jueves, abril 30, 2009

Reseña: Los hijos de los malditos (1963)

Hace ya un tiempo, al hablar de películas de horror/ciencia-ficción típicas de la Guerra Fría, mencionábamos la archiconocida El pueblo de los malditos (1960), la cinta de Wolf Rilla que, basándose en la novela de John Wyndham Los cucos de Midwich, narraba la historia de un grupo de niños superdotados con poderes psíquicos que eran en realidad la vanguardia de una invasión extraterrestre. Pues bien, su secuela, titulada Los hijos de los malditos (1963), no se queda atrás en cuanto al marcado subtexto de la tensión global y el miedo a la destrucción masiva, si bien sus características particulares la hacen menos una historia de terror y más una fábula fantástica con un mensaje antibelicista bastante claro, aún más que en su antecesora.

Dirigida en esta ocasión por Anton Leader, Los hijos de los malditos es una secuela sólo en parte, ya que si bien se hace indispensable haber visto la primera película para entender realmente de que va, el argumento no es una continuación; de hecho, el desarrollo de la historia, que implica un "descubrimiento" de la verdadera naturaleza alienígena de los niños por parte de grupos encontrados de altruistas, científicos y militares, sólo tiene lógica si se pasa por alto completamente tanto la trama como el desenlace de la cinta de Wolf Rilla. Únicamente así se puede explicar la trama de un experimento de la UNESCO que reúne a seis niños superdotados procedentes de todas partes del globo terráqueo que descubren, al reunirse, que poseen una supermente colectiva y unos poderes paranormales que les ponen en evidencia como una especie superior, haciendo que los líderes de las grandes potencias les vean como una clara amenaza al Orden Mundial. Los seis críos entonces deciden escapar y atrincherarse en una iglesia abandonada para plantar cara a sus persecutores humanos.

Pero a pesar de su argumento de amenazas extraterrestres y suicidios inducidos por medio de la dominación telepática, hay una clara diferencia entre esta película y la de Wolf Rilla, y reside en la manera como el guión muestra a los niños. En esta ocasión, el público está llamado a simpatizar con los críos, que en ningún momento se muestran como auténticos villanos, sino al contrario, como criaturas que sólo buscan sobrevivir en un mundo que les teme y por ello les odia. Quienes no son vistos en una buena luz en esta ocasión son los humanos enzarzados en una competencia por poseer el secreto de los niños o, en todo caso, destruirlos para que ninguna otra superpotencia puede hacer uso de sus habilidades.

Esta moraleja sociopolítica, mucho más marcada que en la primera parte, es quizás lo más interesante, ya que en lo demás la cinta resulta bastante fallida. El ambiente urbano londinense (diametralmente opuesto a la ambientación de pueblo pequeño de la anterior) no se aprovecha, y el aspecto de los alienígenas "multiculturales" no es tan icónico como aquellos críos de mirada gélida y pelo blanco. Lo que sí resulta curioso, sin embargo, es que la línea argumental de la humanidad luchando ciegamente contra una raza superior únicamente por resistirse al cambio es un tema que John Wyndham ya había tratado en su novela Las crisálidas, por lo que esta película tampoco pilla tan lejos al autor de quien partío toda la idea original. Al fin y al cabo, se trata de una secuela digna que se puede disfrutar si se sabe de antemano que no resultará tan memorable como la primera parte.