viernes, abril 07, 2017

Reseña: El fantasma de la ópera (1925)

Seguimos con el cine mudo y retrocedemos un par de años en el tiempo para hablar sobre El fantasma de la ópera (1925), una superproducción con la que Universal presagiaba lo que sería una larga serie de películas de terror protagonizadas por sus monstruos clásicos, además de una de las más famosas obras de Lon Chaney, quien para aquel momento se encontraba en lo más alto de su carrera. La llegada de esta película cobra una importancia particular ya que con ella Hollywood no solamente trajo a América algunas de las constantes formales de ese cine expresionista proveniente de Europa, sino que además incorporó al cine de terror como una pieza más en el engranaje de sus grandes producciones: esta fue después de todo una cinta importante y descomunal para la época y cuya influencia se dejó sentir durante mucho tiempo.

Basada en la novela homónima de Gastón Leroux (quien personalmente obsequió una copia de su libro al entonces presidente de la Universal, Carl Laemmle), esta película es considerada una de las versiones más fieles al original literario, y a pesar de que sus diferencias argumentales son muchas (principalmente en la subtrama romántica) sí es cierto que contiene la más cercana representación del fantasma que se ha visto, con Chaney haciendo del atormentado Erik y creando para sí mismo un maquillaje realmente inquietante que le hace parecer una calavera viviente. La presencia de Chaney fue crucial para el éxito de la película y por eso el estudio decidió mantener dicho maquillaje en secreto durante todo el proceso de promoción. El público acudió atraído principalmente por ver lo que Chaney haría y se comenta que la escena en la que la protagonista arrebata la máscara al monstruo causó una gran conmoción en el público. Debo reconocer que funciona porque ese momento en particular (sin duda alguna la escena más recordada de la cinta) realmente sorprende y eleva el trabajo de Chaney muy por encima del de todos sus compañeros de reparto e incluso del resto de sus interpretaciones.

Con todo esta fue una producción que tuvo muchos problemas derivados principalmente de la escala con la que se abordó, con miles de extras, grandes decorados y un enorme plató que se construyó específicamente para esta película con una estructura real de hormigón y acero. Una cosa que no sabía y que sólo he descubierto tras leer sobre esta cinta recientemente es que dicho plató fue reutilizado en cientos de producciones a lo largo de casi un siglo y que no fue demolido hasta el año 2014 (¡!) pese a los esfuerzos para convertirlo en un sitio de carácter histórico. Vista la película se justifica, ya que las escenas que transcurren en los grandes espacios abiertos del teatro con sus escalinatas barrocas y su fastuosidad le imprimen un carácter colosal que debió haber fascinado al espectador de entonces, que todavía en gran medida veía este tipo de producciones gigantes como una relativa novedad. Como agregado estético, la secuencia del baile de máscaras (en la que el fantasma adopta su disfraz de la Muerte Roja) fue coloreada con un Technicolor primitivo que resalta en medio del monocromo habitual de la película. 

La actuación de Chaney, la estética, la ambientación gótica de los subsuelos de la Ópera de París con sus pasadizos llenos de trampas, todos estos son los elementos que hoy en día se recuerdan más de El fantasma de la ópera. Es cierto que la película resalta principalmente la caracterización de Chaney y quita protagonismo a todos los demás (hay una especialmente marcada reducción de la trama amorosa del argumento), pero es difícil no quedar convencido una vez visto el resultado final. Por eso es que a pesar de todos los problemas durante su producción  y del hecho de que la crítica de entonces no pareció muy impresionada, la cinta resultó ser un gran éxito con el público. Hasta la fecha ha habido varias reediciones de este clásico, e incluso Universal la reestrenó en 1930 con un nuevo montaje parcialmente sonoro agregando algunos diálogos en doblaje, aunque esta vez sin contar con Chaney, quien tenía un contrato exclusivo con la MGM y que moriría ese mismo año. Sea cual sea la versión, sigue siendo una obra maestra. Como acotación personal destaco ese increíble momento final a orillas del Sena, en el que un gesto del fantasma se convierte en prueba viviente del carácter del personaje y del poder de su estrella principal. Muy buena y esencial sin duda. 

2 comentarios:

jesus figueroa dijo...

esta es una buena recomendacion como pelicula para pasar un buen rato. Tuve oportunidad de ver esta obra y junto con el golem,frankenstein y nosferatu se pasa un gran momento recordando a clasicos del cine de terror.

xalons dijo...

Algunas producciones de la Universal de estos años del cine mudo, siguen considerándose del género de terror. En concreto, pasa con THE HUNCHBACK OF NOTRE DAME (El jorobado de Nuestra Señora de Paris, 1923) – Wallace Worsley,THE CAT AND THE CANARY (El legado tenebroso, 1927) – Paul Leni, THE MAN WHO LAUGHS (El hombre que ríe, 1928) – Paul Leni, y la que aquí reseña.
En mi opinión solamente ésta puede ser considerada cine fantástico de terror. Chaney está maravilloso, la producción y dirección es deslumbrante; y tiene escenas míticas como las que has nombrado en tu reseña.