miércoles, marzo 21, 2018

Reseña: 31 (2016)

31 (2016) es, para bien y para mal, la obra maestra de Rob Zombie en el sentido de que es aquella en la que su estilo está más evidenciado y que plasma como ninguna otra las obsesiones de su imaginario personal y aquello que lo hizo famoso como cineasta en su mejor momento. Por otro lado, es también su película más predecible y una en la que el director de Los renegados del diablo (2005) parece querer darle a su público lo que siempre se ha esperado de él. La mención a su película más famosa no es arbitraria ya que esta de la que hablamos hoy repite muchos de sus elementos más conocidos y es, en muchos sentidos, una especie de secuela espiritual que traza una línea perfecta no sólo con las obras del principio de su carrera, sino también con la tradición del género de torturas y violencia en pantalla que llegó a su punto máximo durante la década de los dosmil.

Esto último lo digo sobre todo por la estructura del argumento, en el que Zombie enfrenta a un grupo de feriantes a una especie de juego en el que son encerrados en un laberíntico parque industrial y perseguidos por asesinos de temática circense. El muy sencillo arco argumental emparenta a la cinta, como ya hemos dicho, con la obra anterior de Zombie y sus influencias setenteras (la película está ambientada en 1976) pero también con la estructura lúdica de Saw (2004) y sus secuelas. De hecho, es bien sabido que 31 estuvo un largo tiempo en producción y que fue una cinta con la que Rob Zombie intentó construir una saga propia que originalmente estaba destinada a tener varias continuaciones al mejor estilo de los slashers en los que se inspiraba. Asimismo, la gran cantidad de cameos de sus obras anteriores y la repetición de varios de sus elementos estéticos más conocidos (lenguaje crudo, el rock de los setenta, el ambiente rural y los payasos asesinos) demuestran que esta era una película grande hecha para seducir a un público que había quedado un poco desencantado con su obra anterior, mucho menos accesible.

El resultado ha sido un tanto desigual, ya que si bien todos estos elementos están llevados a cabo de manera muy eficiente incluso corrigiendo graves errores del pasado como el empleo de aquella terrible sangre CGI de Los renegados del diablo, uno siente que el conjunto no termina de tener su puesto en el cine de terror actual; tanto el tono como la temática de 31 son cosas que habrían funcionado muy bien hace diez años, pero en el contexto de hoy en día, cuando el subgénero de torturas ha quedado más que muerto y el horror físico explícito se encuentra de retirada tras su sobreexposición en los dosmil, una cinta como esta es una rareza un tanto desfasada que necesitará de un público muy particular. Esto por sí solo no me importaría si no sintiese que con ello Zombie se aleja de obras más arriesgadas y (para mí, al menos), más interesantes como Halloween 2 (2009) o The Lords of Salem (2012), con las que su cine estaba yendo por nuevos derroteros que aquí parecen ser un tanto ignorados en beneficio del espectáculo grotesco que parece que quiere dar.

Con esto no quiero decir que 31 sea insalvable; es imposible no sentirse atraido por algunas de sus delirantes secuencias, y aunque el inicio es un tanto lento y aburrido, mejora muchísimo una vez entramos en el juego y se desatan no sólo el horror sino también unas sobresalientes actuaciones como la de una espectacular Meg Foster (grandiosa sin duda) y un enorme Richard Brake que se roba cada escena en la que aparece y es, con toda seguridad, el mejor villano de todo el cine de Rob Zombie hasta la fecha. Sin embargo, no puedo dejar de pensar que esta cinta representa un paso atrás en la filmografía de uno de los directores de terror más interesantes de tiempos recientes, y cabría esperar que su fracaso taquillero impulsara a Zombie a retomar su lado más arriesgado, aunque el anuncio reciente de la verdadera secuela de Los renegados del diablo parece decir lo contrario. 

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