miércoles, marzo 15, 2006

Reseña: Jenifer (2005)

No hay que ser ningún erudito para darse cuenta, desde que aparece el título, de que Jenifer (2005), cuarto capítulo de Masters of Horror, es realmente una película de Dario Argento. La marca indiscutible del director italiano se deja sentir desde el momento en que aparece el título rojo sobre fondo negro y escuchamos una tenebrosa música que poco después se contrasta con una tonada de apariencia infantil.

El cine de Argento es inconfundible por varios motivos, pero el principal podría ser el hecho de que no ofrece explicaciones; la fuente del "horror" nunca es del todo explicada, llevándonos poco a poco a la inevitable conclusión de que el horror parte de la propia naturaleza del Hombre (así, con mayúsculas), quien sufre de la predisposición a destruirse a sí mismo y a los demás. Si algo logra este maestro es que, de manera casi ineludible, sus películas te hacen sentir un profundo asco de ser humano. Sus historias no producen miedo, sino más bien una sensación de incomodidad y repugnancia que va más allá del gore (aunque hay mucho, por lo general): es el regodeo en una situación incontrolable y depravada que termina consumiendo a sus protagonistas.

En los últimos años, Argento se había dedicado más a explotar la faceta del thriller clásico, con películas como Insomnio (2001), El jugador de cartas (2004) o el telefilm ¿Te gusta Hitchcock? (2005), pero con Jenifer se puede decir que vuelve a su antiguo estilo. El resultado es una historia absolutamente demencial basada en un conocido cómic de Bruce Jones y Bernie Wrightson, en el que un policía llamado Frank Spivey (interpretado por Steven Weber, quien también firma el guión) rescata a una joven indigente de las garras de un psicópata que planeaba decapitarla en plena calle. La joven, de la cual únicamente se sabe que se llama "Jenifer", tiene la cara horriblemente desfigurada y un comportamiento que raya en lo salvaje. Frank, que nunca antes había tenido que matar a un hombre, siente a raíz de su acto heróico un gran vínculo de responsabilidad para con la chica, por lo que la lleva a vivir a su casa. Sin embargo, no tarda en darse cuenta de que hay que tener mucho cuidado con aquello que introduces en los recintos de tu hogar.

A partir de aquí la historia se convierte en un continuo declive: a medida que la presencia de Jenifer va perturbando la vida de todos los que la rodean, el propio Frank tiene que observar como su personalidad se "animaliza" de una forma comparable al comportamiento cavernícola de una chica a la que cada vez puede explicar menos, pero con la que desarrolla una relación de amor-odio de consecuencias funestas. Esta relación dramática puede apreciarse incluso a través de la actuación de Steven Weber, a quien definitivamente le he visto trabajos mucho mejores. En todo caso, la película ofrece un desarrollo lo bastante interesante (con escenas que son directamente calcadas del cómic) como para decir que su labor como guionista supera con creces sus deficiencias como actor.

El personaje de Jenifer es otra cosa, sin duda lo mejor de la historia, una sirena en el sentido más clásico, asquerosa en su fealdad y violencia, pero fascinante en su dimensión icónica. Nunca sabemos exactamente qué es ella, cual es la naturaleza de sus habilidades o de donde viene. Únicamente conocemos sus efectos, sus poderes sobre Frank, un hombre al que poco a poco va convirtiendo a su mundo de criatura mitad mujer y mitad bestia.

Por supuesto que tiene sus defectos: en primer lugar, las limitaciones de su formato y las preferencias del propio director impiden algunas aclaratorias que hubiesen aportado algo más de credibilidad a la historia (el cómic, que se puede revisar en castellano en esta página, por ejemplo aumenta el contenido sobrenatural). Asimismo, el final resulta excesivamente predecible. Pero ya sabemos que Argento no hace concesiones a nadie, de manera que no queda más remedio que perdonarle esos detalles y dejarnos llevar por la extrema repugnancia y malevosía de esta singular historia de amor y horror.