martes, julio 31, 2007
Reseña: Turistas (2006)
domingo, julio 29, 2007
Apuntes para una breve historia de la explotación (1)
En 1981 Wes Craven estrenó Bendición mortal (1981), un thriller a la vieja usanza que sin embargo hacía gala de una trama que bien podría ser convertida en una cinta de corte erótico: un misterio que gira en torno a una secta de fanáticos religiosos puritanos y una hermosa viuda a quien ven como un demonio tentador y asesino. La cinta no sería hoy demasiado conocida si no fuera porque en ella encontramos parte de los orígenes actorales de Sharon Stone, mucho antes de que Paul Verhoeven la convirtiera en una estrella. Precisamente es la señorita Stone la que aparece en el cartel de la película, y que es el que mostramos arriba de estas letras. No hay que ser muy observador para darse cuenta de dónde está el llamado de este cartel: la expresión de innombrable placer de la chica unida al apretujamiento de esos pechos turgentes pobremente cubiertos por un escote de categorías mayores. Lo calenturiento de la escena está, por supuesto, contrastado por esos colores fríos que parecen ser los indicadores de que esas manos intrusas (oscuras, toscas) no vienen con buenas intenciones, por mucho que la damisela en apuros parezca entregarse voluntariamente a las apetencias carnales de su agresor.
Pero claro, el carácter explotativo de este cartel sólo se manifiesta realmente cuando vemos el fotograma al que hace referencia, con la verdadera Sharon Stone (quien, hay que decirlo, no es ni siquiera la protagonista) en el momento en el que es sorprendida por el desconocido asesino. A la vista saltan no sólo las más modestas "prominencias" físicas de la chica en cuestión, sino además el gesto que acompaña su cara: ojos abiertos, expresión de súbito espanto, sin el mentón apuntando hacia arriba en gesto Herbal Essence. En fin, que salta a la vista que el cartel ha buscado revertir el efecto que crea esta escena particular, y lo que en la película da miedo, en el póster es sólo morbo del clásico.
Dicho truco fue bastante común en los años ochenta y se ha mantenido hasta la actualidad, y no sólo en los limitados circuitos del vídeo y las producciones más modestas. Quizás en otra ocasión volvamos sobre este tema. De momento, este ha sido el primero de una serie de pequeños textos sobre los momentos más deliciosamente explotadores que los desvergonzados publicistas cinematográficos nos han dejado.
Y por cierto, si queréis saberlo, no tengo ni idea de qué pondré en el número 2.
jueves, julio 26, 2007
Míticos: Clive Barker (1952 - )
domingo, julio 15, 2007
Reseña: Los renegados del diablo (2005)
Por mucho que su cronología diga lo contrario, Rob Zombie no es un músico que un día decidió meterse a director de cine, sino al revés; el antiguo líder de White Zombie era desde el principio un cineasta que, casualmente, descubrió en la música su primera forma de expresión. A partir de allí había tocado el mundo del cómic, diseñado atracciones de feria, y en general varias disciplinas que desembocarían en el cine. Fue La casa de los 1000 cadáveres (2003) la que finalmente le dio esa oportunidad, pero es su secuela, Los renegados del diablo (2005), la que hace de Rob Zombie un director digno de grandes expectativas.
Al igual que su predecesora, Los renegados del diablo es una película altamente referencial. La diferencia está en que, si bien La casa de los 1000 cadáveres era un homenaje a las dos primeras partes de La matanza de Texas (1974), en esta ocasión Zombie construye una gran referencia a los western de Sam Peckinpah, especialmente El grupo salvaje (1969), con la que comparte esa visión de personajes que escapan cuando su mundo poco a poco se acaba. Eso no quiere decir que Rob Zombie se haya olvidado de Tobe Hooper, ya que el argumento tiene una profunda resonancia a La matanza de Texas 2 (1986): tras los eventos ocurridos en la primera película, el Sheriff John Quincy Widell decide vengarse de la familia de psicópatas que causó la muerte de su hermano, por lo que reúne a todas las fuerzas del orden para tomar por asalto la casa de la familia Firefly. Otis y Baby, los únicos que han conseguido escapar con vida, deciden huir junto al Capitán Spaulding mientras son perseguidos por el sheriff, quien poco a poco demuestra ser tan brutal y sádico como ellos. En el camino, por supuesto, los jóvenes Firefly cometen todas las tropelías y masacres a las que ya nos tenían acostumbrados. La cinta narra, por lo tanto, la historia de unos demonios bandoleros perseguidos por un ángel justiciero no menos sanguinario.
Esta secuela, sin embargo, es tremendamente diferente a la primera parte. Si bien el humor negro de La casa de los 1000 cadáveres todavía está presente, la cinta es mucho más brutal y despiadada, y menos caricaturesca en lo que se refiere a sus personajes. Pero al mismo tiempo, el hecho de que estos (aún siendo más depravados de lo que ya eran) sean los protagonistas y narren la historia desde su punto de vista, crea una interesante paradoja: el público de alguna forma termina identificándose con la familia Firefly. Aunque no necesariamente esto quiere decir que terminamos aupando la violencia y la brutalidad de Otis y Baby, si llegamos a involucrarnos emocionalmente con ellos, lo bastante como para interesarnos por el desenlace de esa familia de psicópatas que tan genuinamente se quieren.
