miércoles, noviembre 16, 2005

Reseña: Toolbox Murders (2004)

Si el sueño de la razón produce monstruos, la muerte de los sueños también. Es ése el mensaje que parece esconderse debajo de la gruesa piel de género de Toolbox Murders (2004), remake con el que Tobe Hooper marca su esperado (al menos por mí) regreso a la pantalla. Pero aparte del título, y del hecho de que el asesino utiliza una variedad de herramientas para cometer sus crímenes, no hay prácticamente ninguna semejanza entre esta versión y la original de 1978. Se trata de una historia completamente independiente, que a través de un ambiente (en mi opinión) fabuloso, casi logra vencer por completo sus limitaciones de guión, que luchan por situarla dentro del más puro estilo slasher.

La clave para entender Toolbox Murders se ofrece apenas comienza, cuando surge ante nosotros una “advertencia” acerca de la ciudad de Hollywood y la gente que sencillamente desaparece en ella, presa de la ilusión del estrellato y condenada a un rotundo fracaso. Y es precisamente un grupo de fracasados lo que vive en el edificio Lusman Arms, antigua gloria de la ciudad. Lo que antes fue un lujoso lugar frecuentado por estrellas ahora es una ruina que prácticamente vive en obras, causando numerosos problemas a los ya de por sí patéticos vecinos, desde el risible aspirante a actor que no puede ni siquiera aprenderse un guión hasta la ex–gorda obsesionada con su nuevo físico, pasando por la pareja de frikis que vive martirizándose en un ciclo sadomasoquista de maltratos y reconciliaciones. Entre todos estos casos clínicos destaca el joven matrimonio de Steve y Nell Barrows, dos jóvenes que buscan desesperadamente establecerse en la ciudad, aunque en su caso no se trata de aspiraciones artísticas, sino del nada desdeñable propósito de llevar una vida normal. “Normal” es precisamente lo que no van a tener, ya que después de un par de misteriosas desapariciones, Nell comienza a sospechar que no todo en el edificio es lo que parece, comenzando con los extraños símbolos de brujería y cábala que hay por todas partes. Poco a poco irá desentrañando la historia del inmueble y de su más siniestro habitante, quien últimamente ha hecho rodar más de una cabeza.

La dirección de Tobe Hooper es algo que le ha hecho muy bien a esta película. Desde La matanza de Texas (1974), este director no había vuelto a ofrecernos una historia donde el peligro estuviese presente de una forma tan palpable a través de los decorados. El edificio es, en sí mismo, un personaje más, un sitio sucio que alberga numerosos secretos, con evidentes guiños a otras películas de comunidades endemoniadas como El inquilino (1976) o El bebé de Rosemary (1968), ambas de Roman Polanski. La brutalidad de los crímenes del misterioso asesino es asimismo digna de los mejores tiempos del director, quien no escatima en mostrarnos cuando detalle escabroso se encuentre, especialmente en ese clímax que casi se convierte en una pesadilla. También ayuda muchísimo una actriz como Angela Bettis, cuya presencia resulta bastante contundente para alguien de apariencia tan frágil.

El único fallo de la película es, quizá, no explotar al máximo todo el potencial de las lecturas que ofrece. El edificio en el que viven Nell y Steve es un símbolo de todo Hollywood, un lugar que en alguna ocasión amparó las ilusiones de aquellos que venían a él y que ahora los devora literalmente. Les propongo una cosa: traten de ver las marcas esotéricas del edificio no como lo que son, sino como lo que fueron. Ahí, precisamente en ese “pretérito” de las cosas, se esconde la clave de la película. Eso sin nombrar al asesino, un ser que (en más de una forma) nace de la muerte. Y con esto temo haber dicho demasiado. Tan sólo desearía que los creadores de esta película hubiesen tenido un poco más de valor a la hora de lanzar estas ideas. Es una lástima, porque Hooper no había creado un ambiente así en muchos años.

En fin, una película slasher en toda la regla, pero que esconde el potencial de algo más interesante. Las diferencias entre la versión original y el remake de Toolbox Murders se deben quizá al cambio de concepción que ha habido en cuanto a lo que era y es Hollywood: de “máquina de sueños” a “vertedero del Diablo”. Puede que yo me esté inventando todo esto, pero como regreso de Hooper no está tan mal, aunque es evidente que todavía le falta mucho al creador de Leatherface para volver a estar en forma.

2 comentarios:

Noel dijo...

Es bastante apreciable, pero tenía que haber sido mejor: por falta de tiempo y de presupuesto, Hopper no pudo hacer la película que tenía en mente. Aún así, merece la pena echarle un vistazo, como a todo lo de su director.

Anónimo dijo...

Claro que se podrían haber explorado más las ideas, pero es que Hooper nunca ha hecho eso. En todas sus películas, la posible significación simbólica de las imágenes y conceptos que ofrece, siempre queda difuminada, en absoluto remarcada. Por eso su cine tiene una fuerza onírica tan poderosa, porque son imágenes y conceptos grotescos, que te saltan a los ojos aparentemente de la nada, aunque, como en los sueños, tienen una poderosa carga simbólica detrás, imposible de descifrar a primera vista. Hooper no es un director discursivo, es un fabricador de pesadillas histéricas que sólo tienen sentido mientras las ves.