lunes, abril 23, 2018

Reseña: Emelie (2015)

Emelie (2015) es, superficialmente al menos, otra entrada más en el extenso universo de thrillers acerca de invasores del ambiente familiar. Aquí en este blog ya hemos reseñado varias de ellas, con El padrastro (1987) y La huérfana (2009) como los dos referentes más obvios y aquellos a los que inevitablemente volvemos una y otra vez. Algo de eso hay en esta película de la que hablamos hoy, en la que vemos el enfrentamiento entre una niñera con muy malas intenciones y uno de los niños que no tarda en ver venir el desastre que incluso el público puede intuir.

A pesar de que no tiene nada realmente destacable, debo reconocer que comienza muy bien, y al menos tiene el valor de dejar bien clara la identidad de la niñera desde el primer minuto, ya que incluso desde el momento en que la vemos por primera vez ya nos queda muy claro que algo no está bien. De hecho, toda la primera mitad es muy interesante ya que durante ella se ve a la chica intentando corromper moralmente a los niños en secuencias genuinamente desagradables y que dudo mucho que quiera volver a ver. Algunas de estas escenas son demasiado obvias (siempre me ha parecido un recurso muy barato, por ejemplo, utilizar escenas en las que el villano tortura a un animal para hacerle ver al público lo malo/a que es), pero no se puede negar que funcionan y que "Emelie" es sin duda alguna alguien peligroso. El hecho de que la película esté narrada desde el punto de vista de los críos ciertamente ayuda.

Por desgracia, el desenlace ya no es tan interesante y una vez que se revela el verdadero plan de la niñera la cinta se vuelve mucho más predecible gracias a un clímax de persecución un tanto chapucero y fácil, con una carnicería mucho menos atractiva. Si algo salva a la cinta, tanto en este final como en el resto del metraje, es el muy buen trabajo de la joven actriz Sarah Bolger en el papel de Emelie, quien logra canalizar gran parte del mal rollo visto en personajes similares y que es, con toda seguridad, la única actuación memorable del conjunto a pesar de que su interpretación está por encima de la calidad del guión. Pero insisto: los mejores momentos están en la primera mitad, mucho más lenta, cuidadosa y sobre todo más intrigante al hacer que la villana muestre incluso algo de (fingida) vulnerabilidad ante sus potenciales víctimas.

Emelie quizás no sea una de las entradas más sólidas en el mundo de los thrillers familiares, pero el ambiente que consigue en un modelo tan trillado como es del cine de terror con niños de por medio es algo nada fácil de conseguir. Si eres alguien a quien, como yo, le gustaron esas dos cintas que mencionaba al principio de esta reseña, entonces tienes que echarle un vistazo.

viernes, abril 20, 2018

Reseña: Un lugar tranquilo (2018)

Aunque sin duda ha terminado siendo uno de los estrenos de terror más comentados de lo que va de año, lo que más me sorprendió de Un lugar tranquilo (2018) fue descubrir, ya desde el principio, que era una película de Platinum Dunes, la productora de Michael Bay que durante la década pasada se especializó en realizar remakes de obras clásicas de terror ganándose entretanto el desprecio de gran parte de la crítica a pesar de que sus producciones han sido por lo general un éxito. En esta ocasión han acometido el que quizás sea su trabajo más arriesgado y uno de los más interesantes, ya que algunas de sus decisiones son poco habituales en este tipo de cine. Una de ellas ha sido precisamente el haber contratado como director a John Kasinski, actor inevitablemente ligado a la comedia The Office y que aquí dirige, escribe y se reserva el papel principal. 

Una de las mejores cosas que tiene es el aprovechamiento inteligente de su premisa postapocalíptica, en la que la Tierra ha sido devastada por unas extrañas criaturas que se guían por el sonido obligando a los escasos sobrevivientes a llevar su día a día en total silencio. Esta idea, sin embargo, no es simplemente un gimmick porque las apariciones de los monstruos están muy dosificadas y el suspense se mantiene no tanto en sus ataques como en la posibilidad de que aparezcan y la tensión permanente en la que viven los personajes. Es una idea muy buena que está llevada a cabo de forma más ingeniosa de lo que en un principio parece, y aunque la película sí que tiene un énfasis particular en la acción y su estructura será más que conocida para muchos, es muy entretenida y mantiene el interés de principio a fin a pesar de utilizar uno de los mayores lugares comunes del cine comercial como es la idea de la familia en peligro.

