jueves, agosto 11, 2016

Reseña: Lights Out (2016)

Apadrinada por James Wan y arreada como una de las apuestas más exitosas del cine de terror comercial de este verano, Lights Out (2016) es una película a la que confieso no le tenía muchas ganas, y ya desde su primer avance me parecía que era poco más que un concepto estirado de forma un tanto superficial y que echaba mano de un repertorio de trucos muy vistos en el cine de miedo contemporáneo. Si la terminé viendo ha sido porque en su país de origen ha tenido por lo visto una muy positiva recepción y hasta se ha granjeado comentarios más o menos entusiastas de gente de cuyo criterio me suelo fiar. Al final ha resultado ser poco más de lo que me esperaba: algunas de las ideas que muestra son interesantes, como interesantes son muchos de los recursos que utiliza a la hora de mantener en tensión al público, pero tal como me temía estamos ante un producto prefabricado que no sorprenderá a nadie. 

El planteamiento inicial de la película es, eso sí, un gimmick en estado puro: una familia acosada por un terrible espíritu vengativo que sólo puede atacar en la oscuridad y cuyas apariciones coinciden con la degeneración mental de la madre, cuyo vínculo con la realidad se resquebraja frente a la impotente mirada de su familia. Aquí no hay ambigüedades de ningún tipo ni hay cabida a interpretaciones alternativas: desde la primera escena sabemos que el fantasma es real, nos quedan tremendamente claros sus poderes y limitaciones, y sabemos que la madre realmente no está hablando sola sino que se dirige a la presencia de ese espíritu maléfico que se ha apoderado de su casa. 

Una cosa que no me esperaba y que ha sido para mí la única sorpresa positiva ha sido el comprobar que en Lights Out hay una serie de ideas que la alejan un tanto del terror convencional y la acercan a algo parecido a un contenido dramático. La idea de una maternidad que te desborda y del monstruo ligado a la enfermedad mental traerán a colación las inevitables comparaciones con The Babadook (2014), película que sospecho estuvo en la mente de aquellos que dieron forma a este producto final. Sin embargo, estas similitudes son superficiales y mucho me temo que sus responsables hayan renunciado a cualquier atisbo de profundidad o ambigüedad con el objetivo de hacer la película más digerible para un público mayoritario, lo cual por lo visto les ha dado un gran éxito. Esto parece así ya que la propia idea de la película no deja de ser poco más que el concepto llevado a largometraje de un famoso corto del mismo director, David F. Sandberg, que se viralizó en redes sociales hace ya un tiempo y que seguramente habréis visto. 

Al final creo que eso ha sido lo más frustrante de la película: hay ideas y conceptos muy buenos y genuinamente interesantes que por desgracia están hundidos en una producción comercial estándar, ya que a la hora de la verdad esta es básicamente una cinta sobre un monstruo que sólo se puede mover en la oscuridad, y cuya historia mil veces vista está aderezada con la típica música incidental que te dice lo que debes sentir en todo momento, los falsos sustos, el diseño poco inspirado del fantasma y por supuesto la ya clásica escena de exposición con flashbacks y muy convenientes registros audiovisuales que explican el secreto del pasado que dio origen a la maldición. Agradezco que haya sido corta (menos de hora y media, algo insólito hoy en día), pero me ha parecido poca cosa y dudo mucho que vaya a quedar en mi memoria. El director, por cierto, será el encargado de la secuela de Annabelle (2014), por lo que correrá el riesgo de ser fagocitado por este cine de terror de consumo rápido que le ha dado la bienvenida.