A todo esto hay que añadir el cambio radical de estética que Rob Zombie ha acometido con su secuela. La primera película era un festival de colorines de feria, un oscuro glamour casi irreal, más típico de una secuencia onírica o de un cómic. Los renegados del diablo, sin embargo, apunta a una estética hiperrealista, y reproduce a la perfección el look sucio y granuloso del cine setentero de explotación en el que evidentemente se inspira. La presencia además de viajes luminarias del horror de esa década como Michael Berryman y Ken Foree ayuda.
A medida que avanza el metraje, la confrontación entre la familia Firefly y el sheriff Wydell va intensificándose cada vez más. Lo interesante es ver como se intercambian los papeles en cuanto a simpatía con el público, ya que a medida que va pasando el tiempo comprobamos no solamente los lazos afectivos que unen a los tres asesinos, sino también la degeneración psicópata del propio sheriff. El final de la película es, por lo tanto, el único posible, pero eso no le resta un ápice de su fuerza. Los renegados del diablo es una de las mejores películas que este género nos ha dado en los últimos años. Rob Zombie es un tipo de cuidado.
miércoles, julio 11, 2007
Reseña: Hellbound: Hellraiser 2 (1988)

Las secuelas son una prueba difícil de superar, pero de alguna forma Hellbound: Hellraiser 2 (1988) logra mantener cierta dignidad y convertirse en la mejor de las (hasta la fecha) siete continuaciones de la saga iniciada con Hellraiser (1987). No quiere decir esto que estemos ante una gran película (se echa de menos, por ejemplo, la presencia de Clive Barker como director o al menos como guionista), y la trama es caótica y en ocasiones sin sentido alguno. Sin embargo, la película explora lo suficiente el universo de dolor y placer de la primera entrega como para considerarla una más que correcta ampliación del concepto de los cenobitas y la Configuración de los Lamentos.
El caótico argumento al que nos referíamos podría ser planteado así: inmediatamente después de los eventos narrados en la primera película (es necesario haberla visto para entender de qué va la cosa), Kirsty despierta en un hospital donde cuenta a la policía toda la historia acerca de cómo su tío Frank regresó del infierno aliado con su madrastra Julia y asesinó a su padre para luego usurpar su piel. La poli, ante semejante historia, acomete la sabia decisión de enviar a la chica a un hospital psiquiátrico. Allí Kirsty conoce a la única persona que sí cree en su historia: el eminente psicólogo y neurocirujano Phillip Channard. Resulta que Channard ha realizado durante años terribles experimentos para desentrañar los misterios de la mente humana, y al igual que Frank Cotton en la primera película, también ha entrado en contacto con la misteriosa caja que abre las puertas de la dimensión de los cenobitas. Tras escuchar el relato de Kirsty, el inescrupuloso doctor decide sacrificar a uno de sus pacientes sobre la cama en la que murió Julia, trayéndola de nuevo al mundo de los vivos y convirtiéndola en su guía por las esferas ultraterrenales. Al mismo tiempo, Kirsty ha estado recibiendo mensajes en sueños de su padre, quien, atrapado en el infierno, le pide desesperadamente que le ayude.
Por si todo este batiburrillo anecdótico no fuese suficiente, la cinta mezcla la historia de una paciente del hospital con gran habilidad para los puzzles, una venganza de ultratumba, una inmensa criatura que rige la dimensión de placer y dolor, y hasta los orígenes humanos de Pinhead en una trama que se cae a pedazos a medida que avanza el tiempo de metraje. Parte de este caos tiene sin duda que ver con el hecho de que el actor Andrew Robinson se negara a reinterpretar el papel de Larry Cotton para la secuela, por lo que toda la trama del rescate del padre de Kirsty tuviera que ser desechada de forma bastante improvisada. A partir de aquí, el principal encanto de la película es visual, no sólo en cuanto a ese mundo infernal salido de las creaciones de Barker (y que incluye un nuevo cenobita presentado durante el climax de la historia) sino también en cuanto a las ahora más cuantiosas muestras de sangre y torturas que constituyen la marca de la casa en cuanto a esta saga se refiere. Esto se intercala con escenas cada vez más estrambóticas, giros argumentales imposibles, personajes con actitudes incomprensibles y recursos dramáticos bastante autocomplaciente. Sin embargo, está claro que el director Tony Randel, al no contar con una historia coherente, al menos no escatima en ofrecernos visiones de gigantescos laberintos, horrendas criaturas y secuencias de pesadilla que no desmerecen el material de Clive Barker para nada, ahondando aún más en ese universo fantástico por el que es tan conocido.
La saga degeneraría en productos mucho menos disfrutables con el paso del tiempo, de las que sólo la presencia de Doug Bradley como Pinhead sería el elemento cohesionador. Esta segunda parte, por lo menos, conserva parte de la magia de la original y llega a ser incluso recomendable para los fans incondicionales de la primera entrega. Al igual que como ocurriera antes con Phantasma (1979), de Don Coscarelli, Hellraiser 2 es una película difícil, pero como nos sucede en ocasiones, llega a convertirse en un deleite. Irracional, pero deleite al fin y al cabo.