Porque no hay que perder de vista que, pese a haberse ganado tantas alabanzas por parte de la crítica, Un lugar tranquilo sigue siendo cine de terror mainstream al cien por cien. La aparentemente arriesgada decisión de suprimir casi por entero los diálogos (creo que no hay más que un par de minutos de estos en toda la película) no significa que no haya sonido; de hecho, la cinta emplea constantemente música y efectos sonoros para hacerle saber al público exactamente cómo se debe sentir y cómo debe reaccionar, a veces de forma un tanto excesiva porque me parece que muchos de los momentos de silencio quedaron bastante desaprovechados al haber metido una constante música incidental y sustos repentinos. La estructura de la familia en peligro es, como mencionaba antes, algo muy trillado pero al menos está hecho de forma un tanto más eficiente ya que el elenco infantil es, en su mayoría, muy bueno y la premisa del apocalipsis contenido en un único grupo y una única locación me hizo recordar a Señales (2002), de M. Night Shyamalan, película con la que tiene muchos puntos en común y circunstancias dramáticas prácticamente idénticas aunque carezca del oficio que aquella tenía.

Al final es poco lo que puedo decir; Un lugar tranquilo es una película quizás no muy inteligente y en muchos sentidos es una cinta de terror del verano, con sus sustos fáciles, sus criaturas CGI y el personaje de Emily Blunt que es francamente secundario a pesar de lo que el material publicitario quiere hacernos creer, pero es también una historia muy eficiente y en ocasiones ingeniosa que me entretuvo lo suficiente como para dejarle pasar sus carencias y algunos momentos un tanto absurdos. En esta casa nos ha gustado. 

miércoles, abril 11, 2018

Reseña: The Lodgers (2017)

El terror sobrenatural mainstream es, con toda seguridad, el más prolífico de todo el panorama de miedo que nos podemos encontrar hoy en día, y The Lodgers (2017) está destinada a engrosar sus filas prácticamente desde su concepción, ya que se trata de una obra en la que todo está medido para tocar las teclas justas en un público muy habituado a este tipo de trabajos. Aunque muy probablemente no terminemos viéndola estrenada en un cine, esta producción irlandesa del muy interesante director Brian O’Malley es explotación gótica de principio a fin, aunque lamento decir que con ella se ha perdido una oportunidad muy evidente para tocar ciertos temas y dar a la película algo de sustancia. Al final, esta historia de fantasmas y maldiciones familiares termina siendo poco más que una historia de terror gótico muy similar a las que llevamos viendo desde siempre, y sus referentes más claros tanto en el cine como en la literatura no la salvan de ser un trabajo muy superficial que podría haber dado para mucho más.

Cuando hablo de referentes me refiero principalmente al batiburrillo que la historia se marca con varias historias de caseríos siniestros que conocemos muy bien, sobre todo La caída de la casa de Usher, con la que comparte muchos elementos tales como la historia de una familia maldita y la representación de la nobleza como un aspecto decadente que se manifiesta en una trama de incesto para nada sutil ya que constituye uno de los principales puntos de la obra. En concreto es la historia de dos jóvenes hermanos que comparten una enorme mansión prácticamente en ruinas en las afueras de un pueblo durante la Primera Guerra Mundial y que son constantemente acosados por los fantasmas de sus padres, que incluso desde el más allá les impiden poner pie fuera de su casa una vez que se pone el sol. 

