Ahora que estamos a punto de tener en nuestras manos el remake de Alexandre Aja, revisitar esta opera prima de Joe Dante es una muy buena idea, sobre todo teniendo en cuenta que se realizó con un alcance mucho menor que el blockbuster de verano que está a punto de estrenarse. Más allá de su condición de semi-plagio de Tiburón, no está de más recordar que Piraña es ante todo una gran película de ese género de "la naturaleza contra el hombre" que sabe tomarse su premisa con ligereza y sentido del humor y aún así sacar de ello una cinta redonda y efectiva, que es más de lo que se puede decir de la mayoría de subproductos autoconscientes que suelen escudarse tras la excusa fácil de la parodia.