jueves, abril 14, 2005

Reseña: Drácula, príncipe de las tinieblas (1966)

Hoy en día, si se les pregunta a muchas personas (quiero decir, personas amantes del género de terror) quien ha sido el mejor Drácula de todos los tiempos, la mayoría dirán, sin duda, el mismo nombre: Christopher Lee. Este gran hombre, a quien ruego a Dios las generaciones actuales no recuerden únicamente como el Saruman de El señor de los anillos (2001-2003) o el Count Dooku de Episodio II (2002), hizo casi veinte películas (se dice rápido) para la mítica productora británica Hammer Films, y en muchas vistió la famosa capa del conde, siendo sin duda el que mejor supo explotar toda la inmensa carga erótica que inspira este personaje. La primera que vi, y la que tengo más fresca en la memoria (quizás porque volví a verla recientemente) es Drácula, príncipe de las tinieblas (Dracula: Prince of Darkness, también conocida como Revenge of Dracula). Esta, una de las muchas secuelas de Horror of Dracula (1958) fue dirigida también por Terence Fisher. Lee esta vez no estuvo respaldado por su eterno archienemigo Peter Cushing (quien hizo varias veces el papel del doctor Van Helsing) pero al menos pudo acosar sexualmente a la bellísima Barbara Shelley (que no, no es la de la foto).

Siempre me parecerá curioso, cada vez que vea esta película, lo realmente siniestra que es. Utilizando el viejísimo argumento de la pareja de incautos que se aventura en un castillo abandonado a pasar la noche (a pesar de que les han advertido que no lo hagan), la película arranca de una manera insuperable y osada para la época: uno de los fieles sirvientes de Drácula mata a uno de los transeúntes y, tras colgarlo de cabeza sobre la tumba de su señor y cortarle el cuello, procede a rociar con su sangre las cenizas del conde, que por supuesto vuelve de la tumba a proseguir con su actividad favorita: succionar cuellos, especialmente los que pertenecen a apetitosas hembras mortales. Si a esto añadimos el hecho de que el largirucho y tétrico conde jamás pronuncia una sola palabra en toda la película (dicen que Christopher Lee quitó todas las líneas de su papel porque el diálogo le parecía ridículo) llegamos a la conclusión de que estamos ante una de esas pequeñas joyas de autocine.

Quizás no llegue al nivel de otras producciones de Hammer, especialmente dentro de los parámetros de Drácula, pero sin duda alguna que esta secuela no hace sino demostrarnos lo vital que ha sido Christopher Lee para el género. El conde y su enemigo Van Helsing se volverían a encontrar años después, y pocas serán las veces en que no los veamos ir uno contra el otro en esa eterna batalla entre el horror y la ciencia, entre la lujuria y la razón. A veces gana uno y a veces otro. Al menos, en Drácula, príncipe de las tinieblas, gana el género.

3 comentarios:

Eki dijo...

Tengo un colega que es hyperfan de las pelis de vampiros y todo lo relacionado. Tiene tropomil pelis del drácula, sobretodo le gustan estas de la Hammer, y también se estaba haciendo la colección de comics de Tomb of Dracula. Por su cumpleaños último le regalamos una estaca de madera y un mazo con una placa de metal inscrita "Aunque camine por el valle de las sombras, ningún mal temeré etc...' Eso, una botella de FontVella Go Sagrada y una ristra de ajos XD

Buenérrimo...

Anónimo dijo...

Los vampiros son lo maximo encierran misterio, miedo, sensualidad y despierta siempre el erotismo. Sin pelis o literatura de este genero la vida seria tan insignificante.

Cesare dijo...

Genial película, aunque prefiero la primera parte. En mi blog ya tengo una reseña Dead Man Types: DRACULA, de Terence Fisher