La película revela la existencia real de los fantasmas desde el principio, con lo que cualquier idea de ambigüedad es abandonada desde el primer momento. De hecho, es mucho más interesante la relación entre los dos hermanos, un enfrentamiento entre el el oscuro y atormentado hermano varón que sólo desea obedecer a sus padres y perpetuar la maldición familiar y la joven chica que por el contrario desea escapar y liberarse de las ataduras de su familia. Es esta confrontación, esta relación de amor-odio entre los dos aquello realmente atractivo del argumento y ante lo cual todo lo demás se siente como un agregado superficial y banal, no sólo los componentes de terror y la aparición explícita de los fantasmas sino también la subtrama amorosa que surge entre la chica y uno de los jóvenes del pueblo, un romance salido un poco de la nada y que no aporta realmente mucho. 

Pero el principal punto en contra de The Lodgers y aquello a lo que me refería en un principio como oportunidad perdida es que el argumento deja asomar un interesantísimo subtexto acerca de la entrada  en el siglo XX y la inevitable desaparición de la decadente nobleza europea de antaño ante su propia degradación e inutilidad en el mundo moderno, representado en ese caserío que se cae a pedazos y esos hermanos encerrados que desean (cada uno a su manera) escapar de su situación. Eso resultó para mí lo más destacable, y un tema por el cual por desgracia se pasa de puntillas en beneficio de unas imágenes fantasmales de espectros acuáticos que he terminado viendo por todas partes desde principios de la década pasada. En este sentido la película resulta eficiente, pero también una ligera decepción ya que podía haber sido mucho más. 

lunes, abril 09, 2018

Reseña: The Devil's Candy (2015)

Sean Byrne, director de la muy recomendable The Loved Ones (2009), tuvo hace un par de años su segunda película de terror con este trabajo muy diferente a aquel con que lo conocimos, alejado esta vez de los preceptos del horror fisico y entrando de lleno en lo sobrenatural, y aunque no llega a los niveles de calidad de su entrada en el torture porn sí que resulta una obra de lo más eficiente que consigue en su mayor parte eludir varios de los clichés que este tipo de historias suelen tener. Con todo esto, The Devil’s Candy (2015) puede que no sea su trabajo más original, pero al igual que como ocurría con su película anterior, Byrne consigue sacar momentos inesperados de ideas ya muy explotadas, en esta ocasión jugando con la idea del artista acosado por un misterio de ultratumba que, paradójicamente, resulta una de sus mayores fuentes de inspiración a la vez que lo va destruyendo como persona. Es un concepto que se ha plasmado muchas veces a lo largo de los años pero que aquí está llevado con personalidad y de manera muy efectiva.

Ambientado esta vez en medio del entorno rural americano y con un irreconocible Ethan Embry en el papel principal, el argumento va sobre un pintor que se muda con su familia a una granja y ve cómo su obra comienza poco a poco a verse afectada por una presencia sobrenatural que intenta comunicarse con él. Paralelamente, su familia es rondada por un asesino en serie que parece guardar alguna relación con la experiencia que está viviendo. Ambas tramas transcurren de forma más o menos independiente y se van acercando hacia el final, una vez que el misterio sobrenatural es revelado. De todas formas, lo interesante está no tanto en este misterio en sí sino en el proceso de transformación del propio protagonista, que va sufriendo su propio viaje interior al lado más oscuro de sí mismo a medida que su contacto sobrenatural comienza a apoderarse de él.

Como decía, el argumento no es lo que se dice muy original y tanto el misterio como la idea del artista atormentado que alcanza sus mejores trabajos a medida que va perdiendo su humanidad son cosas que se han hecho muchas veces antes, pero la película lo compensa con creces gracias a la atmósfera que construye Sean Byrne y que en cierta forma ya había adelantado en The Loved Ones: al igual que en esta, en The Devil’s Candy también hay una estética calurosa y opresiva que se arma gracias al contraste entre el entorno rural y la música death metal que escucha el prota y que se convierte en parte de su identidad. Las escenas sobrenaturales son muy sutiles comparadas con la abierta representación de lo fantasmal que suele tener este tipo de cine hoy en día, y de hecho los principales momentos de terror vienen con la obra del pintor y la forma en que va volcando su mundo interior en ella. En otras manos, sin ese particular estilo, esto probablemente hubiese sido un trabajo muy inferior y es precisamente gracias al buen oficio detrás de ella que termina elevándose por encima de lo que su trama le hubiese deparado. 

