martes, febrero 04, 2014

Reseña: La sombra prohibida (2011)

La herencia Valdemar (2010), y su secuela La sombra prohibida (2011), forman realmente una sola película dividida en dos partes, y forman también una de las mayores oportunidades perdidas que he visto en ese fantástico mainstream hispano que desde ya hace un tiempo he venido siguiendo. Esta probablemente sea una de las reseñas más banales que haya hecho jamás, puesto que el único motivo para haber revisado esta secuela tres años después es el completismo más absoluto. Había quedado muy desencantado con la primera parte, así que vi esta segunda sólo por curiosidad y me ha parecido aún peor que la primera. Su caos argumental y lo vergonzoso de algunos momentos e imágenes sólo pueden explicarse por su voluntad de querer corregir de forma apresurada los errores de la primera entrega, hasta el punto de ignorar casi todo lo que predecesora había establecido.

Tanto es así, que al final todo el argumento ubicado en el pasado en el que Valdemar trae un demonio del inframundo (con todo y su revelación final y su historia de amor trágico) termina teniendo un peso mucho menor de lo que podía esperarse y no es para nada el centro de la historia. De hecho, esta segunda parte toma el camino opuesto a la primera al estar ambientada en su mayoría en el presente, con una investigación sobre un hermético culto de místicos y la presencia, por supuesto, del famoso Necronomicón lovecraftiano que aquí tiene un papel principal. Aquellos que hayan visto el trailer seguramente recordarán además la presencia del propio Cthulhu, un gigantesco monstruo CGI que se convierte en la principal atracción del atropellado clímax de la película.

Por desgracia esto es todo lo que se puede decir del argumento porque no hay mucho más que sacar. En su afán de ir desechando aquello que el público rechazó en la primera parte (incluyendo esa trama amorosa que parecía ser el centro del argumento), la película muestra una estructura anti-narrativa sin pies ni cabeza. No es ese el único cambio que se ha hecho para peor, puesto que un detalle en apariencia insignificante revela cómo a veces no hay que hacer caso a nuestros prejuicios; así como en la primera parte teníamos la aparición de Aleister Crowley como personaje, en La sombra prohibida aparece nada menos que  el propio H.P. Lovecraft, incorporado a la trama de forma un tanto gratuita, he de decir. Recordaréis que en la primera entrega comentábamos lo extraño que nos parecía escuchar al famoso ocultista Crowley hablando en un perfecto castellano. Pues bien, alguien parece haber escuchado, puesto que el Lovecraft de esta secuela aparece hablando en español con un muy marcado acento anglosajón, lo cual lejos de mejorar su interpretación lo hace parecer aún más ridículo y da a sus escenas un extraño aire de comedia involuntaria que no le sienta nada bien.

Tras ver La sombra prohibida me reafirmo una vez más en dos idea que me venían a la mente tanto en aquel entonces como ahora: que esta descalabrada historia parece más bien el resultado de rodar una larga partida de rol de inspiración lovecraftiana, y que el dilatado tiempo transcurrido entre el estreno de la primera parte y el de su continuación se debió no tanto a la fría recepción que tuvo La sombra Valdemar (que también) sino a la necesidad de retocar un sinfín de detalles que intentaron desandar el camino de su antecesora aún a costa de la coherencia interna del relato. Una pena porque al final lo que más ha trascendido de la película ha sido por un lado su forma de financiación privada (en unos tiempos en los que el apoyo institucional al cine recibía críticas por todos lados) y por otro el aluvión de reseñas negativas que le cayeron encima y que llevaron al director a pronunciarse públicamente. En resumen, este costoso experimento ha terminado por ser una terrible película a la que no encuentro cómo recomendar.

1 comentario:

Renaissance dijo...

En general muy fallida, aunque lo cierto es que la aparición de Luis Zahera interpretando a Lovecraft (acento incluído) me pareció de lo más salvable. Bastante más que Crowley y su impecable pronunciación del castellano.