viernes, marzo 10, 2017

Reseña: La tumba de Ligeia (1964)

Por cuestiones argumentales y de atmósfera, nuestra última reseña trajo a colación la obra de Edgar Allan Poe, y con ello inevitablemente salieron a relucir las adaptaciones que hiciera Roger Corman allá por la primera mitad de los sesenta. Con esto no pude evitar recordar que si bien hace años reseñamos estas entradas, nunca terminamos de dedicarle unas líneas a la octava y última de aquellas adaptaciones, La tumba de Ligeia (1964), con la que Corman puso punto final a aquel ciclo de adaptaciones góticas con Vincent Price a la cabeza del elenco. Ese es un error que había que remediar, porque aunque no sea ni de lejos la mejor de ellas, si que es una de las más interesantes por varias razones.

Como es evidente, se trata en este caso de una adaptación del cuento Ligeia, la historia de un hombre que vive obsesionado por el recuerdo de su difunta esposa, una mujer de inquebrantable voluntad que juró regresar de la muerte. Es importante destacar que no se trata de una versión fiel al texto de Poe, no solamente por las exigencias de un largometraje, sino porque Corman en cierta medida ya había adaptado dicha historia como uno de los segmentos de Historias de terror (1962), anterior Poe-movie que a pesar de tener otro título recreaba de forma bastante fiel los pasajes más famosos de esta trama. Eso sí, no nos engañemos: Corman nunca fue alguien que tuviese miedo de repetirse a sí mismo, y aquí volvemos a presenciar varios de sus trucos y giros argumentales que funcionaron en el pasado, así como una actualización de los diferentes arquetipos narrativos del universo de Poe que ya había explorado, siendo el principal de ellos la fascinación por una hermosa joven muerta. 

Pero esto es sólo en la superficie, puesto que La tumba de Ligeia también muestra de forma muy evidente la evolución de Corman en sus adaptaciones de Poe y cómo estas fueron cambiando de estilo a lo largo de los años, desde trabajos más puramente serie B (y quizás por ello, infinitamente más disfrutables) como La caída de la casa de Usher (1960) y El péndulo de la muerte (1961) hasta trabajos formalmente más extravagantes y arriesgados como La máscara de la muerte roja (1964) y esta de la que hablamos ahora. La presente reseña, a decir verdad, habla de una película tremendamente discursiva hasta el punto en que se hace casi teatral, con una impresionante cantidad de diálogos y una recreación de grandes espacios abiertos, no sólo en el plató que reproduce, por ejemplo, los amplios salones del protagonista y la bizarra habitación pagana donde se oculta su secreto al final de la cinta, sino también por los muy eficaces exteriores de ruinas rodados en el castillo del priorato de Acre (no sé si este es su nombre en español, pido disculpas por ello), lo que demuestra que Corman aprovechó su estadía en Europa para dotar a sus películas de una ambientación que no habría sido posible en los Estados Unidos.

No todo funciona, por supuesto, y la fórmula empieza a revelar cierto desgaste principalmente debido a la demasiado funcional dirección del propio Corman y su particular estilo de producción. Esto no quita que haya atrevimientos estéticos considerables que por desgracia se ven manchados por un desenlace un tanto apresurado que recurre a los mismos trucos de destrucción masiva y uso de metraje reciclado de películas anteriores. Pero los aciertos están allí, como la actuación de Vincent Price, secuencias de estética onírica y una fascinación real por los temas de Poe que incluye un misterio que se salda de una forma que resulta inusualmente realista para los estándares de su director. De todas las adaptaciones que realizara Corman, las primeras dos y las últimas dos me parecen las más interesantes, aunque sea por motivos distintos. Sólo por su interés histórico me parece que ya valen la pena.