El único problema que tengo es que la cinta deja al final todo demasiado bien atado para mi gusto, y se esfuerza en cerrar de forma definitiva el argumento principal a la vez que deja abierta la subtrama del decadente arte del protagonista y el súbito interés que despierta en un siniestro coleccionista de obras macabras, un ángulo que no lleva a nada a pesar de que de entrada parecía mucho más interesante incluso que la trama principal. Pero aparte de eso, estamos ante una historia de terror muy buena que pasó más o menos desapercibida entre muchos productos similares y que habría que rescatar porque sin duda lo merece. 

lunes, abril 02, 2018

Reseña: XX (2017)

Lanzada de forma modesta el año pasado pero con cierta repercusión una vez llegó su estreno digital, XX (2017) es otra cinta de antología temática de las que tanto parecen abundar hoy en día y de las cuales ya hemos tocado numerosos ejemplos, casi siempre girando alrededor de un gimmick que sirve de punto de unión para los diferentes segmentos que la componen. En esta ocasión, el gancho está en que los cuatro relatos independientes están todos dirigidos por mujeres. Este detalle es quizás su punto más interesante y aquello que me hizo querer verla, aunque el resultado ha sido una ligera decepción por varios motivos. 

El primero de ellos es que en general no ha sido lo que se dice muy memorable salvo por el primer segmento, titulado The Box y basado en un cuento corto de Jack Ketchum. Este relato es el mejor de los cuatro y uno que tiene un tono inmejorable que hubiese funcionado muy bien para toda la antología. Los otros tres son una comedia de terror acerca de una mujer intentando ocultar un cadáver durante la fiesta de cumpleaños de su hija, una historia de campistas que se encuentran con un monstruo invocado por unas misteriosas pinturas rupestres, y un relato sobre el Anticristo contado desde la perspectiva de su madre humana y el vínculo que esta llega a sentir con un hijo al que no puede evitar amar a pesar de ser literalmente la encarnación del Mal.

Este último segmento, por cierto, me pareció muy curioso porque aunque no sea tan memorable en sí mismo, es el único de los cuatro que cuenta con una premisa exclusivamente femenina, a diferencia de los tres restantes que tocan temas más genéricos. Es también una premisa muy buena y genuinamente interesante que podría perfectamente haber sido ampliada en forma de largometraje. El episodio está dirigido por Karyn Kusama, una directora que ya hemos reseñado aquí con películas interesantes como Jennifer’s Body (2009) o la excelente The Invitation (2015) y que es la única cineasta del conjunto que se puede considerar conocida en el horror mainstream, un detalle extraño por sí mismo ya que normalmente estas cintas de antología suenen reunir nombres con cierta trayectoria. Teniendo en cuenta que en los últimos años ha habido varias ejemplos de directoras de terror que han alcanzado renombre, no deja de resultar raro.

A pesar de todas sus carencias, XX tiene momentos muy interesantes, grandes aciertos a nivel estilístico y, en general, un acabado menos comercial que la hace al menos más arriesgada en comparación con muchas de sus contemporáneas a pesar de que el resultado final sea un tanto olvidable. Insisto en que el primer episodio es el único realmente redondo, pero sabe a poco en una película algo mediana que desaprovecha muchas de sus oportunidades.  

viernes, marzo 30, 2018

Reseña: Carnage Park (2016)

Aquellos que sean amantes del horror físico están de suerte, porque en lo que se refiere a este subgénero Carnage Park (2016) es probablemente uno de los trabajos más interesantes que se pueden encontrar por allí. La he vuelto a ver recientemente y me reafirmo en mi opinión inicial: lo que en un principio parece ser otro survival horror ambientado en el desierto americano (con La matanza de Texas (1974) y Las colinas tienen ojos (1977) como obvios y principales referentes) se convierte de repente en una de las cintas más intensas que he visto en los últimos años. Es una muy buena película que se libera pronto de sus influencias y logra una tensión y un ritmo envidiables con apenas un par de personajes y una ambientación muy bien aprovechada.

