lunes, abril 03, 2017

Reseña: The Most Dangerous Game (1932)

Si vives en España muy probablemente conozcas esta película de la que hablamos hoy como El malvado Zaroff, sin embargo siempre me ha gustado más la sonoridad del título original, The Most Dangerous Game (1932). Pero sea cual sea el título, se trata de uno de esos trabajos hartamente conocidos incluso por gente que no la ha visto; una de las más famosas cintas de la época pre-Code, su influencia ha llegado a permear gran parte de la ficción incluso hasta nuestros días, ya que no sólo el relato corto en el que se basa ha sido adaptado un gran número de veces, sino que su premisa ha sido empleada en otras películas y series con mayor o menor éxito.

Esta premisa a la que me refiero es en sí misma un ejemplo de mezcla entre relato de aventuras y horror exótico al que ya estamos acostumbrados: un joven sobreviviente de un naufragio llega a una isla habitada por el excéntrico conde Zaroff, un exiliado aristócrata ruso aficionado a la caza que utiliza a todos aquellos que llegan a su mansión como presas qué añadir a su colección. Todo esto se cuenta en una película muy sencilla cuyo metraje apenas supera la hora de duración, pero es también una de las más intensas muestras de cine comercial de la época en cuanto a su tratamiento de las secuencias de acción y todo un placer para aquellos seguidores de ese exotismo fantasioso que sólo en la ficción se puede dar. Sabiendo esto, la RKO rodó esta película en los mismos platós selváticos de King Kong (1933), que estaba siendo realizada simultáneamente. De hecho, esta cinta comparte dos de los actores principales de aquella historia del simio gigante, Robert Armstrong y Fay Wray, una de las primeras scream queens del cine y la única mujer del elenco. Wray es empleada aquí como damisela en apuros y reclamo femenino que por supuesto termina siendo codiciada sexualmente por el villano y cuya imagen gritando en medio de la selva enfundada en un vestido rasgado es en sí misma un arquetipo del cine de entonces. 

Pero no todo es tan típico: la trama de la película sí hace un esfuerzo por desmontar algunos preceptos masculinos que en ese entonces eran considerados naturales y que aquí se cuestionan, tales como la caza por deporte y su insinuación de poder del hombre sobre la naturaleza, una idea aquí revertida que hace que el protagonista termine poniendo en tela de juicio su propia actitud. Y ya que hablamos del reparto, lo mejor que tiene es probablemente el propio Zaroff, interpretado por el británico Leslie Banks como un caricaturesco pero a la vez siniestro personaje cuya caracterización fue una constante de este tipo de historias hasta hace relativamente muy poco: fuerte acento extranjero, pervertido sexualmente y con algún tipo de cicatriz o deformidad. Banks es sin lugar a dudas la presencia más intensa de la película, y su memorable actuación lo encasillaría en roles de villano durante muchos años. 

Tal como mencionábamos arriba, la película tiene un clímax de persecución magistralmente rodado e inusualmente intenso para la época con su sucesión de planos rápidos y creciente peligro, algo que resalta mucho más teniendo en cuenta que hasta ese momento la trama se había sostenido principalmente a través de diálogos. El público de la época quedó seducido por este formato de aventuras selváticas que con el tiempo habría de quedar atrás, pero su premisa de terror lúdico y exótico se dejaría sentir tanto en la ficción que llegaría a fomentar incluso leyendas de comportamientos similares (la cinta Hostel (2005), de Eli Roth, estuvo supuestamente inspirada en una historia "real" ocurrida en Tailandia muy similar a The Most Dangerous Game). Los motivos de esta fascinación saltan a la vista, porque con todo y que sus preceptos morales sean fuertemente representativos de la época en la que se estrenó, esta sigue siendo una gran película de aventuras que ha sobrevivido a su propio éxito, y aunque la obra maestra del exotismo de los años 30 será siempre King Kong, esta de hoy no desmerece.