sábado, octubre 03, 2009

Reseña: El padrastro (1987)

Repasando antiguos ejemplos de terror de los ochenta (especialmente ahora que todo está por ser recalentado para nuevas generaciones) se encuentra uno con alguna que otra sorpresa en la forma de películas que no recordaba con demasiado entusiasmo y que han terminado por cobrar nuevas dimensiones con un visionado muy posterior. Es el caso de El padrastro (1987), que cuenta la historia de un hombre que asesina a su familia y comienza una nueva vida asumiendo otra identidad, continuando así su búsqueda de lo que define como el auténtico sueño americano: una familia perfecta y una vida apacible de suburbio. Se trata de una cinta muy rescatable que ha envejecido bastante bien, incluso mejor que muchas de sus contemporáneas.

A pesar de tener una premisa que hoy en día se asocia con telefilmes no muy destacables, El padrastro tiene su mérito al intentar la nada difícil tarea de contar una historia de psicópatas desde el punto de vista del asesino, hasta el punto de que para el público el personaje que comete los crímenes no encierra ningún misterio. Los primeros minutos son geniales: asistimos a los momentos inmediatamente posteriores al crimen que define a nuestro villano. No vemos el hecho, sólo sus consecuencias, mientras el hombre fríamente se prepara para cambiar su identidad e ir en busca de su nuevo hogar. La secuencia funciona a varios niveles: no sólo nos sirve para saber todo sobre el personaje y su situación sin que nadie tenga siquiera que abrir la boca, sino que encima tiene el coraje de dejarnos sin enigma alguno que resolver. Ya no hay nada que se nos oculte; sabemos desde el principio que este hombre es el asesino y que quién se cruce con él está en peligro. El resto es ver cómo dicho personaje evoluciona en su nuevo ambiente, por lo que el auténtico punto fuerte de la película está en la interpretación.

En este sentido, quien lleva la batuta es, por supuesto, Terry O'Quinn, que clava el papel a la
perfección. El carácter dual de su personaje está tan bien llevado, que a pesar de que sabemos desde el principio que es un psicópata asesino, logra hacerse simpático ante nuestros ojos: el personaje que construye O'Quinn sólo busca lo que él entiende como felicidad, y como público nos alegramos genuinamente cuando la encuentra. Sin embargo, el lado oscuro de su carácter se muestra de una manera perturbadora cada vez que pierde los nervios, lo cual mantiene la tensión durante toda la película. No es de extrañar entonces que su protagonista recibiera en su momento los mayores elogios de su carrera, que sólo vería superados años más tarde con su papel de John Locke en la serie Perdidos.

Sin embargo, y a pesar de que Terry O'Quinn es el mayor atractivo de la película, no se deja de notar el buen oficio de su director Joseph Ruben, que es quien efectivamente construye, y muy bien, el ambiente de suburbia burguesa de la era Reagan que la película va destruyendo poco a poco. Ruben, quien continuaría su carrera con otros thrillers ambientados en el núcleo familiar como Durmiendo con el enemigo (1991) o El buen hijo (1993), sabe manejar lo suficientemente bien sus influencias, llevando al terreno de la clase media americana ciertos elementos presentes de la obra de Hitchcock: el argumento de la película es similar al de La sombra de una duda (1943), e incluso hay una escena que homenajea un momento de Los pájaros (1963).

La película también representa en el fondo una sátira a la estructura familiar tradicional y el estilo de vida de la clase media, ideales con los que el personaje principal vive obsesionado. Como gran parte de este tipo de historias, la noción del "invasor" está muy marcada en el personaje de la hijastra, que sospecha (irracionalmente y contra todo indicio) que el nuevo esposo de su madre es un monstruo y al final acaba teniendo razón. La diferencia es que en esta película veo dicho discurso con una carga francamente irónica, algo que hace aún más recomendable una película digna de ser rescatada.

3 comentarios:

La-Ruina dijo...

Deliciosa.

Hombre Lobo dijo...

Efectivamente. La verdad es que ha ganado mucho con el tiempo. Y Terry O'Quinn está que se sale (el momento en que dice "wait a minute... who am I here?" me puso la carne de gallina).

Alvy Singer dijo...

Es La sombra de una duda protagonizada, enteramente, por el Tío Charlie y muy bien dirigido, muy divertido. El otro clásico de Ruben está escrito por Ian McEwan, en la línea de sus primeros trabajos con niños perversos, pero no tuvo en sus manos un buen guión para la horrible Durmiendo con el enemigo.