Escrita y dirigida por Mickey Keating, joven promesa de la escuela de Larry Fessenden (quien por cierto parece estarse dedicando en los últimos años a aparecer como actor en varias de estas películas de terror de bajo presupuesto), Carnage Park recuerda al principio a una cinta de Tarantino en el sentido de que durante los primeros minutos parece un trabajo distinto, centrándose en la figura de una pareja de asaltantes de bancos en fuga de la justicia que toman como rehén a una chica y que sin quererlo entran en el coto de caza de un psicópata armado hasta los dientes. A partir de este momento la historia toma un giro radical y se convierte en un juego de gato y ratón en el que la joven (intepretada por Ashley Bell, a quien probablemente recordaréis por la excelente El último exorcismo (2010) y su no tan impresionante secuela) debe buscar la forma de escapar del parque y del asesino. 

Pero lo que en otras manos quizás habría sido otra repetitiva muestra de violencia y muertes sin sentido, aquí se convierte en algo muy especial. De hecho, uno de los principales aciertos de la película es que despacha a los asaltantes prácticamente desde el principio y convierte a la trama en una única persecución entre la chica y el villano, el cual para variar está dotado de una personalidad propia y no es sólo una sombra anónima. Pero el hecho de estar enfocada prácticamente por completo en dos personajes no la hace lenta ni aburrida sino todo lo contrario: es una cinta muy intensa y violenta, con una atmósfera calurosa, abierta y asfixiante que se va haciendo cada vez más angustiosa hasta desembocar en unos últimos veinte minutos demenciales de los mejores que he visto en mucho tiempo. 

Recuerdo que cuando la vi inicialmente hace casi dos años, pensé que esta era una película que requería de un tipo de público muy específico que supiese apreciar su truculencia y su reverencia hacia cierto tipo de cine de horror que no es tan común aparte de los primeros trabajos de Rob Zombie. Esto queda evidenciado además por esa estética típicamente setentera revitalizada hace ya más de una década, no sólo por Zombie sino también por trabajos como Grindhouse (2007), de la cual esta película podría perfectamente ser una continuación. Todavía en cierto sentido considero que requiere de un público especial, pero lo cierto es que Carnage Park es toda una sorpresa que se alza por encima de sus modestos recursos y acierta en prácticamente todo lo que se propone. Insisto una vez más: aquellos que sean amantes del horror físico sin duda alguna la van a disfrutar.

lunes, marzo 26, 2018

Reseña: The Collection (2012)

Tras la fantástica The Collector (2009), estaba claro que una secuela no podía hacerse esperar, y poco tiempo después ya teníamos esta continuación nuevamente escrita y dirigida por el mismo equipo de la original, lo cual en un principio sólo podía augurar cosas buenas. Con ella, Patrick Felton y Marcus Dunstan intentan subir su apuesta inicial, y aunque terminan evidenciado una vez más el hecho de que la primera surgió de aquella precuela de Saw (2004) nunca realiazada, la verdadera pena es que The Collection (2012) toma el camino fácil de las continuaciones al tratar de hacer de la segunda parte una copia de la primera película sólo que llevando todo a más. El resultado no es del todo malo, pero resulta tremendamente convencional y muy decepcionante teniendo en cuenta lo buena que fue la primera.

Esta segunda película parte, a decir verdad, de la misma idea con la que continuó la saga de Jigsaw, abriendo la historia con una secuencia saldada con una cantidad brutal de cadáberes y abandonado la sencillez de su premisa inicial por lo que aquí llamamos la "secuela-tipo-Aliens": en esta ocasión, un equipo de mercenarios se enfrenta al asesino en su guarida llena de trampas mortales y a pesar de su ventaja numérica y su superior armamento, van muriendo uno a uno. Esta idea, aparte de ser poco original y haber sido empleada en multitud de secuelas desde hace mucho tiempo, termina sacrificando el realismo minimalista de la primera entrega en beneficio de secuencias de acción muy poco agraciadas y que parecen por momentos salidas de una oscura película de superhéroes debido al estrafalario diseño de la guarida del villano. 

No todo falla, eso sí: al tener a Felton y Dunstan al mando la película cuenta con algunas escenas de violencia muy creativas que intentan contrarrestar un poco esa fotografía digital nítida y brillante que domina todo en claro contraste con la oscuridad de la original, aunque si algo debo agradecer es el regreso del actor Josh Stewart, quien repite como protagonista y cuya presencia se siente como una pequeña victoria para quienes odiamos la manera tan nihilista como terminó la primera entrega. Al menos la identidad del asesino continua siendo un misterio y a pesar de todo el sacrilegio la cinta se encarga de dejarlo todo cerrado al final garantizando así que esta potencial saga termine antes de empezar.

Si os gustó The Collector y sois seguidores del horror físico y los slasher modernos, esta segunda parte quizás os parezca como a mi entretenida y hasta simpática. Sin duda es mucho mejor que la mayoría de estas continuaciones baratas que suelen pasar casi siempre a formato doméstico, pero por otro lado es tan claramente inferior a su predecesora que no puedo evitar sentirme algo frustrado con cómo han dejado atrás sus elementos más interesantes. No ha estado mal, pero esperaba más. 

miércoles, marzo 21, 2018

Reseña: 31 (2016)

31 (2016) es, para bien y para mal, la obra maestra de Rob Zombie en el sentido de que es aquella en la que su estilo está más evidenciado y que plasma como ninguna otra las obsesiones de su imaginario personal y aquello que lo hizo famoso como cineasta en su mejor momento. Por otro lado, es también su película más predecible y una en la que el director de Los renegados del diablo (2005) parece querer darle a su público lo que siempre se ha esperado de él. La mención a su película más famosa no es arbitraria ya que esta de la que hablamos hoy repite muchos de sus elementos más conocidos y es, en muchos sentidos, una especie de secuela espiritual que traza una línea perfecta no sólo con las obras del principio de su carrera, sino también con la tradición del género de torturas y violencia en pantalla que llegó a su punto máximo durante la década de los dosmil.

Esto último lo digo sobre todo por la estructura del argumento, en el que Zombie enfrenta a un grupo de feriantes a una especie de juego en el que son encerrados en un laberíntico parque industrial y perseguidos por asesinos de temática circense. El muy sencillo arco argumental emparenta a la cinta, como ya hemos dicho, con la obra anterior de Zombie y sus influencias setenteras (la película está ambientada en 1976) pero también con la estructura lúdica de Saw (2004) y sus secuelas. De hecho, es bien sabido que 31 estuvo un largo tiempo en producción y que fue una cinta con la que Rob Zombie intentó construir una saga propia que originalmente estaba destinada a tener varias continuaciones al mejor estilo de los slashers en los que se inspiraba. Asimismo, la gran cantidad de cameos de sus obras anteriores y la repetición de varios de sus elementos estéticos más conocidos (lenguaje crudo, el rock de los setenta, el ambiente rural y los payasos asesinos) demuestran que esta era una película grande hecha para seducir a un público que había quedado un poco desencantado con su obra anterior, mucho menos accesible.

El resultado ha sido un tanto desigual, ya que si bien todos estos elementos están llevados a cabo de manera muy eficiente incluso corrigiendo graves errores del pasado como el empleo de aquella terrible sangre CGI de Los renegados del diablo, uno siente que el conjunto no termina de tener su puesto en el cine de terror actual; tanto el tono como la temática de 31 son cosas que habrían funcionado muy bien hace diez años, pero en el contexto de hoy en día, cuando el subgénero de torturas ha quedado más que muerto y el horror físico explícito se encuentra de retirada tras su sobreexposición en los dosmil, una cinta como esta es una rareza un tanto desfasada que necesitará de un público muy particular. Esto por sí solo no me importaría si no sintiese que con ello Zombie se aleja de obras más arriesgadas y (para mí, al menos), más interesantes como Halloween 2 (2009) o The Lords of Salem (2012), con las que su cine estaba yendo por nuevos derroteros que aquí parecen ser un tanto ignorados en beneficio del espectáculo grotesco que parece que quiere dar.

Con esto no quiero decir que 31 sea insalvable; es imposible no sentirse atraido por algunas de sus delirantes secuencias, y aunque el inicio es un tanto lento y aburrido, mejora muchísimo una vez entramos en el juego y se desatan no sólo el horror sino también unas sobresalientes actuaciones como la de una espectacular Meg Foster (grandiosa sin duda) y un enorme Richard Brake que se roba cada escena en la que aparece y es, con toda seguridad, el mejor villano de todo el cine de Rob Zombie hasta la fecha. Sin embargo, no puedo dejar de pensar que esta cinta representa un paso atrás en la filmografía de uno de los directores de terror más interesantes de tiempos recientes, y cabría esperar que su fracaso taquillero impulsara a Zombie a retomar su lado más arriesgado, aunque el anuncio reciente de la verdadera secuela de Los renegados del diablo parece decir lo contrario. 

lunes, marzo 19, 2018

Reseña: Aniquilación (2018)

Aniquilación (2018) es la nueva película del director Alex Garland, el mismo de Ex Machina (2014), y una vez más vuelve a sorprendernos con un relato de ciencia-ficción más cerebral de lo que estamos acostumbrados. Si quien lee esto vive en los Estados Unidos o Canadá habrá sin duda tenido la oportunidad de verla en una sala de cine, mientras que el resto del mundo ha tenido que catarla a través de Netflix, que se hizo con toda la distribución internacional luego de varios conflictos durante su producción. Esto ha hecho que mucha gente crea que la plataforma de streaming tuvo algo que ver con el rodaje aunque no es así. De todas formas, no es que importe mucho salvo como comentario a las nuevas formas de distribución de cine que estamos viendo en nuestros días.

Lo cierto es que los temores por su rentabilidad estuvieron algo justificados; Aniquilación, aunque no sea para nosotros la genialidad que algunos han señalado, sí que resulta mucho más intelectual de lo que habitualmente se estrena en la cartelera mainstream. Digo esto incluso teniendo en cuenta que el argumento simplifica en gran medida la novela de Jeff Vandermeer en la que se basa, algo que no me extraña para nada ya que Vandermeer no es precisamente el escritor más accesible del mundo. Garland, por el contrario, parece querer contar su propia historia y resume la trama de la novela al mínimo al hablar de una científica que se une a un grupo de mujeres para explorar una misteriosa zona en la que una forma de vida de origen extraterrestre ha mutado tanto la flora como la fauna y transformado el área en un paraje inaccesible del cual nadie ha salido con vida. 

Lo interesante en todo caso de esta película es que Garland, en mayor medida incluso que en Ex Machina, construye la trama como una historia de terror en la que el grupo de mujeres va poco a poco desentrañando el misterio del lugar y al mismo tiempo descubren la futilidad de enfrentarse a algo completamente foráneo que no parece tener intenciones ni plan alguno, un fenómeno natural que se asemeja a un cáncer viviente y cuyos efectos sobre la vida terrestre resultan bastante imaginativos y atractivos de ver pero también completamente impredecibles. Resulta muy reconfortante además encontrarse con esa sci-fi lenta, "aburrida“ y pausada que no huye de elaborar sus ideas pero que al mismo tiempo no necesita hacerlas demasiado evidentes. Quizás esta negativa a rendirse a las exigencias de un público mayoritario es lo que le impidió tener un estreno comercial mayor, pero también es lo que la hace singular y digna de verse.

A pesar de todo es conveniente que rebajemos un tanto las expectativas ya que esto no es ninguna obra maestra, como se ha dicho por ahí, y mi principal (ahora que lo pienso, único) problema con ella es que muchas de sus mejores ideas y momentos son cosas que ya había visto en películas mucho menos intelectuales como La cosa (1982) o incluso Las ruinas (2008), pero por una vez me alegra ver a un director atreviéndose a hacer algo inteligente que no necesita darte todo masticadito y que es capaz de presentar ideas sin caer en condescendencias y al mismo tiempo ofrecer interesantes momentos de terror. Ojo sobre todo a esa maravillosa secuencia climática sin diálogos con la que la historia finaliza. Me ha parecido muy buena, y ojalá hubiera tenido un pase en cines ya que creo que correctamente promocionada habría sido un éxito aunque fuera con un público distinto al de las megafranquicias actuales. Vale la pena.

viernes, marzo 16, 2018

Reseña: Ghostland (2018)

Tras seis años de ausencia en las carteleras, Pascal Laugier regresa con Ghostland (2018), su cuarta película de terror y una que parece cerrar un ciclo temático que el director francés nos ha mostrado prácticamente desde el principio de su carrera. A pesar de que repite muchos de aquellos elementos que le hicieron famoso y de que la película se percibe en varios sentidos como una resaca de su paso por Hollywood, esta producción franco-canadiense es con toda seguridad uno de sus mejores trabajos y una prueba de que el director de Martyrs (2008) sigue siendo quizás el más consistentemente interesante de todos los cineastas salidos de aquella fiebre por el terror francés que llegó a su punto máximo hace una década. Precisamente diez años han pasado desde el estreno de su cinta más famosa, y se ve que ha aprovechado ese tiempo.

Es poco lo que se puede decir del argumento sin revelar detalles importantes, así que sólo puedo hablar de los puntos generales: invasión domiciliaria, tragedias familiares y, como viene ocurriendo por lo general en las películas de este director, una joven y decidida protagonista femenina que se enfrenta a un horror bajo la forma de una violencia terrible y en apariencia arbitraria. Al igual que ocurre en el resto de cintas de Laugier, hay un giro sorpresa en el argumento que redimensiona todo ante nuestros ojos pero que se da en la mitad de la película y no al final como normalmente ocurre. Es precisamente esa revelación (que por supuesto no vamos a revelar) la que da pie a los temas de la cinta acerca de las ocasionales trampas de la ficción, así como en subtexto del amor entre dos hermanas y la forma como se enfrentan a sus terribles adversarios. Todo esto narrado con un nivel de agresividad y violencia en ocasiones incómodo y agobiante por su insensata repetición y brutalidad, algo que fuera habitual en ese cine de terror francés de mediados y finales de la década pasada pero que estaba un poco abandonado en los últimos años. 

A pesar de que algunos elementos cantan a bajo presupuesto (principalmente sus titulos de crédito iniciales) la película tiene una estética y producción magistrales con esa enorme y vieja casa llena de muñecos antiguos que le da una apariencia de terror de feria. En realidad esta estética consituye uno de sus principales atractivos y convierte a esta en una película visualmente hermosa a pesar de que todo lo que ocurre es terriblemente desagradable. Pero por otro lado, es precisamente ese nivel de violencia lo que nos hace empatizar con las protagonistas y su situación aunque, a diferencia de lo que ocurría en Martyrs, no estamos aquí ante una película de terror nihilista sino todo lo contrario: en esta ocasión Pascal Laugier le reserva al público al menos la posibilidad de obtener satisfacción emocional. No puedo ahondar en ello sin spoilers, pero digamos que llegó un momento cerca del desenlace en el que pensé que la película iba a terminar en un tono particularmente sombrío para luego sorprenderme con su resolución. Ha sido precisamente eso lo que terminó de convencerme.

Brutal, ofensiva, cruel para con sus personajes y totalmente desprovista de condescendencia para con su público a pesar de que echa mano de varios estereotipos del cine de terror, Ghostland es no sólo una de las mejores cintas de Pascal Laugier hasta la fecha sino también uno de los trabajos más sobresalientes que he visto este año. Recomendadísima sin lugar a dudas.